¿Locura asesina o violencia aprendida?

La muerte de 16 civiles afganos, entre ellos varios niños, a causa del fuego deliberado que abrió en la madrugada del pasado domingo un suboficial del Ejército de EE.UU. destinado en la base de Panjwai, provincia de Kandahar, ha suscitado un aluvión de comentarios. En algunos se especula sobre cómo influirá este hecho en las ya difíciles relaciones entre las fuerzas de ocupación y el pueblo y las autoridades afganas, y sobre la repercusión que esto puede tener en los planes de retirada.

Otro tipo de comentarios, a los que voy a dedicar más atención, se refieren al hecho en sí, a sus posibles causas y a las razones que pueden inducir a un combatiente experimentado a actuar de modo tan aberrante. ¿Es un caso aislado atribuible a enajenación temporal? ¿Es un producto inevitable de la tensión causada por la permanencia en el campo de batalla? ¿Existen medidas eficaces que eviten su repetición?

Ya durante la 2ª Guerra Mundial las llamadas “bajas psiquiátricas” eran contabilizadas como un tipo más, junto con las causadas por disparos, metralla o accidentes. Un documento médico del ejército británico aseguraba que “no existe nada que pueda llamarse ‘adaptación al combate’; todos los soldados llegan al desquiciamiento mental si el combate dura lo suficiente”. Para evitarlo, se consideraba que la permanencia continuada en el teatro de operaciones no debía ser superior a 200 días.

Las explicaciones oficiales sobre lo ocurrido ahora son difusas, aunque se insiste en que el asesino actuó en solitario, se entregó voluntariamente y está procesado. Obama declaró: “Este incidente es trágico y terrible, y no representa el carácter excepcional de nuestros combatientes y el respeto que EE.UU. siente por el pueblo afgano”. El adjetivo “excepcional”, que quizá Obama utilizó en vez de “excelente”, permite llevar la cuestión a otros terrenos conceptuales de más hondo calado: ¿Lo verdaderamente excepcional no será que hechos de este tipo no ocurran con más frecuencia? Si para convertir a una persona en un combatiente eficaz hay que vencer su instintiva repugnancia a matar a otro ser humano ¿qué puede ocurrir cuando se ha superado ese freno moral tras un intenso aprendizaje?

Estudiando incidentes similares ocurridos durante la 2ª G.M., un historiador recordaba que el “Reglamento para la guerra irregular” del ejército británico, de 1942, contenía lo siguiente: “No hay que hacer concesiones al enemigo; se acabó la nobleza en la guerra… Cada soldado debe ser un asesino potencial. O mata o le matan”. A continuación no ahorraba crueles detalles, como el modo de eliminar sigilosamente centinelas enemigos por estrangulación o acuchillamiento; un simple aspecto secundario, una fase más de las complejas misiones asignadas a las fuerzas especiales en todos los ejércitos del mundo.

Cuando, años más tarde, el famoso periodista Seymour Hersh investigaba la matanza de vietnamitas civiles en My Lai, la madre de uno de los soldados acusados por ello le dijo: “Yo les envié un buen chico y ellos [las Fuerzas Armadas] me han devuelto un asesino”. No era un soldado británico en 1942 sino un soldado estadounidense en 1968. Pero la tendencia no cambia al paso de los años, porque es una constante inherente a la misma guerra. El combate implica matar; no hay que engañarse al respecto. Y la guerra irregular, la lucha contra un enemigo mezclado con la población civil, y a menudo indistinguible de ésta, agrava la situación. Si no mato, me matan: esto es lo esencial en la mente del soldado, y no la preocupación por los convenios internacionales que intentan limitar la crueldad de la guerra.

La realidad es que los combatientes que se juegan la vida en Irak, en Afganistán o en cualquier otro teatro de operaciones, reciben mucha más instrucción de combate que formación sobre las “leyes de la guerra”. Más de un tercio de los soldados de EE.UU. encuestados en Iraq opinaron que la tortura era un procedimiento apropiado para obtener información y el 17% consideraba insurgentes a todos los paisanos. Un tercio de los soldados de Infantería de Marina y una cuarta parte de los del Ejército declararon que sus mandos nunca les habían instruido sobre el respeto a la población civil.

Entre los imperativos vitales de la supervivencia en combate apenas hay sitio para otras preocupaciones. Y el respeto por la población civil no es fácil de enseñar en un mundo que ha conocido Hiroshima, Nagasaki, Hamburgo, Darmstad, Dresde o Tokio, infiernos artificiales creados por las naciones vencedoras, donde fueron exterminados muchos millares de civiles inocentes, como una exigencia “racional” para concluir la guerra con éxito.

Finalizo este comentario con una curiosa acotación que debo al analista Mark Urban, de la BBC. A la población afgana, habituada desde siempre a la violencia, y muy dividida tribalmente, donde la religión y la cultura tradicionales son las palancas más íntimas, las que promueven odios o afectos, el asesinato deliberado de afganos inocentes en Kandahar ha producido mucha menos indignación que la quema de los coranes. Urban concluye así: “Allí, en los centros de mando de alta tecnología, unas personas racionales, empeñadas en la difícil tarea de llevar seguridad al sur de Afganistán, han discutido sobre pasiones que hunden sus raíces en el pasado. Los soldados ocupantes y el pueblo que les rodea parecen vivir en mundos distintos, sobre todo en el modo como interpretan la violencia, sea real o simbólica”.

Dos culturas incompatibles se enfrentan a tiros en Afganistán: que nadie espere fáciles soluciones negociadas.