El sombrío futuro iraquí

Con pocas esperanzas de paz y estabilidad contemplan los iraquíes las últimas fases de la retirada estadounidense del país, de acuerdo con el tratado bilateral que en 2008 estableció el final de la ocupación aliada. La seguridad pública deja mucho que desear; los servicios básicos escasean o son inexistentes en algunas zonas y la situación política no suscita entusiasmo alguno.

Cuando el Gobierno de Maliki se halla casi a la mitad de la legislatura, los miembros de la coalición no han logrado ponerse de acuerdo sobre los nombramientos para las carteras de Defensa, Interior y Seguridad, y para la dirección del Servicio de Inteligencia. Aunque la Constitución no exige proporcionalidad entre las diversas etnias y religiones del país para cubrir los puestos de máxima responsabilidad política, los críticos ministerios de Defensa e Interior siguen sin ser cubiertos.

Los conflictos económicos, sociales, militares y de seguridad que aquejan a Iraq no solo deben ser abordados desde los factores políticos habituales en cualquier Estado del siglo XXI, sino que en Oriente Medio se requiere tener además en consideración el hecho de que hay unos musulmanes -los chiíes- que rechazan la legitimidad de los tres primeros califas islámicos, porque creen firmemente que su designación como tales violó la voluntad de Mahoma, que deseaba ser sucedido por su yerno Alí, el marido de su hija Fátima. Es así como una cuestión hereditaria de raíz religiosa, que surgió en el siglo VII de nuestra era, se ha convertido hoy en factor esencial para cualquier decisión a adoptar dentro de la comunidad islámica, ese vasto conglomerado de Estados que siguen las enseñanzas del Profeta, que engloba a más de 1300 millones de habitantes y se extiende desde el Atlántico al Pacífico.

¿Podríamos imaginar la complejidad política del mundo occidental de hoy si dentro de él, como ocurrió en el pasado, cada Estado debiera definir su posición, por ejemplo, ante el dogma cristiano de la Trinidad o defender con las armas sus creencias respecto a la naturaleza, divina o humana, del fundador de su religión? ¿O si el acuerdo o la divergencia sobre la presencia real de una divinidad en la llamada “eucaristía” condicionara las alianzas, enfrentamientos y acuerdos entre los países europeos y americanos? Pues esa es la complicación adicional que la división islámica entre chiismo y sunismo impone a la dinámica política de muchos Estados. Los países donde el chiismo es mayoritario son pocos, pero de crítica importancia; entre ellos se cuentan Irak, Irán y Líbano, de evidente protagonismo en los conflictos que aquejan al mundo de hoy.

Los suníes iraquíes, que gozaron de un claro predominio durante la dictadura de Sadam Husein, pese a ser minoritarios en el país, muestran ahora tendencias centrífugas frente al Gobierno chií de Bagdad. Habitan predominantemente en las provincias occidentales, donde se han dado ya los primeros pasos hacia una mayor autonomía. Sus dirigentes se quejan de que el intenso proceso de “desbaazificación” (persecución de los miembros del partido Baaz, que gobernó con Sadam Husein), llevado a cabo por EE.UU. tras la invasión, les dejó en situación de inferioridad y les relegó a un plano secundario del que solo podrían salir si se implantara una estructura federal, con vías a una futura independencia como la que prácticamente poseen los kurdos del norte del país.

Mientras los dirigentes suníes esperan mejorar la condición de su pueblo relajando los vínculos que les someten a Bagdad, el Gobierno agita el temor a un golpe de Estado suní cuando las tropas estadounidenses abandonen definitivamente el país. Insiste en que hay peligro de luchas internas y derramamiento de sangre a causa del recrudecimiento de la violencia sectaria, como sucedió entre 2006 y 2007, y acusa a los seguidores del Baaz de crear focos de inestabilidad en las provincias de mayoría suní, lo que agravaría la conflictividad del resto del país.

Conflictividad que se complicaría con la inestabilidad que padece la nación kurda, por la disputa en torno a los recursos petrolíferos de la región y la delimitación fronteriza entre el territorio autónomo kurdo y el controlado desde Bagdad. En algunas ciudades, como Kirkuk y Nínive, situadas fuera del ámbito autonómico kurdo, conviven difícilmente suníes y kurdos. Ambas partes desearían mantener la presencia militar estadounidense en la zona, y crece el temor a que un aumento de las tendencias separatistas en las provincias occidentales suníes podría conducir a situaciones extremas de guerra civil.

Esta es la situación en que se encuentra ahora Iraq, tras la larga y cruenta guerra impuesta por Washington y agravada en el interior por la proliferación del terrorismo, residuo todo ello de la iluminada intervención bélica del profeta Bush y su círculo de asesores y colaboradores, en su empeño por evangelizar democráticamente a unos pueblos de los que ignoraban casi todo.