José K, torturado

Se representa estos días en la sala pequeña del Teatro Español la obra “José K, torturado”. La única pieza para teatro que creó Javier Ortiz, periodista, escritor, comentarista, crítico nato, certero y universal, y sobre todo amigo leal de sus amigos, que no es poco decir. Pero no se trata de reescribir aquí una necrológica de quien preparó la suya propia con la debida anticipación profesional y envidiable sentido del humor (que en este caso bien podría llamársele “humor propio”).

Tampoco encontrará el lector en esta columna una crítica teatral para la que carezco de conocimientos y experiencia. Lo que pretendo es hablar de la tortura, reflexionar sobre ella y poner al lector en el compromiso de decidir por sí mismo, que es el objetivo principal del estremecedor monólogo que interpreta Pedro Casablanc y dirige Carlos Alfaro en el madrileño teatro de la plaza de Santa Ana.

Estoy seguro de que si a cualquiera de las personas que conozco y trato habitualmente le preguntara su opinión sobre la tortura, respondería abominando de ella y afirmando que debería suprimirse inmediatamente porque constituye una vergüenza para la humanidad. Haré un breve inciso para recordar que entre esas personas no se hallan, naturalmente, aquellos destacados dirigentes políticos y militares de EE.UU., para quienes las “técnicas avanzadas de obtención de información”, en Guantánamo, Abu Ghraib u otros antros similares, eran simplemente instrumentos eficaces para combatir el terrorismo. No veían personas en las personas, como parece lo más natural, sino fuentes de información supuestamente aprovechable. Evidentemente no eran personas “normales” como las demás.

Pero volviendo a las personas “normales”, no faltarían quienes en su respuesta citaran también otras “instituciones sociales”, como la esclavitud, y analizaran el papel que en la Historia han desempeñado tanto los esclavizados (como los que trabajaban en los ingenios de azúcar en la Cuba española), como los torturados (sin olvidar la Inquisición, también española), para concluir glosando el progreso de una humanidad que ha superado tan repugnantes lacras y las ha relegado al baúl de los recuerdos o a excepcionales casos protagonizados por sádicos individuos que son debidamente castigados. ¿Es cierto esto? ¿Sería este el modo de pensar de los que no son sádicos? Incluso aceptando que se siguen produciendo torturas, debidamente ocultadas por los aparatos estatales y luego expuestas como casos anómalos, ¿puede haber gradaciones en el rechazo a la tortura?

“José K, torturado” obliga a poner en duda muchas cosas. Un terrorista que podríamos considerar muy profesional, bien preparado por su organización para resistir cualquier tipo de interrogatorio, es apresado media hora antes de que la bomba que ha preparado se active para causar una horrible carnicería. Así empieza la obra. No quiero revelar la escena más impresionante, cuando el terrorista, para no hacer fracasar su brutal proyecto, soporta lo que pocos seres humanos serían capaces de resistir. La bomba explota, la matanza se produce. José K ha aguantado todas las torturas y su atentado terrorista ha tenido éxito. ¿Pero y si otros flaquean más pronto y revelan sus planes? ¿Sería lícito someterles a tortura si de ese modo se pudiera evitar una masacre?

La clave de esta obra teatral la expuso Javier Ortiz en una charla organizada por la Asociación contra la tortura: “La tortura es un viaje moral sin retorno. No cabe atravesar esa frontera con pretensiones de excepcionalidad. Avalar la tortura en algún caso equivale a avalarla en cualquiera”. Porque ¿quién decide cuándo se debe torturar y cuándo no? ¿Los mismos torturadores? ¿Los que deciden incluir la tortura entre los instrumentos habituales para garantizar la supuesta seguridad de una sociedad?

Una sociedad a la que se puede hacer creer que está más segura pero que, en realidad y quizá sin advertirlo, se envilece gradualmente cuando tolera la tortura en silencio y amedrentada. O advirtiéndolo, lo que es casi peor, porque entonces lo que sale a la luz es la doble moral y la hipocresía de las personas cuya cobarde complicidad hace posible la tortura.

Una vez más el teatro permite a cada espectador identificarse a sí mismo frente a una cuestión de la que pocas veces se habla sin tapujos. Asista el lector a esta obra, juzgue por sí mismo y analice las reacciones instintivas de su razón y de su corazón. Merece la pena la experiencia.