Sin Ben Laden pero con Pakistán

La súbita eliminación de Ben Laden del pináculo que ocupaba en el organigrama de Al Qaeda no va a plantear los mismos problemas ni producirá efectos comparables en todos los Estados implicados en lo que hoy se entiende como la lucha contra el terrorismo internacional de raíz islamista. Para EEUU y Pakistán, por ejemplo, lo ocurrido estos últimos días va a complicar gravemente sus relaciones mutuas, que ya se hallaban en una difícil tesitura. Lo primero que se advierte es que se ha extendido peligrosamente hasta Pakistán el avispero que el anterior presidente Bush golpeó impulsivamente tras el fatídico 11-S, sin preocuparse por prever las consecuencias que esto traería consigo, como cuando desde muy altos niveles de su Gobierno se amenazó con hacer regresar a Iraq a la “edad de piedra” a base de bombardeos.

En otros países, como es el caso de España, las repercusiones del hecho citado son menos notables, aparte de las habituales declaraciones gubernamentales que, tras un somero análisis de la situación para adaptar a ella los estados de alarma nacional, buscan tranquilizar a la población mostrando preocupación por su seguridad, aunque los españoles no seamos tan propensos a vivir en estados de permanente temor a algo ajeno y hostil, como parece necesitar el pueblo de EEUU para ser debidamente gobernado. En España, con Ben Laden o sin Ben Laden, casi todos sabemos muy bien a lo que nos exponemos, sin necesidad de exageraciones ni alarmismos.

Aún así, merece la pena reflexionar sobre esta cuestión, lo que lleva a preguntarse sobre el previsible futuro de Al Qaeda, tras haber perdido al líder que la creó y la sostuvo durante tres sangrientos decenios. Del mismo modo que, si en España desapareciera del todo ETA sin posibilidad alguna de resurgimiento, ciertos políticos y bastantes organizaciones quedarían sin motivo alguno para continuar sus actividades y tendrían que buscarse otros trabajos y ocupaciones, el enorme mecanismo político y militar que Al Qaeda ha hecho crecer en muchos países occidentales, con el objeto de combatirla, ha generado ya unas pesadas inercias y ha creado nuevos intereses que habrán de encontrar continuidad. Desde el mismo Pakistán, el escritor y periodista Ahmed Rashid, reflexiona así: “Su ideología [la de Ben Laden] de la yihad global y sus actos terroristas han modificado el modo como vivimos, nuestras preocupaciones de seguridad y la forma como dirigimos la política y los negocios, a la vez que ha deteriorado las relaciones entre el mundo musulmán y Occidente; su muerte tendrá también efectos a gran escala. Muchas de las amenazas a la seguridad que ahora afrontamos se harán más sutiles y complicadas que las que Al Qaeda y otros terroristas supusieron en el pasado”.

Es evidente que la anterior cita, apenas aplicable en España, donde ni la política ni los negocios se han visto muy afectados por Ben Laden y sus huestes (sin que esto signifique olvidar la barbarie de los atentados terroristas en Madrid), sí tiene aplicación inmediata, sobre todo en Pakistán. El elemento más crítico de esta cuestión, aunque oculto en la cita reseñada, está claro en la realidad: el armamento nuclear pakistaní. Hay suficientes sospechas de que la presencia continuada de Ben Laden en territorio pakistaní no era del todo ignorada por algunos sectores de sus fuerzas armadas y de sus todopoderosos servicios de información, cuyos intereses no parecen coincidir con los de EEUU ni los demás países implicados en la coalición que ahora combate en Afganistán. Esto lleva a un peligroso e incierto terreno, porque permite poner en duda la existencia de un muro impenetrable entre las armas nucleares y los grupos terroristas.

Es muy probable, aunque él no lo dice explícitamente, que esas amenazas “sutiles y complicadas” a las que Rashid alude sean precisamente el resultado de la combinación, en un mismo país, del terrorismo organizado y el armamento nuclear. La periodista estadounidense Elizabeth Rubin recuerda cómo un diplomático le comentó: “Consideramos a Pakistán como un aliado incierto y a los talibanes como nuestro enemigo; pero creo que lo contrario es más cierto”. Y añade Rubin: “El núcleo del problema está en el arsenal nuclear pakistaní: ¿preferimos que lo controle nuestro enemigo, el ejército pakistaní, o nuestro enemigo talibán? ¿Sabremos alguna vez quién es quién y podremos distinguir entre ellos?”.

Frente a esta seria incertidumbre y en pleno auge del movimiento de rebelión popular en varios países musulmanes, cuyo rumbo está sujeto a variables muy imprecisas, no es fácil prever la evolución de Al Qaeda tras la eliminación de Ben Laden. Es de creer que habrá una lucha por el poder entre sus cuadros superiores, cuyos contactos y relaciones se verán dificultados por la presión militar de los aliados y su control de las comunicaciones. Al Qaeda ha ido evolucionando desde una jerarquización rígida hacia algo más indefinido, hasta el punto de funcionar como una “franquicia” que a cambio de proporcionar ideología obtiene operatividad. Por eso su adaptación a nuevas circunstancias puede ser más fácil y, por tanto, más peligrosa para Occidente. La semilla de la yihad global ha arraigado en muchos pueblos musulmanes y para arrancarla harán falta otros procedimientos distintos a los comandos de élite que asesinan dirigentes terroristas pero no son capaces de arrasar el terreno donde nace y crece el terrorismo.