A vueltas con los himnos nacionales

Las letras de los himnos nacionales suelen ser motivo de discusión en algunos países, sin exceptuar el nuestro, cuya peculiaridad estriba precisamente en que carece de letra oficial, lo que para algunos es causa de preocupación. A la vista de lo que ocurre en otros países esto casi parece una ventaja, como vamos a ver.

Empecemos recordando que las letras de algunos famosos himnos desmerecen bastante de su vibrante partitura. La mítica Marsellesa es un ejemplo de vibrante marcha militar que acompaña a una letra desagradable, como cuando pide que una “sangre impura” – la de los soldados enemigos – “riegue los surcos” de la tierra francesa. Al otro lado del Rin, un cuarteto de Haydn de bella factura pone música al fanfarrón grito de “¡Alemania sobre todos!”, en lo que ni siquiera todos los alemanes están de acuerdo, pues ni se tienen por superiores al resto del mundo ni consideran que Alemania deba estar por encima de sus ciudadanos, sino más bien a su servicio.

Limitando estas consideraciones a las letras escritas en nuestro idioma común, hay que constatar que en algunos países latinoamericanos los textos contienen a veces grandilocuentes proclamas que pierden mucho sentido cuando se leen fuera de los solemnes actos donde se entonan. Un argentino comienza su himno con estos compases: “¡Oíd, mortales, el grito sagrado!”, lo que sin duda exige un desmedido esfuerzo auditivo a cualquier persona. Un colombiano necesita abrirlo invocando a la “gloria inmarcesible”, adjetivo éste cuyo significado no todos conocen. Y no hablemos de un boliviano cuyo himno comienza apelando “al hado propicio”, como si eso fuera materia de conversación habitual.

En otros países, como en México, la guerra se hace presente desde la primera estrofa: “Mexicanos, al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón”, aunque limitada a las acciones de la Caballería. O en Honduras, donde desde el principio se recuerda que serán muchos los que mueran luchando por su patria, aunque “todos caerán con honor”. Por el contrario, un salvadoreño muestra sus deseos de paz desde la primera estrofa de su himno, donde se asegura que “fue obtenerla [la paz] su eterno problema, conservarla su gloria mayor”.

Ahora es también en un importante país de Hispanoamérica, Perú, donde la polémica sobre el himno nacional ha saltado a la calle, pero por otro motivo: se arguye que la letra del himno “daña la mentalidad nacional y crea complejo de inferioridad entre los peruanos”. Dejemos que el lector juzgue por sí mismo, reproduciendo su primera estrofa:

Largo tiempo el peruano oprimido
la ominosa cadena arrastró;
condenado a cruel servidumbre
largo tiempo en silencio gimió.
Mas apenas el grito sagrado
¡Libertad! en sus costas se oyó,
la indolencia de esclavo sacude,
la humillada cerviz levantó.

En el Ministerio de Defensa se dio orden de omitirla y de cantar solo la sexta y última estrofa:

En su cima los Andes sostengan
la bandera o pendón bicolor,
que a los siglos anuncie el esfuerzo
que ser libres, por siempre nos dio.
A su sombra vivamos tranquilos,
y al nacer por sus cumbres el sol,
renovemos el gran juramento
que rendimos al Dios de Jacob.

Aparte de la confusión que puede crear en algunos la alusión a un “Dios de Jacob”, es evidente que rezuma más optimismo que la primera estrofa. Desconozco si en el citado Ministerio se recomendó también añadir los últimos versos de la quinta estrofa, donde se nos amenaza con un desembarco naval en nuestras playas, quizá para vengar el bombardeo del puerto limeño de El Callao por la flota española en 1866:

Nuestros brazos, hasta hoy desarmados
estén siempre cebando el cañón,
que algún día las playas de Iberia
sentirán de su estruendo el terror.

No es fácil anticipar cómo terminará la polémica peruana, pero el asunto sirve para reflexionar en torno al peso que algunos símbolos ejercen sobre las personas y los grupos sociales, tanto en el plano de los sentimientos nacionalistas (himnos, banderas, guerras, héroes, historia…) como en las agrupaciones humanas apolíticas (ejércitos, religiones, asociaciones, entidades deportivas, etc.). “Los símbolos los carga el diablo”, podríamos decir a modo de conclusión, y hay que manejarlos con sumo cuidado, porque que aplicar a ellos una estricta racionalidad suele inducir a error.