Lecturas veraniegas

Para rellenar esos habituales suplementos estivales que con tanta fuerza han arraigado en diarios y revistas, así como los abundantes espacios radiofónicos propios de las vacaciones, es común preguntar a diestro y siniestro sobre las lecturas veraniegas de los entrevistados. Por una parte, parece darse a entender que éstos solo leen libros durante las vacaciones, porque es entonces cuando se hace este tipo de encuestas; algo parecido a lo que les sucede a esas personas que, abandonadas a la vida sedentaria de lunes a viernes, esperan compensarlo dedicándose los fines de semana a agotadores esfuerzos físicos. Pocos son los que responden declarando que siguen leyendo más o menos lo mismo que leían en primavera y que probablemente leerán en otoño.

Por otro lado, parecería como si, justamente en verano, las lecturas debieran ser distintas a las del resto del año, por algún motivo estacional difícil de adivinar. Se entiende que pueda haber algunas diferencias, dado que a la playa, al avión o a la piscina no resulta cómodo llevar un grueso y pesado volumen impreso en papel biblia para leer reclinado en una tumbona. Pero esto nos llevaría más bien a variar el continente (los libros electrónicos pueden ser excelentes compañeros de viaje, así como las ediciones de bolsillo) y no el contenido.

Así pues, del mismo modo que una persona preocupada por su salud dedica al ejercicio físico poco o mucho tiempo, pero lo hace con la mayor regularidad posible, la cualidad de lector permanece también inamovible con el transcurso de las estaciones, y tanto placer se obtiene de la lectura bajo la sombra de ese símbolo veraniego que es la palmera que crece en la arena de la playa, como en un asiento del metro, yendo o viniendo del habitual trabajo invernal.

A un encuestador telefónico que me planteó la pregunta acostumbrada en un momento en que podía atenderle sin limitación de tiempo, le dije que, aparte de las obras de ficción que intercalo regularmente entre las lecturas habituales, éstas, tanto en verano como en invierno, suelen girar en torno a tres ejes: ciencia, historia y política.

La ciencia nunca me falla; es la lectura esencial que permite comprender todo lo que nos rodea. Desde el universo galáctico a las partículas elementales de la materia. Sus límites solo se encuentran en la inteligibilidad de cada obra, en el uso de un vocabulario no demasiado especializado que nos permita a los profanos asimilar sus explicaciones. Desde el bosón de Higgs hasta la materia oscura, pasando por la abstrusa teoría de cuerdas o los recónditos misterios del cerebro humano, el conocimiento de la realidad en la que estamos inmersos avanza día a día, exponiendo hipótesis, comprobándolas, modificándolas. Es la linterna que se encendió con la Ilustración y cuyo alcance carece de límites y solo depende de la curiosidad y la voluntad humana.  Experimentarlo por uno mismo, aunque solo sea mediante la lectura, es una de las grandes emociones que puede sentir un lector.

La historia, por su parte, solo se mueve explicando el pasado de los seres humanos sobre la Tierra. Ayudando a comprenderlo en todas sus muy diversas dimensiones. Al no poder ser sometida a la experimentación científica, la subjetividad puede hacer mella en sus análisis, como esos presuntos historiadores que recientemente proliferan en España y que distorsionan los hechos históricos para apuntalar sus ideologías y fomentar la confusión de la que medran en su oficio. Pero, a pesar de esto, la historia pone en nuestras manos todo el pasado de la humanidad de la que somos ahora un simple eslabón y que en manos de los verdaderos profesionales de esta disciplina nos permite ahondar en las dimensiones más ocultas del pensamiento y el comportamiento humanos.

La política es otra cosa. Aunque su finalidad esencial es establecer las formas con las que las sociedades humanas pueden convivir y organizarse para su mejor desarrollo y beneficio general, encierra en su seno un peligroso elemento desestabilizador: la lucha por el poder. Por eso las lecturas políticas pueden conducir de Hitler a Montaigne, en un extenso recorrido desde la abnegación hasta la ignominia. Hacerse con el poder para ejercerlo y conducir a los ciudadanos por el camino que el político considera más adecuado para su bienestar, abre una vertiginosa escala de posibilidades donde cabe todo lo bueno y todo lo malo que puede imaginarse. El lector habrá de moverse con sumo cuidado en este terreno, sea en verano o en invierno.

En fin, entre ciencia, historia y política, siempre cabe distraer la imaginación adentrándose por los terrenos inagotables del humor, la novela negra o el disparate. Hay mucho donde elegir. Como hay muchos lugares donde pasar las vacaciones, con libros o sin libros. ¡Buen verano!