Sucesión dinástica en Corea del Norte

Como no podía menos de suceder, los pormenores de la muerte de Kim II de Corea, el “Amado líder” (Kim Jong-il), y de la entronización de su hijo y heredero Kim III, el “Gran sucesor” (Kim Jong-un,) han estado rodeados de incertidumbre, como mucho de lo que sucede en esa impenetrable monarquía comunista en que se ha convertido Corea del Norte, por otro nombre conocida como República Democrática Popular de Corea. Fallecido de un ataque al corazón a bordo de un tren en el que viajaba con destino no precisado, la información sobre el fin del segundo miembro de la dinastía se mantuvo oculta durante dos días, sin que los supuestamente poderosos medios de espionaje e indagación occidentales hubieran podido detectar anomalía alguna en el diario acontecer del país.

Como en las tradicionales intrigas sucesorias que describe con detalle la Historia de muchos países europeos, la transición de Kim II a Kim III no está exenta de tensiones, de las que seguramente se filtrarán detalles en las próximas semanas. Entre los actores de las previsibles maniobras palaciegas que se producirán tras el fallecimiento del anterior titular del poder y la sucesión hereditaria establecida por él, ocupa posición destacada un tío del nuevo presidente: Chang Song-taek. Casado con la hermana del fallecido Jong-il, ha ostentando cargos de la máxima responsabilidad con el anterior dictador y tácitamente, por lo que puede saberse, había sido investido por él con poderes similares a los de un regente, en tanto que el hijo designado como heredero se asentaba sólidamente en el críptico entramado político-militar del país.

La muerte de Jong-il ha interrumpido el proceso de reforzar la presencia de su hijo en el escalafón del poder coreano. Algunos analistas que han escudriñado las rendijas de ese poder, no dudan en recordar que el fundador de la dinastía y creador de la actual Corea del Norte (Kim Il-sung, el “Gran líder”, nombrado Presidente Eterno de la República), actuó con astucia y habilidad: creó en primer lugar un ejército a su medida; fabricó después un Estado a la medida del ejército y, por último, inventó un partido político (el Partido de los Trabajadores de Corea) para que sostuviera formalmente la estructura general de país.

Kim Jong-un, a diferencia de su padre, carece de ascendiente sobre las fuerzas armadas, el verdadero poder en Corea del Norte. Poder cuyo núcleo es el poderoso Comité de Defensa Nacional, que controla las armas nucleares y cuya presidencia ha quedado vacante por la muerte del Jong-il. El segundo puesto está ocupado por Chang Son-taek, el más influyente de los cuatro vicepresidentes, lo que le convirtió, ya en vida del fallecido dictador, en el número dos del régimen. El sucesor, Kim III, solo fue nombrado en 2010 (cuando su padre empezó a promocionarle) vicepresidente del Comité Militar Central, un órgano del Partido Comunista que decide sobre las cuestiones militares en general, pero de menos relevancia que el anterior.

El joven e inexperto Kim III tendrá que abrirse camino por su cuenta, para buscar su lugar en una estructura de poder bien establecida y protegida. Es casi seguro que Chang instale en ella a sus más fieles colaboradores, de los que carece todavía el hijo del “Amado líder”, cuya educación en Suiza y sus costumbres algo occidentalizadas no reforzarán su prestigio ante los altos mandos militares ni ante los cuadros del Partido de los Trabajadores.

A no muy largo plazo se adivina un forcejeo entre Kim III y Chang. No se descarta que aquél se vea inclinado (o se sienta empujado por algunos) a rechazar la influencia de su tío y tutor, y a ejercer el poder por su propia cuenta. Chang, por su lado, podría intentar aprovechar su prolongada y profunda experiencia en el puente de mando de la República para configurar las estructuras del poder según sus propios designios y erigirse en el verdadero sucesor de Kim II. Las raíces del conflicto están a la vista, aunque la realidad actual permanezca oculta.

El eje de la cuestión estará en el dilema -cuyo planteamiento es hoy de difícil concreción, incluso para los analistas mejor informados- de si los que hoy ejercen el verdadero poder salvaguardarán mejor sus intereses de grupo utilizando a Kim III como mascarón de proa, o haciéndose directamente con el timón del Estado y dejando de lado a quien el único mérito que podía atribuirse para gobernar en solitario tan insólita nación es el de ser hijo de su padre.

Dado que esta condición es precisamente la esencia de toda monarquía, por democrática que intente aparecer, y teniendo presentes pasadas vicisitudes de la Historia de España, no es superfluo recordar, a quienes hoy observan con desdén las exageradas muestras de duelo que los coreanos exhiben por quien les ha mantenido en una extrema situación de aislamiento y semiesclavitud, sin dar muestras de indignación por ello, que nuestros abuelos recibieron al abyecto rey Fernando VII (a quien unos llamaron “El deseado” y otros “El felón”) al grito de ¡Vivan las caenas!, y se uncieron a los arneses del carruaje que conducía al vil monarca a su palacio madrileño. Son muy pocos los pueblos que prefieren morir de pie a vivir de rodillas.