No habrá banderas victoriosas en Afganistán

El problema de fondo que afecta a la situación actual en Afganistán y al futuro de la intervención militar y civil de las potencias extranjeras no es otro que el de retirarse del mejor modo posible de ese avispero, una vez aceptada la imposibilidad de salir ondeando banderas victoriosas y, lo que es peor, ante el temor de hacerlo con las arcas semivacías y el prestigio por los suelos.

Así que la conferencia ahora celebrada en Bonn se ha tenido que contentar con promesas, a falta de algo mejor. Diez años después de que en la misma ciudad alemana se acordara reconocer oficialmente al Gobierno de Karzai y se aprobara la intervención militar de la OTAN, que tantos quebraderos de cabeza está proporcionando a los Gobiernos participantes, éstos se han comprometido a ayudar económicamente al Gobierno afgano hasta el año 2024.

¿Por qué esta fecha y no otra? El asunto tiene su miga: el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha calculado que para entonces los ingresos afganos producto de su riqueza minera bastarán para que el país se desenvuelva por sí solo. Numerosos pueblos de todo el mundo han venido sufriendo las decisiones del FMI en aspectos no solo económicos, sino también sociales, educativos, sanitarios, etc., así que no debería extrañarnos que ahora sea el FMI quien diga la última palabra sobre la retirada de Afganistán. Otro aspecto más a considerar cuando se contempla cómo el poder financiero irrumpe en la escena política para señalar plazos, imponer planes de ajuste y hasta forzar el cambio de Gobiernos cuando lo estima oportuno.

Las banderas no volverán victoriosas desde Afganistán y además las arcas que deberían financiar el esfuerzo están peligrosamente vacías. Es cuestión de números. Como informaba el responsable diplomático de The Guardian, las fuerzas de seguridad (ejércitos y policía) afganas afrontarán un agujero de unos 4.000 millones de dólares a partir de 2014 (fecha prevista de la retirada), y esto es lo que de verdad preocupa a EE.UU. y sus aliados, que también padecen la crisis que a todos azota. Cada cual mira al vecino: “Los americanos nos han dicho que el Congreso no está dispuesto a proporcionar a Afganistán más ayuda militar que a Israel, es decir, no más de 3.000 millones de dólares”, afirmó un funcionario europeo.

El embajador de EEUU en Madrid se sumó a la campaña para buscar fondos en Europa y escribió en la prensa española el pasado domingo: “Mientras los aliados de la coalición empiezan a disminuir sus tropas de combate, les animamos a volver a invertir y realinear su compromiso y aportar recursos para apoyar la misión de formación […] así como ayuda al desarrollo”. Aparte de unas alusiones a la nueva “Ruta de la seda”, una bella y retórica tapadera para este asunto, de lo que se trata es de gastar lo menos posible. Será en Chicago donde, en la cumbre de la OTAN a celebrar en agosto de 2012, se discuta la cuestión más a fondo. Según un diplomático occidental en Kabul, “EE.UU. desea reducir su carga, hay menos dinero disponible y los americanos no se comprometerán a financiaciones plurianuales. Habrá que discutir con los afganos el tamaño de sus fuerzas de seguridad y con los aliados la cantidad que cada uno está dispuesto a pagar”.

Esas discusiones pueden rozar el esperpento. El ministro afgano de Defensa pide para sus ejércitos carros de combate y cazabombarderos, elementos poco útiles para la lucha contra las bandas terroristas que operan sobre el territorio. Y argumenta así lo que él denomina una necesidad psicológica de su pueblo: “Quiero dar confianza al pueblo. Es una sociedad acostumbrada a ver máquinas de guerra y todo lo que no sea eso les causa desconfianza. Así que los tanques y aviones, además de dar confianza a la población, enviarán un mensaje a nuestros enemigos…”. Algunas discusiones sobre este asunto se prevén pintorescas.

Para ayudar a pasar la bandeja y forzar a los participantes a que aumenten sus dádivas, desde la OTAN se argumenta que, a pesar de los problemas fiscales y financieros que aquejan a los aliados, éstos “sabrán ser generosos” por tres motivos: 1) al reducir las tropas, a partir de 2014 gastarán menos en Afganistán; 2) este país seguirá siendo uno de los más pobres del mundo y atraerá inversiones extranjeras; y 3) si no se ayuda financieramente a Afganistán, se pondrá en peligro (?) todo lo conseguido en los últimos diez años.

La admonición otánica termina como los sermones que precedían a las colectas en las iglesias de los pueblos, para asustar a los fieles y hacerles abrir la bolsa: “Es un asunto de interés propio, no de filantropía. Si Afganistán vuelve al caos, nuestros pueblos sufrirán la entrada de drogas y de inmigrantes, y la inestabilidad en una zona muy sensible del mundo”. El embajador en Madrid también aportaba su granito de arena al afirmar que, si se hace lo que la OTAN sugiere, “Afganistán nunca más será refugio y caldo de cultivo de actos terroristas. Esta es la forma de asegurar que las tragedias de Nueva York, Washington, Londres y Madrid no se repitan”. Admirable la seguridad de tan rotunda afirmación, a menos que él piense -y no lo diga- que esas tragedias no se repetirán porque cada una fue única e irrepetible en su horror, ya que todos sabemos que el terrorismo puede atacar del modo más imprevisible y en el lugar más insospechado.