Mujeres entre la política

Apenas queda en nada el entusiasmo de los aficionados españoles al deporte (aunque solo sea para contemplarlo en la televisión) por el brillante éxito de Nadal en la final del ya famoso torneo tenístico de Roland Garros, si se le compara con el júbilo nacional y cívico que en China ha suscitado el éxito paralelo de la primera tenista asiática que ha ganado uno de los “grandes” campeonatos mundiales de este deporte. La joven Na Li se ha visto convertida de la noche a la mañana en un vibrante símbolo de la pujanza del país oriental. No muy distinto de lo que Santana representó en la década de los 60, en aquella España calificada por el régimen de “diferente” y en la que el deporte tenía un inocultable objetivo propagandístico.

Pero en el deporte chino no todo son luces deslumbrantes, al menos en lo que afecta a su vertiente femenina. A pesar del diluvio de medallas de oro que China cosechó en los Juegos Olímpicos de Pekín del 2008, quedó como un estigma nacional que la selección femenina de balonvolea solo obtuviera una medalla de bronce. Así pues, con vistas a la olimpiada londinense del 2012, las autoridades deportivas chinas han decidido tomar cartas en el asunto.

Sometidas las jugadoras a intensos entrenamientos físicos, tampoco se descuida su motivación patriótica, para lo que nada mejor que revivir el espíritu de la “Gran Marcha”, gracias a la poesía que Mao Tse-tung escribió inspirándose en ella. Según un diario de Shanghái, el esfuerzo de los que cruzaron las montañas en aquella épica travesía, mediados los años 30 del siglo pasado, estimulará el espíritu de superación de las jugadoras. La página web de la Asociación China de Balonvolea lo explica así: “Mediante este tipo de actividades, el equipo femenino de balonvolea encamina su formación por la tradición revolucionaria, aprende del viejo Ejército Rojo, conserva su bravura cuando afronta dificultades, se entrega al entrenamiento diario, trabaja con intensidad, aumenta su rendimiento y se prepara para la Olimpiada de Londres con el mismo impulso con que el presidente Mao dirigió a su ejército durante la Gran Marcha”. Se desconoce, por el momento, si la esforzada campeona de París recibió también similares estímulos, pero de todos modos merece el reconocimiento por su éxito deportivo y el excelente juego desarrollado.

Ya que de mujeres y de su conexión con la política trata este comentario, no está de más traer a colación la perspicaz maniobra de Sandra Torres, esposa del actual presidente guatemalteco, probablemente inédita en la historia política de los Estados. Al concluir el mandato de su marido, Álvaro Colom, la Constitución impide que a las elecciones presidenciales, previstas para septiembre, concurran familiares próximos del presidente saliente. En vista de eso, ella solicitó y obtuvo el divorcio, decisión cuya legalidad ha sido finalmente confirmada por el Tribunal Constitucional, tras haber sido impugnada como fraude de ley por sus rivales políticos y haber suscitado la ira pública de los mandatarios eclesiásticos del país, a pesar de que se trataba de un matrimonio civil disuelto también civilmente.

En rueda de prensa explicó su decisión diciendo que sacrificaba su matrimonio al superior interés nacional: “El amor por Guatemala es la razón por la cual el presidente y yo anteponemos los intereses del país y no nuestros propios intereses”. Afirmó que sentía “un amor grande y sólido” por su marido, pero que también era “ilimitado” el amor por su pueblo: “Me han criticado porque me estoy divorciando del presidente, pero me estoy casando con la gente, con el pueblo”. Y aclaró: “Yo represento a los sectores más olvidados y humildes de Guatemala”. No todos se lo creen, pero así están las cosas.

Concluiré este comentario citando a otra mujer: la saudí Manal al-Sherif. No juega al tenis ni al balonvolea ni es esposa de ningún mandatario, pero ostenta la valentía de enfrentarse sola a un régimen machista, feudal y retrógrado, como el que gobierna Arabia Saudí. Fue condenada a cinco días de prisión por conducir un automóvil, lo que en ese país (miembro fundacional de la ONU y fiel aliado de las principales potencias occidentales) está expresamente prohibido a las mujeres. Hay que admitir que la condena ha sido suave -en un Estado donde con facilidad se lapida a una mujer o se corta la mano de un hombre- porque fue acusada de “ignorar los reglamentos, conducir un automóvil en la ciudad, permitir que un periodista la entrevistara mientras lo hacía, difundir deliberadamente este incidente a los medios de comunicación, incitar a las mujeres saudíes a conducir automóviles y crear un estado de opinión pública contrario a la legislación”.

La Constitución saudí establece que el Gobierno del país deriva su poder del Corán y de la tradición del Profeta. Así que, para los saudíes, el mejor Gobierno sigue siendo el que hubo en tiempos de Mahoma y, según fuentes bien informadas, en aquella época las mujeres no estaban autorizadas a conducir camellos. A través de Internet Manal ha pedido que el próximo 17 de junio sus compatriotas la imiten masivamente poniéndose al volante. Veremos si su convocatoria de protesta tiene el éxito que se merece.