La infantilización del discurso político

No se pretende que nuestros actuales políticos cultiven la grandilocuencia retórica al estilo del Castelar de “Grande es Dios en el Sinaí…” (ilustrando esa grandeza con truenos, rayos, destellos, terremotos y catástrofes), cuando en las Cortes Constituyentes de 1869, tras la expulsión de Isabel II, abogaba por la separación entre la Iglesia y el Estado, y pedía incluir en el “código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres”. Cada época tiene sus exigencias propias, y no es la oratoria política algo que preocupe mucho en la España de hoy. (Tampoco la gramática ni la ortografía). Al contrario de lo que parece ocurrir en EE.UU., donde Obama se esfuerza en resucitar el brillo de la palabra hablada para excitar el ánimo de sus seguidores y crear en ellos esa ilusión sin la que es muy difícil triunfar en la política real.

En la banalización que ahora parece reinar en el discurso público de la política española, casi se llega a echar de menos aquel retórico “puedo prometer y prometo”, lleno de significados que era preciso desentrañar en clave política, y cuyos ecos resonaron en los complicados días de nuestra transición. También en esa misma época, un militar, que en el desempeño de un cargo político como Director de la Policía intervino decisivamente en la desactivación del golpe de Estado del 23-F, sabía expresarse a la altura de las críticas circunstancias que hubo de afrontar, manifestando públicamente algo tan explosivo como lo siguiente: “En la lucha contraterrorista, hay cosas que no se deben hacer. Si se hacen, no se deben decir. Si se dicen, hay que negarlas”. Para bien o para mal, no se andaba con rodeos y sus palabras estaban dirigidas a ciudadanos adultos capaces de interpretar personalmente lo que se les exponía.

Por el contrario, muchos de los que hoy se lamentan, a veces con razón, del desprestigio que la clase política española viene sufriendo aceleradamente en las encuestas públicas, parecen no tener en cuenta que son precisamente algunos políticos lo que contribuyen a desprestigiar su actividad, recurriendo a expresiones propias de un colegio de enseñanza infantil o primaria, cuando a aquélla se refieren en sus declaraciones a los medios de comunicación.

Claro está que no es cuestión de convertir cualquier declaración en lo que pudiera ser una lección universitaria de Teoría Política o en el resumen de un foro académico sobre esta materia. Pero que quien hoy ostenta la vicepresidencia del Gobierno español manifieste públicamente, como ha ocurrido esta semana, que su Gobierno “va a hacer lo que hay que hacer”, más parece una admonición materna, dirigida a un niño rebelde y atolondrado, que la exposición de una decisión política de un Gobierno responsable.

Y todo lo anterior, sin aludir a la estúpida y hoy tan habitual expresión de “hacer los deberes”, utilizada a menudo cuando se refiere al cumplimiento de promesas electorales o de programas políticos, expresión de una preocupante infantilidad, que debería avergonzar a quien la pronuncia. A menos que no se vea a sí mismo como un niño a quien su profesor (¿Bruselas? ¿La Sra. Merckel?) le manda trabajo para hacer en casa; pero, aun si así fuera, lo menos que debería hacer sería esforzarse en disimularlo lo mejor posible para no humillar todavía más a los ciudadanos a los que dice representar y gobernar.

Agradezcamos, no obstante, que haya ido pasando de moda en el vocabulario político la todavía más pueril frase “ahora no toca eso”, cuando de ordenar actividades o prioridades se trata, expresión más propia del patio de un parvulario que de un político en ejercicio que ha de sopesar ventajas o inconvenientes entre las diversas opciones a elegir.

Para concluir, es necesario considerar que deberá existir algún punto de equilibrio entre la abstrusa y refinada oratoria al uso de pontífices cuyos pies no pisan la tierra y las vulgares expresiones antes citadas, inadmisibles de todo punto cuando van dirigidas a quienes siguen siendo ciudadanos responsables, con cuyos votos han alcanzado los escalones de poder quienes luego a ellos se dirigen, tratándoles como si no hubieran abandonado la infancia. La búsqueda de ese punto de equilibrio sería condición indispensable para el ejercicio del poder.