Los “fondos-buitre”

En estos tiempos que corren, cuando el conocido vocabulario político va siendo reemplazado por el económico en los medios de comunicación (y mientras el poder financiero toma la iniciativa para arrinconar -¿definitivamente?- al poder político), raro es el día en que un ciudadano corriente no aprenda en ellos algo nuevo sobre fondos y riesgos, productos derivados, mercados de futuros, creación de riqueza, deuda soberana, déficit público, etc. Bien es verdad que, mientras tanto, hay muchos ciudadanos aprendiendo otras cosas: cómo vivir en el paro irremediable, cómo buscarse la vida del mejor modo posible, cómo encontrar la dirección del más próximo comedor de caridad o cómo aplicar los conocimientos del último máster realizado con éxito, para rellenar las estanterías del supermercado donde han conseguido un precario trabajo por horas.

También se aprenden hechos sorprendentes, como lo que el economista francés Milanovic publica en su último libro sobre la desigualdad económica humana. Según él, el hombre más rico que ha existido en los últimos 2000 años vive hoy: es el financiero mexicano Carlos Slim, cuya fortuna le permitiría comprar el trabajo de casi medio millón de sus compatriotas. Según el autor, es catorce veces más rico que el triunviro romano Marco Licinio Craso, el histórico paradigma universal de la riqueza, y cuatro veces más que Rockefeller, un paradigma de hoy. Pero no creamos, como se nos quiere hacer pensar, que esa suprema cualidad generadora de riqueza obedece a unas características excepcionales de ciertas personas. Como hace poco comentaba George Monbiot, “si la riqueza fuera el resultado inevitable del trabajo intenso y de la iniciativa, las mujeres africanas serían todas millonarias”.

Haber nacido en el lugar apropiado y en la clase social conveniente, junto con una gran dosis de suerte y capacidad para engañar y explotar a los demás son las cualidades premiadas en la lucha por la riqueza. Un psicólogo profesional, premio Nobel de Economía, estudió a 25 asesores financieros de alto nivel. Descubrió que la consistencia de su trabajo era nula: “sus resultados se parecían más a lo que se espera de un juego de dados que de una competición de inteligencia”. Para Monbiot, “los que gestionan los fondos en Wall Street reciben remuneraciones fantásticas sin hacer más que lo que haría un chimpancé lanzando una moneda al aire”.

Los que gestionan los “fondos-buitre” tienen por la especie humana una consideración mucho más desdeñosa que la que muestra un chimpancé por sus congéneres, con los que actúa de modo cooperativo según vemos en los admirables documentales de TVE2. Esos especuladores -la quintaesencia del género- operan comprando a bajo precio títulos de la deuda nacional a países en situación caótica, a causa de una guerra civil, una hambruna, una catástrofe, etc. Procuran, además, que sean países con riquezas naturales, como sucede con la República Democrática del Congo (RDC), cuyos recursos mineros son enormes.

Esperan a que el país en cuestión recupere cierta estabilidad social y política, y entonces presentan sus títulos al cobro con un desproporcionado aumento de intereses. Uno de estos fondos-buitre se ha personado en un paraíso fiscal bajo soberanía británica (la isla de Jersey) demandando a la RDC 100 millones de dólares por una deuda que originalmente importaba 3,3 millones, y en la que se incurrió durante los 30 años de guerra civil congoleña.

Tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial han aconsejado a menudo la cancelación, renegociación o reducción de las deudas de algunos Estados calificados como “Países pobres muy endeudados” (HIPC en inglés), y durante los últimos años no ha sido extraño cancelar las deudas de los países en situación de miseria casi absoluta. Esta señal de humanidad, rara en las altas esferas de las grandes finanzas, no afecta para nada a ese club de fondos-buitre, formado por unas 30 firmas especuladoras, cuyos nombres y gestores son sobradamente conocidos, y que están decididos a exigir lo que consideran que “legalmente” les corresponde. Para ello, acuden a los tribunales de esos paraísos fiscales donde solo el dinero y los beneficios imponen la ley.

Los 100 millones de dólares exigidos a la desventurada república congoleña le permitirían a ésta proporcionar agua potable a más de ocho millones de ciudadanos o adquirir 20 millones de mosquiteros para un pueblo donde la malaria mata 200.000 niños al año. Un país donde 100 mujeres mueren semanalmente dando a luz tiene mejores cosas a las que dedicar sus recursos antes que pagar a unos especuladores indignos de pertenecer a la raza humana. El Banco Mundial informa de que más de una tercera parte de los países HIPC están siendo acosados por los fondos-buitre, que han extraído ya de aquéllos más de 1.000 millones de dólares, a la espera de conseguir otros 1.500 aún pendientes.

Convendría concluir haciendo una mención favorable a los buitres, esas aves que embellecen los cielos con su vuelo majestuoso y que no son culpables de nada, ni siquiera de que algunos seres humanos muestren instintos más carroñeros que los que la naturaleza ha otorgado a esas rapaces falconiformes.