Cine para la paz

Cuando se alude a los conflictos que han sacudido a los países balcánicos a lo largo de los tiempos, es frecuente recordar unas palabras atribuidas a Churchill, quien afirmaba que esa región “tiene tendencia a producir más historia de la que puede digerir”. Es cierto que la violencia ha sido siempre un importante factor activo en esos territorios, que durante siglos fueron marcas fronterizas entre el poderoso Imperio otomano oriental y los no menos ambiciosos y belicistas reinos europeos occidentales, haciendo de los Balcanes el espacio donde se enfrentaron y chocaron culturas, religiones, razas y codicias imperialistas sin límite.

Las guerras que a principios de los años noventa del pasado siglo surgieron como consecuencia de la desintegración de la República Socialista Federativa de Yugoslavia en varias repúblicas independientes y enfrentadas entre sí, fueron el más reciente brote de violencia que ha experimentado la península balcánica. Recordemos, no obstante, que esta secular cadena de guerras, violencia y destrucción tiene un último eslabón del que la OTAN fue principal y orgulloso protagonista: la campaña de bombardeos aéreos que en la primavera de 1999 arrasó Serbia y cuyas heridas, físicas y morales, apenas están cicatrizando entrado ya el siglo XXI. La Alianza, creada para hacer frente a la amenaza de la URSS, se ensañó con el país que históricamente había sido el más fiel apoyo de los designios rusos en los Balcanes.

Pero también los Balcanes ofrecen otro rostro no tan violento como su pasado: el de quienes desde diversas perspectivas se proponen que la paz restañe las viejas heridas que el paso del tiempo fue enconando. En la capital de Bosnia, la ya inolvidable Sarajevo, se proyectó el mes pasado un documental titulado The Village the War Forgot (El pueblo olvidado por la guerra). Ha sido producido por el IWPR (Institute for War & Peace Reporting) con la finalidad de mostrar la posibilidad de que pueblos étnicamente diferentes puedan convivir pacíficamente, a pesar de las divisiones, creadas a menudo artificialmente y por motivos electoralistas, producto de la ambición de ciertos políticos locales.

La historia narrada en este filme es la de los habitantes de un pueblo radicado en la República Srpska (RS, el componente de mayoría serbia en el Estado de Bosnia-Herzegovina), la única localidad bosnia donde serbios y bosnios no se enfrentaron a muerte. Tanto durante la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial, como durante la guerra por la independencia contra Belgrado, los serbios y bosnios del pueblo de Baljvine se protegieron mutuamente y se esforzaron por preservar su sentido de comunidad por encima de todo. Como muestra de esto se cita el hecho de que es el único pueblo de la RS cuya mezquita permaneció indemne durante los sangrientos enfrentamientos de los años noventa entre serbios y musulmanes.

Los paisanos que en ella participan insisten orgullosamente en afirmar que Bosnia sería un país más dichoso si todos siguieran su ejemplo y se empeñaran en entenderse bien con los vecinos, a pesar de las diferencias étnicas entre ellos. Entre los espectadores, procedentes de diversos lugares del país, se advirtió un positivo sentimiento común, expresado así por una estudiante bosnia: “Fue maravilloso ver que existe un lugar en Bosnia que supera todos los odios interétnicos que tanto han destrozado a este país. Los ciudadanos de Baljvine nos han demostrado que pueden vivir juntos a pesar de las cosas terribles por las que hemos pasado. Son el mejor ejemplo para los demás”. Conviene recordar que Bosnia-Herzegovina es todavía un Estado dividido étnicamente y donde los odios ancestrales siguen enfrentando entre sí a amplios sectores de la población.

Uno de los presentadores de la película cerró su intervención con estas palabras: “Escuchamos a menudo historias extraordinarias de terror o heroísmo. Pero este ordinario poblado bosnio es extraordinario porque no ha habido víctimas, ni criminales ni espectadores de los hechos. Las personas eran simplemente personas y siguieron viviendo como tales a pesar de que el mundo enloqueció a su alrededor”.

No solo coinciden serbios y bosnios en sus esfuerzos por vivir juntos en paz. Las secuencias finales del documental muestran a varios jóvenes que expresan un deseo común: aprender alemán para poder emigrar y ganarse la vida en el país considerado como la “locomotora” de la economía europea. En esto coinciden con los deseos expresados por sus coetáneos españoles que, aún en circunstancias distintas, aspiran a algo muy común: poder trabajar y vivir dignamente gracias a ello. A pesar de que los dichosos mercados sigan obstruyendo en todas partes el camino que permitiría satisfacer tan elemental aspiración.

El documental citado, en versión original subtitulada en inglés puede contemplarse en:

http://www.youtube.com/watch?v=SeAJEVW1MlU