Preocupaciones veraniegas

El verano va avanzando, implacable, y el calor hace estragos en las tierras ibéricas del interior y en muchas de las abarrotadas playas de su periferia. Mientras tanto, las economías europeas tiritan de frío, presas de incertidumbres varias y los especuladores habituales siguen activos y no pierden tiempo durmiendo la siesta. Solo los beatíficos y exultantes jóvenes que participan en el festival madrileño del orgullo católico viven sus euforizantes jornadas soñando con ese más allá que sus sacerdotes les garantizan si son buenos, y en el que ya no habrá problemas ni preocupaciones de ningún tipo.

Porque problemas y preocupaciones, haberlos haylos. Ahora mismo y bastante serios. La hambruna se ceba en el nordeste africano y las guerras se extienden desde Libia hasta Afganistán, mientras la muerte azota por doquier como consecuencia de ambas plagas. Hay otro tipo de violencia que se deja sentir en países desarrollados y ajenos a las guerras, como ocurrió hace poco en la idílica y ejemplar Noruega o como viene siendo noticia casi diaria al referirse a la brutalidad con que el narcotráfico actúa en el continente americano. Violencia, guerra, hambre y muerte: los cuatro jinetes del mítico Apocalipsis siguen, pues, haciendo de las suyas, aunque a esto ya nos ha ido acostumbrado la Historia y hemos desarrollado, poco a poco y con gran esfuerzo, los modos de hacerles frente y seguir avanzando por los caminos del progreso.

Tras el sopor veraniego que hoy nos adormece, se está desarrollando en EEUU una intensa polémica sobre la supuesta reducción de gastos militares en la megapotencia militar americana. No es necesario acentuar la importancia que esto puede tener para el resto del mundo. Casi la mitad del gasto mundial de defensa corresponde a EEUU, que mediante numerosas bases militares extiende los tentáculos de su política sobre todo el planeta y cuya industria del armamento domina el mercado mundial. Es un poder militar que parece incontestable. Veamos un ejemplo. Controlado a distancia desde una base situada en territorio estadounidense, un avión sin piloto puede destruir ahora mismo el domicilio de cualquier persona, como el suyo, amigo lector que está leyendo estas líneas, si eso fuera necesario para alcanzar los objetivos estratégicos de EEUU. De hecho, lo viene haciendo con frecuencia en las zonas fronterizas entre Pakistán y Afganistán, y menos frecuentemente en otros países en conflicto.

Pero esa enorme superpotencia se enfangó irreflexivamente en dos prolongadas guerras en Oriente Medio, de las que progresivamente y con dificultad va desconectándose. Se diría que la señal simbólica que ha permitido suscitar el ambiente necesario para acelerar la retirada ha sido la muerte de Osama Ben Laden. Muerte que, conviene no olvidar, ni siquiera fue producto de una guerra sino un asesinato para el que se montó una compleja operación de terrorismo internacional que violó la soberanía de un país extranjero y entonces todavía supuestamente aliado.

No son los resultados de ambas guerras (iraquí y afgana) los que permiten hablar ahora en EEUU de apretarse el cinturón y pensar en reducciones presupuestarias, retiradas militares y análisis de coste-eficacia de la defensa nacional. De hecho, el paso del rodillo militar aliado sobre Iraq se ha revelado catastrófico, y Afganistán se debate ahora mismo en una peligrosa dinámica que solo permite augurar incertidumbres continuadas. En verdad, lo que empieza a hacer mella en la superpotencia americana y a preocupar a sus dirigentes políticos y militares no es la amenaza de un ejército enemigo, sino el abismal déficit soberano, que crece imparable y que está poniendo a EEUU a merced de las decisiones que pueda adoptar… ¡China!

Mientras el vasto país asiático tenga en sus manos la estabilidad financiera de EEUU, de nada sirve considerar que, frente a las once escuadras de portaaviones con las que EEUU hace sentir su omnipresente poder militar, China solo acaba de botar su primer portaaviones de segunda mano, una nave de los años noventa adquirida a Ucrania. Los problemas no van por ese camino. La futura superpotencia china está emergiendo, al menos por ahora, apoyada en su poderío comercial, económico y financiero, y será en este último terreno, y no en el militar, donde podrá hacer temblar las columnas sobre las que se asienta el poderío militar de EEUU. Algunas de sus decisiones podrían poner en entredicho el actual sistema financiero internacional y, con ello, la estabilidad de muchos países, como España.

Aunque a los españoles -aparte del todopoderoso fútbol- nos preocupe ahora sobre todo el llegar indemnes al final de las vacaciones, afrontar el inminente temporal electoral y sus consecuencias, y observar, perplejos y algo angustiados, si nuestro país llega a superar las penurias económicas que le acechan, también podemos, a modo de compensación por el poco atractivo panorama antes descrito, dar una cortés bienvenida al jefe de ese anómalo Estado teocrático del Vaticano, que visita Madrid estos días y que, como el dios Jano, posee un segundo rostro que le permite mostrarse también como el enviado de lo inefable en la Tierra y el poseedor de las llaves del supuesto más allá que él controla en régimen de monopolio.