Asesinato a estilo afgano

El pasado día 20 de septiembre, Burhanuddin Rabbani, que fue presidente de Afganistán entre 1992 y 1996, expulsados ya los ocupantes soviéticos, recibía en su domicilio de Kabul a una delegación de talibanes, en su condición de presidente del Consejo Superior para la Paz. Este organismo fue creado hace un año por el presidente Karzai y lo componen cerca de setenta ancianos tribales, cuya misión es alcanzar algún tipo de acuerdo con los jefes talibanes, para poner fin a la guerra.

El que iba a ser su asesino se hizo pasar por un importante cargo talibán y recurrió a contactos de alto nivel para que le fuese concedida la entrevista. Mientras esperaba a que Rabbani regresara de una visita a Irán, gozó de la hospitalidad ofrecida habitualmente en Kabul a los talibanes que entran en contacto con el Gobierno. Cuando Rabbani volvió a Kabul e hizo su presentación ante él, le besó la mano inclinando respetuosamente la cabeza, según costumbre habitual en el trato con los ancianos. En ese momento hizo estallar la carga explosiva que escondía bajo los pliegues de su turbante, que quedó justamente a la altura del pecho del asesinado y en contacto inmediato con él. Varios acompañantes de Rabbani resultaron heridos de diversa consideración.

Una ola de pánico se extendió por el país. Si un expresidente, en el ejercicio de un cargo oficial, era asesinado con tanta facilidad ¿quién podría sentirse seguro? Es opinión extendida que hoy mismo, en Afganistán, todos son potenciales víctimas de un atentado talibán. Hasta el mismo presidente Karzai puede hallarse en el punto de mira de los terroristas y la sensación más común entre la población es que el Gobierno se encuentra inerme frente a tan grave amenaza. Las victoriosas proclamas que los mandos militares aliados y afganos difunden con frecuencia, en relación con las actividades bélicas en las provincias meridionales, de poco sirven para contrarrestar la sensación de fracaso que invade a amplios sectores de la población, acentuada tras este asesinato.

Derrotados inevitablemente en el campo de batalla por la incontestable potencia militar de EEUU, los talibanes van camino de ganar la mejor victoria posible para ellos: la psicológica. Eligen víctimas que influyen poco en el desarrollo de las operaciones militares pero que, por su relevancia política o social, atraen la atención de la población y de los medios de comunicación internacionales. A esta idea responde el ataque a un importante hotel con clientela internacional, a las oficinas del British Council o la agresión a la embajada de EEUU, sin olvidar el asesinato del hermano del presidente Karzai el pasado mes de julio.

En el enmarañado escenario de la política afgana, se sopesan dos posibles explicaciones al asesinato de Rabbani. Una es de índole personal: Rabbani había sido un encarnizado enemigo de los talibanes durante su época de dirigente de la Alianza del Norte, en las guerras internas que siguieron a la expulsión de los soviéticos. Si así fuese, el asesinato se explicaría como un aplazado ajuste de cuentas entre viejos caudillos guerreros que lucharon entre sí, y apenas tendría repercusiones.

Pero la hipótesis más probable, y a la vez pesimista, es la que induce a pensar que los talibanes desdeñan cualquier trato que les lleve a reconocer al Gobierno de Kabul y, menos todavía, a integrarse en él, porque a lo que realmente aspiran es a derribarlo y sustituirlo cuando las tropas internacionales abandonen el país en 2014. Tal es su desprecio por el citado Consejo, que en una ocasión enviaron a él, como interlocutor, a un tendero pakistaní disfrazado, que simuló entrar en tratos con los jefes tribales afganos.

A esta hipótesis se suman los afganos que piensan que el asesinato es el disparo inicial de una futura guerra civil, que será inevitable cuando no queden soldados extranjeros en el país. ¿Aceptará la comunidad internacional esta situación -se preguntan muchos-, tras los enormes gastos incurridos en la guerra y las innumerables víctimas que ésta ha causado?

El ministro de Educación afgano, miembro también del Consejo, ha descrito gráficamente la situación: “Este asesinato complica mucho las cosas. Ahora no sabemos quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos; en quiénes podemos confiar y en quiénes no; con quienes podemos reconciliarnos y con quiénes no”.

A tenor de tan ingenuas declaraciones, no parece que la finnezza política sea la cualidad característica del gabinete de Karzai, ni que Mazarino o Maquiavelo sean sus inspiradores intelectuales. Y habida cuenta de la tosquedad hasta ahora demostrada por EEUU en su manejo de la cuestión afgana (la extinta URSS no lo hizo peor), aumentan las probabilidades de que acabe instalándose en Kabul un régimen dictatorial corrupto y que, como en anteriores ocasiones parecidas, las potencias occidentales se laven las manos y miren púdicamente hacia otro lado.