Ben Laden: un asesinato repudiable

Es fácil entender que el asesinato de Ben Laden en su refugio pakistaní, perpetrado por ciudadanos estadounidenses alistados en sus Fuerzas Armadas y cumpliendo órdenes de la Casa Blanca, sea acogido por algunos con un moderado suspiro de alivio, aunque solo sea porque se ha reducido en una unidad el elenco del terrorismo internacional en su modalidad islamista. Pero de ahí al desaforado júbilo popular con que los sectores más crédulos y vengativos del pueblo de EEUU acogieron la noticia, va un trecho que la razón, el cabal sentido de la democracia y el respeto a los derechos humanos hacen imposible recorrer.

Si a eso se suman las evidentes incoherencias y contradicciones advertidas en los informes oficiales sobre la operación y los esfuerzos, a veces ingenuos o infantiles, de los medios de comunicación de EEUU por explicar lo inexplicable (reproducidos sin crítica en otros medios internacionales), es obligado mostrar un claro desacuerdo con lo sucedido, del que nace una inevitable sensación de repudio.

Da vergüenza contemplar la imagen, mil veces publicada, de la camarilla que dirige los destinos de EEUU, reunida en la Casa Blanca ante una pantalla que transmite el desarrollo de la operación militar, como si se tratase de una final de béisbol. Solo faltan las latas de cerveza sobre la mesa y sobra el muy condecorado general de brigada que escribe en su portátil en el centro de la imagen.

También da vergüenza observar el estúpido vídeo animado con el que se intenta representar el desarrollo de la operación, hasta el momento final en que el cadáver del asesinado terrorista llega en helicóptero a un portaaviones de la marina estadounidense, para ser lanzado al agua según el más clásico rito fúnebre de los hombres de la mar. Claro está que, al contemplarlo, es obligado recordar aquellos vergonzosos dibujitos con los que el bienintencionado pero ingenuo Colin Powell, tras ser engañado por la CIA, intentó a su vez engañar en febrero de 2003 al Consejo de Seguridad de la ONU, demostrando gráfica y verbalmente que Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Engaño en el que cayó de cabeza la ministra española de Asuntos Exteriores allí presente, Ana Palacio, y con ella el presidente Aznar y todo su equipo.

Si muchos somos los que denunciamos y criticamos las frecuentes violaciones de los más elementales derechos humanos de las que el actual Gobierno de Israel es a menudo responsable, ahora hemos de reconocer que incluso en la ilegalidad hay grados: cuando el criminal nazi Adolf Eichmann fue secuestrado en Argentina en 1960 por el servicio secreto israelí, para que respondiera ante la justicia por sus delitos, llegó vivo a Israel donde después fue juzgado y condenado, para morir en la horca en 1962.

Argentina había pedido inmediatamente una reunión del Consejo de Seguridad y éste dictó una resolución que exigía a Israel garantías de que el apresado sería cumplidamente llevado ante la justicia. Ahora, por el contrario, ningún alto cargo de la organización internacional ha denunciado a EEUU por violar la soberanía de un Estado miembro, penetrar ilegalmente en su territorio y asesinar a varias personas que en él residían. Claro está que tampoco el Gobierno pakistaní ha presentado hasta el momento reclamación alguna ni es probable que lo haga, preocupado como está por no ser acusado de complicidad con Al Qaeda. El resto de la comunidad internacional cierra púdicamente los ojos ante lo que, sin exagerar ni profesar ningún extremismo ideológico, puede tildarse de acto de terrorismo estatal.

Ante tal acumulación de hechos discutibles, cuando no reprobables, es ridícula la controversia sobre si se publican o no las fotografías del “presunto cadáver”, a no ser que con ella se pretenda distraer a la opinión para que no hurgue más en la suciedad que rodea a este asunto.

Bajo estas capas de ignominia que cubren la acción, es fácil observar sus resultados tangibles. ¿A quién o quiénes puede beneficiar? En primer lugar a Obama, cuya popularidad ha crecido espectacularmente y cuyas perspectivas electorales mejoran. También hace olvidar el descrédito del Pentágono y la CIA, las máquinas de guerra y espionaje mejor dotadas de todo el mundo, que han tardado casi un decenio en encontrar al que calificaron de enemigo público número uno. No queda aquí la cosa: con intencionalidad más retorcida, desde EEUU se pretende reivindicar la infamia de Guantánamo, abrumadoramente confirmada por los documentos revelados ahora por WikiLeaks, al atribuir la localización de Ben Laden a los informes obtenidos en la abyecta prisión caribeña. Incluso el desacreditado Bush junior recobra vigor y hay quienes vuelven a alabar su nefasta “guerra contra el terror”.

Se entiende mal, por otra parte, la exagerada importancia que los medios españoles han concedido al hecho hoy comentado. Esté o no esté Ben Laden en la cúpula nominal de Al Qaeda, poco va a influir en nuestra vida cotidiana ni en los riesgos que ésta comporta. Por el contrario, sí debería preocuparnos, y mucho, que en EEUU y en la ONU se vean con complacencia acciones que vulneran gravemente los principios del derecho internacional que todos habrían de respetar. Actuando de ese modo no se combate al terrorismo sino, más bien, se le estimula.