Contando seres humanos

Los estudiantes de física en el bachillerato de los años 40 del pasado siglo, antes de que la ciencia sufriera la enorme transformación que se produjo en su segunda mitad, aprendieron que el metro, la unidad básica de longitud, tenía como patrón universal una “barra de platino iridiado” que se conservaba en París. También en París, en el mismo y venerable depósito cuyo nombre era Oficina Internacional de Pesos y Medidas, se conservaba un cilindro del mismo material que establecía lo que era un kilo para todas las actividades humanas, desde los más complejos laboratorios hasta la báscula del carnicero del mercado.

Pero ya “no nos queda ni París”, porque los patrones universales de los nuevos sistemas de unidades -salvo precisamente el kilogramo, del que Sèvres sigue conservando la exclusiva mundial- han pasado a ser definidos por constantes físicas que no necesitan materializarse en lugar alguno y que responden a fenómenos muy ajenos a las vivencias cotidianas de la gente.

Sin embargo, no todo se mide con el Sistema Internacional de Medidas adoptado prácticamente en todo el mundo. Medir cuántos seres humanos pueblan la Tierra es algo para lo que no hay que referirse ya a París, puesto que se hace en la sede de Naciones Unidas de Nueva York, ciudad que después de la Segunda Guerra Mundial ha ido sustituyendo casi por completo a la que fue meca universal del pensamiento, el arte, la ciencia y la cultura durante largos decenios.

Así ha sido como la llamada División de Población de Naciones Unidas, donde según opinión mayoritaria reside el patrón universal que mide cuántos somos, anunció que el pasado 31 de octubre la población del planeta sumaría siete mil millones de habitantes. El patrón que utiliza la ONU para precisar con certeza aparentemente milimétrica esa medida nada tiene que ver con la barra parisina que definía el metro. Tampoco podría llamarse “patrón”, porque es, más bien, un revoltijo de conceptos, suposiciones, proyecciones estadísticas y labores detectivescas, parecidas a algunas operaciones de las llamadas policías “científicas”.

De este modo, un funcionario chino de la ONU encontró hace poco tiempo siete millones de niños de los que previamente no se tenía noticia; le bastó contrastar los datos oficiales de escolarización a una cierta edad para comprobar que esos niños no existían diez años antes, cuando se efectuó el censo en China. Los padres no quisieron declararlos por diversos motivos, sobre todo económicos. Indagar en otros motivos parecidos en países de culturas muy distintas para descubrir la realidad demográfica es una labor que exige trabajar con imaginación y con abundancia de datos, no siempre disponibles.

¿Cómo se cuentan los ciudadanos que en todo el mundo rehuyen participar en censos o encuestas, porque son inmigrantes ilegales o viven fuera de la sociedad? ¿Cuántos afganos habrá hoy, si el último censo tuvo lugar antes de ser invadido el país en 1979 por la Unión Soviética? Otras agencias discrepan de los datos de la ONU, y afirman que los 7.000 millones se alcanzarán entre julio y diciembre de 2012. Quizá por eso, en esta ocasión, nadie se ha atrevido todavía a designar a algún individuo como “ciudadano 7000 millones”, al contrario de lo que sucedió cuando se alcanzó la cifra de 6000, cuando la ONU endosó oficialmente esa cualidad a un ciudadano bosnio, cuyo sueño de visitar el estadio Bernabéu y ver a Cristiano Ronaldo ha sido satisfecho en Madrid hace pocos días.

No es sencillo medir la población de un mundo que empezó a ser contado por la ONU en 1950 (tenía entonces 2.500 millones de habitantes) y donde cada 10 segundos nacen 25.000 bebés. A título de curiosidad, añadamos además que en ese mundo se supone que han vivido ya unos 108.000 millones de seres humanos, calculando la cifra con criterios especulativos de muy diversa índole y gran capacidad imaginativa. Al fin y al cabo, como expresó Neruda sin necesidad de entrar en complejas suposiciones ni concretar datos, él dormía en la isla, dichoso y enamorado, “mientras la oscura tierra gira con vivos y con muertos”.

Entre 1950 y 2011 la población mundial ha crecido en unos 4.500 millones de habitantes, según datos oficiales de Naciones Unidas, y además se constata que la mayor parte de ese acelerado aumento tiene lugar en países como Brasil, China, India, Indonesia y Nigeria. Por otro lado, el crecimiento económico de los países emergentes (así se les llama aunque algunos han emergido casi del todo, como China) les hará superar en potencial económico (y probablemente también en otros órdenes: militar y político) a las viejas potencias, de modo que muchos análisis prevén que en 2050 la balanza mundial del poder se habrá inclinado de su lado.

¿Será un mundo sostenible el que así se está configurando? ¿Cuánto crecimiento económico y demográfico simultáneos puede soportar este planeta? ¿Cómo se distribuirá geográfica y humanamente tan acelerada progresión?