Matando instructores

Stars and Stripes (Barras y estrellas) es uno de los diarios más leídos por los militares de EE.UU. Suele ocupar lugar preferente en los revisteros de las salas de descanso en las bases esparcidas por todo el mundo. Además de temas profesionales, incluye secciones de opinión y hasta espacios dedicados a las esposas de militares y a las military moms, las mamás “militares”. Su público abarca, por tanto, toda la vasta familia militar estadounidense. Es una publicación nominalmente independiente, aunque subvencionada en parte por el Departamento de Defensa, cuyos temas abordados suelen coincidir con las principales preocupaciones de la comunidad militar.

En su edición del pasado 1 de febrero, el diario publicaba un reportaje firmado por Lolita C. Baldor, de la agencia Associated Press. En él se recoge la inquietud que produce entre las tropas desplegadas en Afganistán el aumento en la frecuencia de los atentados perpetrados por soldados o policías afganos, en periodo de formación, contra los instructores de la coalición aliada. A finales del pasado mes de enero, el Pentágono informó sobre los llamados “ataques internos” de miembros de las fuerzas de seguridad afganas contra tropas de EE.UU. y de otros países aliados, señalando que, de los más de 45 ataques producidos desde 2007, tres cuartas partes han tenido lugar durante los dos últimos años.

Esto llevó al presidente de la comisión del Congreso para las Fuerzas Armadas a declarar: “La selección y el filtrado del personal afgano han sido un fracaso trágico para detectar signos de peligro cuando se incorporan a las fuerzas de seguridad del Estado (policía y ejército) o son contratados por compañías privadas de seguridad”. Las autoridades militares se defienden arguyendo que es imposible eliminar este problema y asegurar que el 100% de los admitidos sean plenamente fiables. Añaden que la mayor parte de esos ataques solo obedecen a motivaciones personales, aunque en algunos casos se atribuyen a insurgentes infiltrados en las propias fuerzas afganas de seguridad.

Las compañías privadas que protegen instalaciones militares de EE.UU. son también objeto de investigación, pues se les achaca falta de control de sus empleados afganos. En marzo de 2011, un contratado afgano de la compañía Tundra mató en una base de EE.UU. a dos soldados e hirió a varios. Hubo de ser el padre de uno de los muertos el que elevó al Congreso una petición para que sean los militares, y no los contratistas de seguridad, quienes protejan las bases de EE.UU. en Afganistán. La respuesta del Pentágono fue que se requerirían 20.000 soldados más o retirarlos de las tropas de combate y dedicarlos a misiones de seguridad, lo que es inaceptable. Estos son los problemas que lleva consigo la privatización de las guerras, asunto al que he aludido en anteriores comentarios.

La cuestión no solo preocupa en EE.UU. Hace unas semanas, cuatro soldados franceses fueron asesinados por un militar afgano en la base donde éste era instruido, lo que llevó al presidente francés a declarar que adelantaría la retirada de sus tropas y que se suspenderían las misiones de formación del personal afgano. En julio de 2010 dos oficiales y varios soldados gurkas del ejército británico fueron asesinados por un militar afgano que después se unió a la guerrilla con el armamento para cuyo uso estaba siendo entrenado. Los militares españoles también han conocido incidentes similares, aunque sin víctimas mortales.

Formar soldados y policías afganos parece una misión menos arriesgada y con más probabilidades de éxito que prolongar una guerra a la que no se ve fin y que obliga a un esfuerzo continuado, cuya justificación es cada vez más difícil ante la opinión pública. Por eso, que sean los propios afganos los que luchen contra los talibanes es el objetivo deseado. Se trata de actualizar aquella estrategia de “vietnamización” con la que Nixon y Kissinger intentaron poner fin a lo que ya entonces aparecía como un conflicto envenenado, pero cuyos nefastos resultados son de sobra conocidos.

La actual estrategia de “afganización” del conflicto se hace aún más complicada a causa de los incidentes antes comentados. Cualquier militar aliado, en su misión de instruir soldados afganos, temerá que entre sus alumnos pueda estar el asesino que acabe con su vida. En esas condiciones es casi imposible desarrollar una instrucción militar eficaz.

A los que se indignan por la aparente perfidia de los afganos, que no aprecian la labor de sus abnegados formadores y de vez en cuando los asesinan, convendría recordarles la fábula del escorpión y la rana. Cuando ésta, herida de muerte por el escorpión al que está ayudando a cruzar el río sobre su espalda, le pregunta: “¿Como has podido hacerlo? ¿No ves que ahora moriremos los dos?”, aquél le responde: “No he tenido otra opción: está en mi naturaleza”. La Historia muestra que en la naturaleza del pueblo afgano existe una honda aversión ancestral a los invasores (cosa común, por otra parte, a muchos pueblos), de la que rusos primero y occidentales después han experimentado ya sus aciagas consecuencias.