Afganistán, a cara o cruz

Un explosivo de gran potencia hirió gravemente el sábado pasado a los componentes de una patrulla del ejército español en Afganistán. El moderno vehículo acorazado de tipo “Lince”, preparado para resistir la acción de las minas más habituales, vio rebasada su capacidad nominal de resistencia, lo que se consigue sin más que aumentar la potencia de la explosión. La eterna lucha entre el arma atacante y el blindaje protector es tan antigua como la guerra, y se remonta al duelo primigenio entre la espada y el escudo. Es un crítico punto de fricción entre la tecnología y el combate, nunca prefijado, siempre variable.

Justo al día siguiente, un misil aire-tierra de la OTAN se confundió de objetivo y en vez de atacar una posición artillera libia cayó sobre una vivienda de Trípoli, causando víctimas civiles. El fallo se atribuyó oficialmente a “un error del sistema de armas”, lo que es igual que no decir nada. El sistema de armas empieza en el piloto del avión atacante, que recibe los datos del objetivo a batir, y termina en un misil que debe destruirlo. Esto implica una larga cadena de posibilidades de error, en la que intervienen selectos operadores humanos, bien instruidos y entrenados, y muy complejos dispositivos electrónicos, dotados de medidas de seguridad y revisados periódicamente. Tanto las personas como las armas suelen cometer errores y esto forma también parte de la guerra y de su fastidiosa imprevisibilidad.

Subamos ahora un escalón. Por encima de las decisiones tácticas o estratégicas relacionadas con la guerra, con menor imprevisibilidad que ésta pero con la misma potencialidad de error, se halla ese plano superior donde se toma la decisión política de desencadenarla o de ponerle fin. Aquélla y éste se hallan íntimamente vinculados. Las bajas sufridas por los combatientes y los errores en la conducción de la guerra influyen mucho sobre la opinión pública y la incitan a plantearse dudas. Dudas que vienen surgiendo en España (¿qué hacen allí nuestros soldados? ¿hasta cuándo durará esa misión?) pero que con más presión inciden sobre la Casa Blanca, cuyas decisiones, además, afectan a todos los participantes en la guerra afgana.

La duda básica de Obama, antes de decidir sobre el modo de replegar sus fuerzas, era esta: ¿sería capaz hoy Al Qaeda de lanzar ataques terroristas como el del 11-S? Si la respuesta hubiera sido afirmativa, la guerra proseguiría. Si es negativa, los complejos intereses que se mueven en torno a la guerra (donde los puramente españoles se hallan a un nivel muy bajo) habrán de amoldarse a los deseos presidenciales, que inicialmente eran los de poner fin a la presencia militar de EEUU en Afganistán para el año 2014. Aquí se empiezan a complicar las cosas.

La decisión que ayer hizo pública Obama está básicamente determinada por la política interior de EEUU, en la que ocupan un lugar destacado las próximas elecciones presidenciales. Informado de que la guerra de comandos y aviones sin piloto está produciendo estragos en las filas terroristas, se ha reafirmado en su idea de iniciar la reducción de fuerzas este mismo verano.

Obama deja también clara su firmeza como Comandante en Jefe, pues aun tras esa reducción el contingente militar de EEUU en Afganistán duplicará al que existía cuando él se hizo cargo de la Presidencia. Se confirma la retirada total para 2014, aunque pocos son los asesores de la Casa Blanca capaces de asegurarle que, para entonces, el Gobierno de Kabul pueda controlar eficazmente todo el territorio.

Nadie volverá a recordar los utópicos propósitos iniciales de esta guerra: reconstruir Afganistán como un Estado democrático, alineado con los valores occidentales, y de ese modo convertirlo en un baluarte contra los extremistas islámicos. Ahora ya solo se trata de proteger a EEUU -y por extensión a Occidente- contra la posibilidad de que Afganistán vuelva a acoger organizaciones terroristas.

Desde Kabul escribe el director regional del IWPR (Institute for War and Peace Reporting), tras constatar la tenaz resistencia de los talibanes y sus multiplicadas acciones ofensivas: “Una retirada prematura de las tropas internacionales prepararía el terreno para el caos en gran parte del país y daría a los grupos terroristas los santuarios seguros de los que ahora carecen”. Propone retrasar la retirada, que no debería iniciarse antes de 2014, para dar tiempo a que el Gobierno afgano disponga de las fuerzas suficientes para garantizar su propia seguridad.

A fin de cuentas, la decisión adoptada por Obama se ha tenido que basar en variables tan difíciles de valorar como la repercusión electoral, la capacidad de la insurgencia para recuperar supremacía o la facultad del Gobierno afgano para imponer la ley en todo el país. Esto, además, sumido en la imprevisibilidad propia de toda guerra y forzado por unos plazos que han de ser establecidos a priori. Es fácil deducir que la posibilidad de acertar no parece muy distinta de la que se obtendría simplemente lanzando una moneda al aire y dejando la decisión en manos del azar. Y el proceso sería seguramente más breve y menos costoso.