Experimentando con cobayas humanos

Entre las tropas que lucharon en la 2ª Guerra Mundial, las iniciales VD arrastraban una peligrosa connotación: venereal diseases o “enfermedades de transmisión sexual” (ETS). Fue en EEUU donde la gran incidencia de estas afecciones llegó a preocupar seriamente a las autoridades militares, por la repercusión que tenían en la eficacia de los soldados para el combate. Desde los más lejanos tiempos históricos, guerras y prostitución han ido de la mano, muy a menudo acompañadas por el alcohol, pero fue durante la 2ª GM cuando la acelerada propagación de las ETS en casi todos los teatros de operaciones y en muchos países de la retaguardia hizo saltar las alarmas.

Hasta los establecimientos militares de la pudibunda y católica España llegó similar preocupación. Recuerdo que en la Academia General Militar de Zaragoza los cadetes fuimos aleccionados a tomar precauciones al respecto en una de las primeras charlas morales con las que los sábados nos aleccionaba el capellán de la Academia. Aquel día, el capitán médico acompañaba al páter, que asistió impasible a la lección higiénica, de la que solo recuerdo el consejo final, que consistía en evitar quedarse dormido “tras el lance”. Siendo legal en España la prostitución en aquellos primeros años de la posguerra mundial, los cadetes que, tras saludar a la Virgen del Pilar en su basílica con un sonoro taconazo de marciales resonancias y arriesgando un arresto, acudían a alguno de los prostíbulos para uso de las clases privilegiadas, gracias al médico sabían cómo comportarse y gracias al páter tenían asegurada la inmediata absolución de su pecado. ¡Ni comparación con los militares estadounidenses!

Aunque poco tiempo después los tratados militares con EEUU empezaron a transformar profundamente los modos y prácticas de nuestros ejércitos bajo la influencia de todo “lo americano”, no llegaron a nuestros cuarteles copias de aquellos carteles divulgativos que en los establecimientos militares de EEUU informaban sobre los peligros de las ETS. En uno de ellos, bajo un retrato femenino de afable aspecto, se advertía que una amiga ocasional o una prostituta “puede parecer limpia pero difunde las ETS”, por lo que el soldado “no puede vencer al Eje si padece una VD”. De ese modo la Sanidad Militar pasaba a la vanguardia de la lucha contra el Tercer Reich.

La preocupación por las ETS alcanzó en EEUU extremos inauditos después de la citada guerra, como se verá a continuación. Para probar los efectos curativos de la recién descubierta penicilina, en 1946 se eligió a 1500 ciudadanos guatemaltecos para utilizarlos como conejillos de Indias. Los mandos militares designaron a algunos soldados, las autoridades civiles los eligieron entre los presos comunes y las Hermanas de la Caridad (!) suministraron huérfanos a un grupo de médicos estadounidenses encargado de llevar a cabo el experimento en una base militar de la capital guatemalteca.

Los cobayas humanos fueron infectados con sífilis, gonorrea y chancro, sin recibir explicación alguna. Conviene tener en cuenta que algo parecido había ocurrido ya en los años treinta con varios cientos de negros estadounidenses a los que se contagió la sífilis para estudiar los efectos de la enfermedad y a los que se ignoró después durante más de 40 años. En la misma época en la que se desarrollaba el experimento guatemalteco estaban siendo juzgados en Nuremberg los criminales de guerra nazis que, en algunos casos, eran acusados de delitos de naturaleza no muy distinta al ensayo llevado a cabo en Guatemala por los médicos de EEUU.

Un destacado miembro de la comisión guatemalteca de investigación que ha revelado esta ignominia (descubierta en 2010 y cuyo informe será publicado en breve) ha declarado: “Lo que más me ha chocado es constatar el mínimo valor que se dio a esas vidas humanas”. El Gobierno de EEUU se ha visto obligado a reconocer oficialmente los hechos y se ha excusado ante las autoridades guatemaltecas por “tan reprobable investigación so pretexto de salud pública”.

Se ha sabido que los médicos estadounidenses trataron sólo a un 87% de los contagiados con sífilis, y fracasaron con un 10%. La investigación no produjo resultados concretos y se sumergió en el secreto. Siguen vivos algunos de los que sufrieron en su cuerpo este horrendo experimento clínico, pero varios centenares de hijos, nietos y biznietos sufren todavía las secuelas.

Cuando Marta Orellana (ahora una abuela de 74 años) jugaba de niña en el patio del orfanato, oyó por el altavoz que la convocaban a la enfermería: “Me llevaron ante unos hombres con batas y jeringuillas, que no hablaban español y me obligaron a tumbarme y abrir las piernas. Como me resistí, otro que sí hablaba mi idioma me pegó. Me hicieron lo que quisieron”. Como la penicilina que después le suministraban cada semana no la curaba, le dijeron que era “porque tenía mala sangre”. Vivió siempre enferma sin saber la razón, pero se casó y ahora tiene 5 hijos, 20 nietos y 8 biznietos. Ha logrado saber, por fin, lo que le ocurrió. Muchas otras personas no tuvieron tanta suerte.

El horror no tiene patria. Puede surgir hasta en EEUU, la llamada “tierra de los libres” (land of the free) según se canta en su himno nacional.