Entre WikiLeaks y Murdoch

El conflicto que ha protagonizado en el Reino Unido uno de los más destacados magnates mediáticos de alcance internacional, y el revuelo que hace pocos meses causaron en todo el mundo las filtraciones de una organización sin ánimo de lucro que reveló, en sucesivas entregas, la brutal violencia de la guerra en Iraq y la aparente hipocresía de ciertas actividades diplomáticas, son dos fenómenos que obligan a reflexionar sobre lo que ha venido en llamarse el “cuarto poder”, el poder de quienes controlan la información publicada, ya no solo informando sino también configurando la opinión pública.

No es preciso estar introducido en las altas esferas de ese poder para saber con certeza que muchos de los que, a través de los medios que dirigen o controlan, ejercen la capacidad de apoyar o de desacreditar a cualquier Gobierno o dirigente político, de influir en los resultados electorales o en las políticas a adoptar, se creen a menudo “hacedores de reyes”. Gozan de esa privilegiada posición de quienes tienen posibilidad de manejar a su gusto al poder político, pero están exentos de la responsabilidad que el ejercicio del poder conlleva. En otras épocas a estos individuos se les llamaba favoritos o privados (los que ejercen la “privanza”) y no eran muy apreciados por el pueblo llano.

Recordemos, de paso, que el cuarto poder no solo hace reyes sino que también es capaz de provocar sangrientas guerras. Un claro ejemplo de esto, que nos afectó directamente a los españoles, fue la Guerra de Cuba de 1898 contra EEUU, en gran parte debida a la campaña mediática desencadenada por los diarios de otro magnate de la prensa estadounidense, William R. Hearst, cínico predecesor del ahora por muchos denostado Keith R. Murdoch.

El “caso Murdoch” ha puesto de manifiesto la capacidad de intoxicación de un grupo mediático de gran poder y extensión, cuyos tentáculos ejercen presión -y a menudo también corrompen- sobre diversos órganos de los Estados, incluidos sus gobernantes y los servicios de información y seguridad. El habitual miedo de los personajes públicos a que una campaña de desacreditación acabe con sus esperanzas políticas les lleva en muchos casos a plegarse y someterse a los caprichos de los emperadores mediáticos.

En España, a un nivel de segunda división, también hemos conocido, desde que se alcanzó la libertad de prensa, sucias maniobras y detestables actividades de jefes y jefecillos mediáticos que aspiraban a convertirse en consejeros áulicos del poder, para gozar de su proximidad y, de paso, mejorar los beneficios obtenidos por sus cadenas o diarios. Menos habituados a la democracia que los ingleses, nuestros órganos parlamentarios nunca fueron capaces de actuar como estos días lo hace el Parlamento británico, esa “madre” de todas las democracias a pesar de sus evidentes defectos y flaquezas.

También WikiLeaks ha ejercido una influencia importante en el desarrollo de algunos acontecimientos recientes, aunque ahora, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, ni siquiera el Departamento de Estado de EEUU, el más afectado por las filtraciones, ha sufrido efectos nocivos, salvo en la preocupación por aumentar los niveles de secretismo y ocultación de cierta información. Por otra parte, no es aventurado sospechar que las revueltas populares en Túnez reforzaron su legitimidad a causa de los cables de la embajada de EEUU, que confirmaban la corrupción del régimen y el poco aprecio que Washington tenía por Ben Alí y su detestable camarilla.

El profesor y periodista belga Jean-Paul Marthoz, en un interesante ensayo publicado en el Anuario 2011-2012 de CEIPAZ (www.ceipaz.org), al reflexionar sobre el impacto de esas filtraciones apunta la idea de que han servido para recordar a los periodistas “que tienen que dudar sistemáticamente de sus políticos y buscar otras fuentes, en vez de comportarse como taquígrafos del poder”. Lo que tiene importancia ahora que entre algunos dirigentes políticos españoles parece extenderse la costumbre de convocar a la prensa para leer un comunicado sin admitir posteriores preguntas.

Se lamenta Marthoz de que “la reducción del trabajo de investigación y de tratamiento periodístico de la información abre las puertas a comentaristas y participantes de tertulias que ideologizan brutalmente sobre cualquier tema y desdeñan los criterios fundamentales del periodismo”. En EEUU, afirma, la cadena de Murdoch -Fox News-, ciertos programas radiofónicos y miles de blogueros agresivos crean un panorama mediático que promueve un concepto irracional y populista de la información”. ¿Le suena esto algo al público español?

Concluye Marthoz su análisis reconociendo que si WikiLeaks ha podido deteriorar la confianza de los ciudadanos en algunas instituciones, “el desafío más importante para las democracias es preservar la confianza entre los gobernantes y los gobernados, y esta confianza tiene que basarse en una información amplia y veraz que permita sostener un debate informado sobre los retos más cruciales que tiene que afrontar una sociedad democrática”.