El desconcierto general

Un destructor iraní, acompañado por un buque logístico de la misma nacionalidad, saltó a las primeras páginas de la actualidad a causa de una breve visita realizada al puerto sirio de Tartus. Las imágenes de ambos navíos atravesando el canal de Suez fueron aireadas por los medios de comunicación. Algunos exaltados tertulianos radiofónicos agitaron de nuevo, con ese motivo, el espantajo de la guerra contra el terror, presentando como una arrogante provocación del Gobierno de Teherán lo que no deja de ser una acción habitual en las relaciones internacionales.

En la televisión oficial iraní se dijo que la navegación solo tenía por objeto “proporcionar instrucción marítima a las fuerzas navales sirias, según un acuerdo firmado por Teherán y Damasco hace un año”. Pero es evidente que la visita estaba relacionada con la actual crisis siria, como la anterior visita de una flotilla rusa al mismo puerto: en ambos casos se trataba de mostrar, de forma visible, el apoyo de Moscú y Teherán al régimen de Al Asad. Un miembro del Parlamento iraní reveló otro punto de vista, según informaba The New York Times: “La presencia de las flotillas iraní y rusa en la costa siria es un claro mensaje contra una posible imprudencia temeraria de EE.UU.”. Y añadió: “Si EE.UU. comete un error estratégico en Siria, cabe la posibilidad de que Irán, Rusia y otros países le den una aplastante respuesta”.

El insignificante paso dado por la armada iraní al hacer asomar brevemente un par de barcos a las aguas del Mediterráneo oriental (insignificante en comparación con la frecuencia con la que mucho más potentes buques de guerra de EE.UU. despliegan en el Golfo Pérsico, frente a las costas iraníes) no debería considerarse sólo en función de la sangrienta crisis que sacude Siria. Coincide con una compleja situación internacional que la opinión pública mundial contempla consternada: la posibilidad de un ataque contra Irán, instigado o ejecutado principalmente por Israel, sin olvidar a su aliado y patrón norteamericano, con el pretexto de frenar el desarrollo de la industria nuclear iraní.

Basta observar lo ocurrido en los últimos meses para advertir que se está preparando la escenografía del acontecimiento mediante una multiplicación de declaraciones y amenazas, cada vez más frecuentes e intensas, cruzadas entre ambas partes. Lo que parecía ser un simple juego “de farol”, para desconcertar al adversario en un enfrentamiento puramente verbal, está cruzando una peligrosa línea de no retorno. Es lamentable, además, que para justificar la agresión se recurra a una distorsión del derecho internacional, haciendo creer a la opinión pública que el Tratado de no proliferación nuclear (TNP) prohíbe a sus firmantes el enriquecimiento de uranio, lo que es falso.

Es fácil entender que tanto el Gobierno como el pueblo iraníes se sienten injustamente tratados con una doble vara de medir. Irán firmó el TNP, lo que no han hecho Israel, India o Pakistán, países que sí han fabricado armas nucleares y han amenazado con ellas en alguna ocasión. ¿Por qué se tolera a unos lo que se prohíbe a otros? Además, Irán acepta las visitas de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), aunque a veces ponga limitaciones sobre cuya legalidad hay discrepancias, como ha ocurrido estos días. Israel, por el contrario, no ha aceptado jamás inspección alguna porque, según su Gobierno, se pondría en peligro la seguridad nacional.

A pesar de las bravatas del presidente iraní, no es creíble que tenga en su mente un ataque contra Israel, sabedor de que esto supondría la aniquilación de Irán. Puede actuar jactanciosamente pero no ha revelado ser estúpido. Tampoco EE.UU. parece albergar la idea de una agresión que le llevaría a una tercera guerra en el Oriente Medio, cuando apenas ha dado por concluida la primera, y la segunda se halla en un difícil trance. Obama está sumido en una campaña electoral, lo que obliga a ser prudente: por un lado habrá de eludir las amenazas sonoras que le hagan aparecer con un belicoso inconsciente, a estilo Bush, y por otro deberá evitar aparecer como un tímido contemporizador con uno de los países del eje del mal, lo que le privaría del importante voto de los sectores proisraelíes.

En Jerusalén la cuestión se sigue considerando como de supervivencia nacional y las amenazas se profieren en tono crecientemente elevado y con contenidos más agresivos. No debería descartarse, empero, el hecho de que, agitando angustiadamente el estandarte de que la patria está en peligro, el Gobierno trate de acallar las incipientes protestas populares contra un deteriorado nivel de vida y frenar las tensiones que produce un incómodo recrudecimiento del fundamentalismo religioso judío, que llegan a hacer mella en la unidad de sus fuerzas armadas.

Hay, pues, motivos para esperar que todavía no se haya iniciado la peligrosa espiral que conduciría inevitablemente al caos. Pero contribuye al desconcierto general que se percibe en todas partes el errático comportamiento de la comunidad internacional, reflejado en la ONU. ¿Es que no son comparables El Asad y Gadafi? ¿Por qué unas armas nucleares son “buenas” (las propias), otras se aceptan a la fuerza (Corea del Norte) y otras son motivo de repulsa internacional (las que no tuvo Irak, pero podría poseer Irán)? Un sistema internacional donde los criterios son variables y se modifican a gusto de los más poderosos y para perjuicio de los más débiles, está abocado a la larga al fracaso. En esas estamos.