Reunión tripartita sobre Libia

Tres meses de bombardeo de Libia no han logrado el objetivo inicialmente propuesto: poner fin a los más de cuatro decenios del régimen de Gadafi, forzando su abandono del poder. La estrategia aplicada se ha movido en dos planos: la prohibición de sobrevuelo del espacio aéreo a las fuerzas gubernamentales, para proteger a la población, y la ayuda y apoyo militar a los sublevados, cuyo centro político reside en Bengasi. Para ello, la OTAN viene actuando con operaciones aéreas y navales contra las fuerzas de Gadafi aunque, por el momento, se ha mostrado opuesta a cualquier intervención armada que implique ocupación de territorio libio. Esto no impide el envío de instructores, asesores y, cuando es preciso, la ejecución de ciertas operaciones encubiertas de las que oficialmente nadie se responsabiliza, como suele ser habitual en esos casos.

El punto muerto en el que aparecen estancadas tanto la misión autorizada por la ONU como las operaciones ejecutadas por la OTAN ha sido el causante de la reunión tripartita que tuvo lugar el pasado lunes en una ciudad playera de la costa rusa del mar Negro. Aprovechando la circunstancia de una reunión prevista del Consejo OTAN-Rusia, en la que habrían de participar el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, y el presidente ruso, Dimitri Medvedev, se invitó a ella al presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma.

El viernes anterior, los dirigentes de la Unión Africana (UA) se ofrecieron a acoger un encuentro entre el Gobierno libio y los rebeldes. El presidente Zuma apuntó que en breve podrían iniciarse conversaciones entre ambas partes en Addis Abeba, donde tiene su sede la UA. Hay ciertas esperanzas de que esta reunión tripartita pueda abrir una nueva vía de resolución a este empantanado conflicto.

Es evidente la discrepancia entre Rusia y la OTAN sobre el desarrollo de las operaciones en Libia. Conviene recordar que Rusia se abstuvo en la votación del Consejo de Seguridad que las autorizó, y que posteriormente ha criticado el modo de ejecutarlas, aunque se ha sumado a los países que exigen que Gadafi abandone el poder. Sin embargo, Moscú considera que la OTAN está propasando el mandato de la ONU en ciertos ataques aéreos, que más que proteger a la población han tenido por objetivo la destrucción de órganos del Gobierno libio, lo que no fue autorizado por la ONU. No obstante, Medvedev admite que Rusia y la OTAN “consideran el futuro libio de modo prácticamente idéntico, pues ambos desearían hacer de Libia un Estado moderno, soberano y democrático”.

Zuma ha participado en la reunión expresando el deseo de que la OTAN y Rusia conozcan y compartan los planes y las sugerencias que pueda presentar la Unión Africana para alcanzar un acuerdo definitivo. Rasmussen declaró que en la OTAN se estudiarían esos planes, aunque no dio detalles al respecto. En posterior rueda de prensa afirmó que cualquier solución de paz “deberá acomodarse a las aspiraciones legítimas del pueblo libio”, un modo más de no comprometerse a nada definitivo, como es común en la OTAN desde que comenzaron estas operaciones. De forma igualmente imprecisa contestó al ser preguntado sobre si se autorizaría la continuidad de Gadafi en el poder, o su permanencia en el país, incluso apartado de aquél.

Dando por sentado el hecho de que Rasmussen no puede tomar iniciativas que no cuenten con el pleno apoyo de EEUU y con el conocimiento de los demás miembros de la OTAN, conviene saber que en la reunión bilateral volvieron a tratarse algunos asuntos sobre los que la OTAN y Rusia mantienen divergencias. El principal es el sistema de defensa antimisiles que la OTAN se propone desplegar en territorio europeo y en el que Moscú desea intervenir más estrechamente, ya que considera que el plan inicial afecta al territorio ruso. Dos cuestiones aparentemente técnicas, pero de gran carga política, esperan respuesta: ¿quién y cómo se decide que un misil es enemigo y debe ser destruido? y ¿cómo se determina el despliegue de los elementos físicos que constituyen el sistema antimisiles?

Frente a la queja del ministro ruso de Defensa de que “el diálogo [OTAN-Rusia] no avanza como era de esperar tras la cumbre de Lisboa [donde en 2010 se acordó la participación rusa en el sistema antimisiles de la OTAN]“, el secretario general de la OTAN respondió con las vaguedades de costumbre: “La cooperación es la mejor opción y la asociación es el único camino hacia adelante”. Derivando la cuestión hacia otras áreas, Rasmussen declaró que la OTAN y Rusia deberán construir su asociación estratégica cooperando en la guerra de Afganistán y combatiendo la piratería marítima.

Una vez más, y no será la última, una intervención militar acordada dentro de la legalidad internacional (discutible, pero la única existente por el momento) parece fracasar por no haber considerado, desde el principio, todas las hipótesis verosímiles sobre su desarrollo. En este caso, la evidente falta de cooperación de Gadafi al éxito de las decisiones que, sin contar con él, fueron tomadas en Nueva York y en Bruselas, han llevado a un callejón sin salida que irrita y decepciona a los que creen que mediante las armas se resuelven todos los problemas.