¿Asusta Obama al mundo?

La prensa española reprodujo hace unos días una controvertida opinión de Obama sobre Europa, cuando afirmó que “la crisis europea asusta al mundo”. Tan grave proposición (que sin duda estimulará aún más la codicia de los acechantes mercados), en boca de quien dirige los destinos de la gran superpotencia occidental, no parece obedecer solo a las tensiones a las que Obama está sometido con vistas a lograr su reelección el próximo año. Algunos analistas estadounidenses atribuyen este toque de aviso, dirigido a los gobernantes europeos, al temor al contagio que reina en los círculos económicos de EEUU, vistos los sucesivos y espectaculares tropezones que viene sufriendo la economía de nuestro viejo continente.

Bueno sería, por otro lado, que Obama recordara que en el año 2007 hubo también un deletéreo efecto de contagio, esta vez en sentido contrario, cuando la descontrolada ambición de algunos conocidos tiburones financieros de Wall Street llevó al mundo al borde del precipicio y arrastró al paro y a la ruina a muchos europeos que todavía sufren sus consecuencias.

Lo más destacado de la citada frase de Obama es que con toda facilidad puede ser reflejada por esta otra: “el viraje político de Obama asusta al mundo”. Además, preocupa y entristece a los muchos que, en su momento, nos creímos aquel mensaje de renovación que le ayudó a alcanzar la presidencia y con el que brillantemente se presentó ante el mundo.

Fue en junio de 2009, en El Cairo, cuando Obama quemó el último cartucho capaz de generar de esperanza, con el discurso que pronunció en la Universidad de la capital egipcia, que tanto influyó en la llamada “primavera árabe”. Pero si sus palabras estimularon como una ráfaga de aire fresco a los que luego se alzarían contra las corruptas tiranías árabes, también encendieron en el pueblo palestino la esperanza de ver la luz al final del largo y trágico túnel en el que se ha venido desarrollando su existencia desde la “nakba” de 1948. Esperanza que ahora Obama se ha encargado de aplastar sin contemplaciones, con motivo de la Asamblea General de la ONU.

No se trata de la conocida dificultad de pasar de las palabras a los hechos, de convertir las promesas en realidades, que aqueja a muchos políticos, sobre todo en época preelectoral. En este caso, son las mismas palabras las que hieren porque muestran un vergonzoso cambio de opinión. Para evitar cumplir lo que hasta ahora venía prometiendo más o menos veladamente al pueblo palestino, Obama declaró: “La ONU no puede crear un Estado palestino”. Olvidó flagrantemente que fue precisamente la ONU la que creó el Estado de Israel y, con ello, el problema que nadie ha logrado resolver en más de 60 años. No se entiende cómo Obama es capaz de negar a la ONU la capacidad de crear un Estado y, aún peor, impedir que ella sea el foro natural donde se discuta este asunto. ¿Es este el Obama multilateralista que iba a volver a recuperar para la ONU (tan despreciada por su predecesor en la Casa Blanca) las responsabilidades que le corresponden?

Obligando a la Autoridad Palestina a la negociación bilateral con Israel, al margen de la ONU, Obama está traicionando en la práctica su promesa de crear un Estado palestino. Veinte años de negociaciones solo han conducido a un punto muerto difícil de superar, a la expansión de los asentamientos ilegales judíos y, en consecuencia, al troceamiento del territorio palestino ocupado, hasta hacer imposible que sobre él se sustente un Estado viable.

Al querer conservar el apoyo electoral del poderoso grupo de presión proisraelí, tan influyente en la política de EEUU, Obama está avivando la mecha de un conflicto enconado que parece abocado de nuevo a la violencia incontrolada, tras haber fracasado hasta hoy todas las opciones políticas y diplomáticas, como la que ahora intenta aplicar la Autoridad Palestina recurriendo a la ONU. Con el riesgo añadido de que los intereses que inciden en la resolución de este conflicto afectarán a otros países, desde Turquía hasta Irán, complicando la situación. Si EEUU hace dejación de su ineludible responsabilidad en este problema y es incapaz de forzar al Gobierno israelí hacia una solución justa y equilibrada, Obama habrá cerrado su actual legislatura con un rotundo fracaso.

Fracaso al lado del cual palidecen otras muchas promesas incumplidas: su incapacidad para cerrar la ignominia de Guantánamo, que sigue mostrando al mundo la peor cara de EEUU; su errática actividad militar en Oriente Medio, que oscila entre los asesinatos selectivos y la falaz seducción a los talibanes; y las diversas frustraciones en política interior, en los programas sociales mutilados o suprimidos, por no haber sido capaz de plantar cara a ese grupo de alucinados y trasnochados fanáticos, el Tea Party, con el que también intenta contemporizar, con el poco éxito por todos sabido.

Obama no asusta al mundo, naturalmente, pero su brújula de impreciso norte y oscilante rumbo sí produce incertidumbre y es probable que, como le ocurrió a Jimmy Carter, tampoco le asegure la reelección. La duda inteligente es necesaria para decidir con acierto, pero no se debe prolongar demasiado ni conviene que los gobernados la perciban.