Los límites menguantes del Imperio

Tras la desintegración del Pacto de Varsovia y de la URSS, EE.UU. se erigió como la única superpotencia imperial del planeta. Su poder militar era insuperable, capaz de derrotar a cualquier coalición que pretendiera desafiar su hegemonía; una red de bases militares abarcaba el planeta y la carrera de armamentos de tierra, mar, aire y espacio exterior, en la que se había empeñado con Moscú, había obligado al enemigo soviético a darse por vencido. El dólar era la moneda universal, la palanca definitiva con la que EE.UU. movía a su antojo el mundo económico y financiero. Su política exterior imponía la ley: los aliados de Washington acataban, con más o menos entusiasmo, sus decisiones, temerosos de mostrar cualquier síntoma de rebelión que provocara el desafecto imperial. Los autócratas y tiranos dóciles eran considerados “amigos” y conservaban el poder mientras no actuasen por su cuenta; por el contrario, los Gobiernos que no gozaban de la estima de Washington, fueran o no democráticos, habían de afrontar serias dificultades y, a la larga, tenían sus días contados.

El imaginario “dividendo de la paz”, es decir, los recursos que concluida la guerra fría quedarían libres para otras aplicaciones en beneficio general de la humanidad, no pasó de ser eso: imaginario. La dinámica imperial requería otro enemigo para que sus resortes (militares, industriales, diplomáticos, etc.) siguieran activos. Así que no hubo tal dividendo, sino una reconfiguración del sistema amigos-enemigos. La militarización de la política exterior de EE.UU. siguió marcando el camino, y varios fracasos fueron los hitos de una ruta equivocada, cuando no obcecada, elegida por los “neocons” que reinaban en Washington. Los atentados del 11-S marcaron el inicio de la paranoia, de la degradación de la libertad y los derechos humanos en aras de una supuesta seguridad frente al terror.

En esas estamos ahora, cuando el actual presidente de EE.UU., premio Nobel de la Paz sin haber hecho apenas nada para merecerlo, está poniendo al mundo al borde de la catástrofe, si merecen crédito las palabras que pronunció el pasado domingo ante la más poderosa organización proisraelí de EE.UU., el Comité América-Israel de Asuntos Públicos (Aipac, en siglas inglesas): “Estamos proporcionando a Israel la tecnología más avanzada y los productos y sistemas que solo damos a nuestros amigos y aliados más próximos. Que nadie se confunda: haremos lo que sea preciso para mantener la ventaja militar israelí, porque Israel debe tener la capacidad de defenderse por sí mismo frente a cualquier enemigo”. Y para dejar más claro el asunto, declaró: “El programa nuclear iraní es una amenaza capaz de unir la peor retórica sobre la destrucción de Israel y las armas más peligrosas del mundo. Un Irán con armas nucleares se opone totalmente a los intereses de seguridad de Israel, pero también a los de EE.UU.”. No hace falta decir más.

De ese modo, Obama compromete la libertad de decisión de EE.UU. al dejar en manos del Gobierno israelí la iniciativa para atacar a Irán, sabiendo que el poder militar del Imperio estará a su lado cuando lo haga. Y esto, aunque incurra en lo que Seumas Milne, el escritor y periodista británico, escribía en The Guardian Weekly (2-3-12): “Atacar a Irán sería una estupidez”. No solo una estupidez: sería también un error de efectos imprevisibles a corto plazo, dada la evidente arbitrariedad de la agresión. El hecho concreto es que Irán está rodeado de bases y tropas de EE.UU. y de países con armas nucleares (desde Israel a Pakistán), y es amenazado con un ataque demoledor, solo por el temor de que en un futuro impreciso podría llegar a poseer las mismas armas que otros países tienen hace ya tiempo, empezando por el presumible agresor: Israel.

Aun en el caso de que una cuidadosa y limitada elección de los objetivos a destruir evitara que la guerra se propagase por todo el Oriente Medio, solo se retrasaría en unos años el desarrollo de la industria nuclear iraní, pero el régimen de Teherán saldría reforzado ante una agresión exterior tan claramente injusta, con lo que, tarde o temprano, se volvería a la situación inicial.

Se ha avanzado tanto en la guerra verbal, que al peligro ya existente hay que añadir ahora el aspecto psicológico de la sensación de fracaso que se suele producir cuando los hechos no siguen a las palabras. No sería la primera vez en la Historia en que el cruce de amenazas y acciones hostiles previas conduce a una espiral sin retorno donde la guerra es inevitable.

Mejor acreditaría Obama su título de premio Nobel de la Paz si, en vez de contribuir a aumentar la tensión en Oriente Medio con su acatamiento de lo que decida en Jerusalén un Gobierno aquejado de paranoia sobre su seguridad, impulsara los deseables esfuerzos para crear en esta región una nueva zona libre de armas nucleares, como en Sudamérica o El Caribe. Contribuiría con ello a reducir tensiones y a alejar los motivos para nuevas guerras. También frenaría la degradación de un Imperio que, ansioso por acrecentar su influencia, se encuentra cada vez más encerrado en unos límites que su desacertada política exterior contribuye a estrechar, con lo que abre unos espacios que las potencias emergentes, encabezadas por China, pugnarán por ocupar, a la espera de alcanzar los primeros escalones del futuro ordenamiento planetario.