El fracaso de las intervenciones intensivas

Para ilustrar el asunto aquí comentado, comenzaré extractando un texto publicado en The Guardian Weekly (28-10-11): “La comunidad internacional ha gastado cientos de millones de dólares para establecer el imperio de la ley en Afganistán. Un asesor estadounidense calculaba en un millón y medio de dólares anuales el coste de su estancia allí, junto con un colaborador. Durante una década se han dado conferencias a los abogados afganos, se ha invitado a los jueces a visitar a sus colegas de EE.UU.; se han desarrollado seminarios, se han reeditado los códigos afganos de justicia, se han creado nuevos códigos y reglamentos administrativos, se han construido prisiones y se han formado policías. Al final, una sólida mayoría opina que la justicia impartida por los jóvenes jefes talibanes sentados bajo un árbol es más equitativa y eficaz que la que proporciona la infraestructura estatal a la que tanto tiempo y dinero ha dedicado la comunidad internacional”.

Quien esto escribe sabe bien de lo que habla. Escritor y diplomático, miembro del parlamento británico y con gran experiencia en misiones en el extranjero, Rory Stewart ha ejercido responsabilidades en el Irak ocupado; aparte de hablar cuatro importantes idiomas propios de la región, en el más puro estilo del aventurero inglés (aunque él sea escocés) recorrió a pie durante dos años varios países de esta zona del globo para conocer a fondo sus pueblos y sus territorios. La cita con la que se inicia este comentario no procede, pues, de un periodista que ha pasado unas semanas en Afganistán y cree saberlo todo. No debería echarse en saco roto.

Recopilando pasadas experiencias de reconstrucción de naciones devastadas por la guerra, Stewart achaca los fracasos sufridos a la excesiva intervención de personal extranjero en la resolución de los conflictos. Con frecuencia, dice, no se tiene en cuenta “lo poco que los extranjeros saben, lo poco que pueden hacer, o lo poco que están legitimados a hacer en un país que no es el suyo”. En su opinión, los asesores foráneos están mucho más aislados y limitados que lo generalmente admitido. “Hasta los más intrépidos extranjeros -dice, recordando sus experiencias- tenían menos contacto con la realidad de la vida diaria que cualquier funcionario de bajo nivel trabajando en su país en asuntos locales”.

Y puntualiza: “El mismo alejamiento de la vida afgana que nos hizo fracasar [a los políticos] nos impide reconocer el fracaso. Esta tendencia estaba más arraigada entre los militares. Cada nuevo general que llegó a Afganistán entre 2001 y 2011 sugirió que la situación por él heredada era espantosa, debido a que su predecesor tenía pocos recursos o una estrategia equivocada, pero que él disponía de recursos, estrategia y dotes de mando para triunfar en un año”.

Aunque pueda parecer sorprendente, Stewart argumenta que, en comparación con lo ocurrido en Irak y en Afganistán, la intervención en Bosnia fue, en último término, un éxito, precisamente porque ninguno de los participantes estaba inclinado a implicarse demasiado. La ayuda internacional fue limitada, precavida y progresiva, justo al contrario que en Afganistán en 2005, donde la ocupación fue “insistente y aplastante”. No existía en Bosnia ni la voluntad ni el mandato para imponer un programa de “construcción de la nación”, contra los deseos de la población local: “la indecisión y la vaguedad del mandato, más que perjudicar la intervención, dejaron espacio libre para que los propios bosnios tomaran la iniciativa en áreas críticas, y dieron tiempo para que se produjeran los cambios políticos necesarios sin los que las reformas hubieran sido imposibles”.

Las tropas allí desplegadas no trataron de imponer fórmulas por la fuerza ni transformar el Estado. En todo caso, Stewart recuerda que en 1995 tres ejércitos “étnicos” luchaban en Bosnia, con más de 400.000 soldados; murieron 100.000 personas. Hoy solo existe un ejército en Bosnia con menos de 15.000 combatientes; ha regresado un millón de refugiados, más de 200.000 hogares han sido devueltos a sus propietarios y tres altos responsables del conflicto fueron apresados, juzgados y condenados. La guerra concluyó y el coste en vidas de los participantes en la intervención fue nimio, de modo que las tropas se replegaron sin la habitual sensación de culpabilidad de que algunos “hubieran muerto en vano”.

La experiencia de Stewart se resume así: “el éxito de una intervención depende mucho menos de los planes y del genio de los extranjeros que del contexto local, intrínsecamente caótico e impredecible”. No hay planes mágicos ni fórmulas universales: “es como irrumpir en un cuarto oscuro, sin saber siquiera si hay suelo bajo los pies”. De modo que, “si la característica esencial de toda intervención es su incertidumbre radical, la regla principal debe ser la humildad y la moderación”. Alerta también Stewart contra “las tentadoras abstracciones de la ‘responsabilidad de proteger’” y el riesgo de crear una fuerte dependencia de la ayuda extranjera, que esterilice la iniciativa local.

Esta opinión, polémica pero bien cualificada, debería hacer pensar a los que, con bombas, dinero, asesores, o con las tres cosas a la vez, creen poseer la varita mágica capaz de resolver siempre todos los conflictos en los que estimen necesario intervenir.