Una pancarta para el Papa

Por estas fechas es ya casi imposible que exista algún ciudadano español desconocedor de la tragedia que están sufriendo numerosos pueblos del nordeste africano, aquejados de una más de las terribles hambrunas que periódicamente azotan a esta región. El reciente éxodo de numerosos somalíes buscando en Kenia refugio a su penuria, viene formando parte habitual de los telediarios, hasta que nuevos acontecimientos (¿la visita papal, por ejemplo?) lo reemplacen en nuestras pantallas y, en consecuencia, le hagan descender varios puestos en la lista de preocupaciones “oficiales” que los medios de comunicación instilan en la opinión pública.

Proliferan los análisis que intentan explicar las causas de esta calamidad. Muchos de ellos se centran en las adversas condiciones climatológicas que han afectado a la zona y han acabado con la ganadería local, además de agostar las vitales cosechas. En España, en pasadas épocas de triste recuerdo, se recurría también a citar “la pertinaz sequía” que hacía escasear y encarecía los productos alimenticios para quienes no podían recurrir al mercado negro del “estraperlo” y que tanto contribuyó a la emigración española hacia Europa.

Muchos son también los comentaristas que a la desfavorable climatología unen otros factores propios de la zona: la violencia ejercida entre clanes y facciones que llevan años guerreando entre sí; la presencia de grupos terroristas que asaltan los convoyes de ayuda humanitaria o impiden su paso; las dificultades materiales que tienen que vencer las agencias y organizaciones internacionales para enviar recursos a la zona y, último pero no menos importante, la extendida corrupción que obstruye los canales por los que debería fluir la ayuda. En algunos campamentos de refugiados que en la zona fronteriza con Kenia acogen a los que huyen de Somalia, es preciso sobornar a los empleados locales de las organizaciones internacionales para poder obtener la anhelada tarjeta de inscripción que dará derecho a una escueta ración de alimentos con una periodicidad impredecible.

Climatología, violencia humana, corrupción, desorden y demás calamidades son los enemigos contra los que luchan abnegadamente cientos de personas que entregan sus esfuerzos y parte de su vida para aliviar a las sufrientes víctimas, y que merecen el reconocimiento y el aplauso de todos nosotros.

Sin embargo, en el análisis habitual que se hace de esta catástrofe y de otras similares, suele faltar un aspecto importante: el crecimiento desmesurado de la población. En los cuatro principales países afectados por la actual crisis, la población ha crecido en el último decenio desde 95 a 135 millones de habitantes.

Es inútil y ficticio atribuir la repetición crónica de las hambrunas a la sequía, al cambio climático, a la erosión de los suelos, a la pérdida de las cosechas o el ganado, o a otras razones culturales o políticas, como la injusta distribución de las tierras, el acceso al agua y a otros recursos naturales o artificiales, indispensables para alcanzar un mínimo desarrollo. La escueta realidad es que será imposible alimentar a una población que en algunas zonas del mundo crece un 40% en un solo decenio, como sucede en el nordeste africano. No se trata de revivir el viejo maltusianismo sino de aplicar la más simple lógica. Los recursos, en vastas regiones de la Tierra, serán cada vez más escasos en relación con las necesidades de unos pueblos demográficamente descontrolados.

Así pues, es obvio deducir que el control de la natalidad se ha convertido en el elemento esencial y básico para combatir la catástrofe que aquí se comenta y muchas otras similares que inevitablemente se irán sucediendo en otras zonas del planeta. Es necesario entender que el más serio obstáculo para avanzar en esta dirección lo presentan las principales religiones que tan irracionalmente cierran los ojos ante este grave problema y con su opresión psicológica y las amenazas de un castigo eterno fuerzan el nacimiento de millones de niños que apenas tendrán nada que llevarse a la boca.

Sin embargo, algunas jerarquías religiosas de diverso signo siguen ejerciendo presiones sobre las agencias de ayuda humanitaria, y vetando en ciertos casos su actividad si ésta no se conforma a lo que definen como sus principios morales. El Vaticano, a cuyo Jefe de Estado prepara Madrid una espectacular acogida, no está libre de culpa. Quizá fuera el momento de sugerir que alguna de las entusiásticas pancartas que se exhibirán en las plazas y calles madrileñas hiciera alusión a la responsabilidad que el homenajeado tiene sobre lo que hoy mismo está sucediendo en África.