Liberando el espíritu de las mujeres afganas

Tras una reciente oleada de amenazas y atentados con bomba contra las tiendas que en Afganistán se atreven a vender música en discos o casetes, el responsable de Cultura e Información de una provincia atribuyó a los propios comerciantes la culpa de lo ocurrido, porque, según él, venden productos inapropiados traídos de fuera y “nuestra sociedad es tradicional e islámica y no hay que observarla desde una perspectiva occidental”. Por su parte, uno de los tenderos agredidos se quejaba aduciendo que él también vendía casetes con música y discursos religiosos, recitaciones del Corán y de tradiciones históricas. De poco le sirvió y, como otros de su ramo, tuvo que optar entre cerrar su establecimiento o dedicarse a otros productos.

Un portavoz talibán negó cualquier responsabilidad en el asunto: “Bajo la ley islámica el asesinato no es apropiado para faltas menores, como escuchar música. Además nos crea hostilidad en el pueblo. Preferimos acabar con la música mediante la propaganda”. Se observa, pues, que parte de la población afgana sigue sometida a la misma mentalidad retrógrada que imperaba en el país durante los años de dominio talibán a los que puso fin la invasión de 2001.

Ante este panorama cabe preguntarse qué quedará de aquellos propósitos iniciales de la invasión, desencadenada tanto para castigar a los responsables del 11-S como para ayudar al pueblo a liberarse del yugo talibán. En lo relacionado con las mujeres, así lo expresaba la entonces primera dama británica: “Las mujeres afganas poseen todavía un espíritu que contradice su injusta y humillada imagen. Debemos ayudarlas a liberar ese espíritu y devolverles su voz, para que puedan crear ese Afganistán mejor que todos deseamos”. Y con un espíritu, al parecer, de similar entusiasmo, su marido, el primer ministro Blair, participó en la aventura afgana organizada por el Pentágono.

¿Han liberado su espíritu las mujeres afganas tras diez años de ocupación “liberadora”? Un reciente informe desde la provincia de Herat traza una imagen descorazonadora. Siguen siendo frecuentes los casos de secuestro de mujeres, palizas y azotes en público por supuesta conducta impropia y los matrimonios forzosos; pero si el responsable es alguno de los jefes guerreros locales, su impunidad está garantizada. No solo esto, sino que si la familia denuncia el abuso se expone a sufrir una sangrienta venganza que también quedará impune. Un jefe de tribu lo describió así: “Las fuerzas policiales del Gobierno son plenamente conscientes de los delitos pero, como los jefes de guerra tienen poder e influencia, son incapaces de detenerles y procesarles”.

Desde la misma provincia llegan esperanzadoras noticias sobre ciertas mujeres que, casi jugándose la vida, han decidido trabajar por su cuenta. Así hablaba una de ellas: “Llevo seis meses trabajando en mi taller [de confección y costura] y desde que empecé a ganarme un sueldo mi marido me respeta más y me trata mejor“. El patetismo de la frase es inocultable. Aunque acto seguido reconocía que “las desafortunadas costumbres locales hacen que no esté bien visto que las mujeres trabajen y esto nos causa problemas”.

Otra mujer es más explícita sobre esos “problemas”, al contar su experiencia en la tienda que abrió: “La gente me miraba fijamente para hacerme ver que estaba haciendo algo impropio. Algunos individuos me amenazaron diciéndome que si no cerraba el puesto me lo quemarían”. Se lo comunicó a la policía y al jefe del mercado, que le aconsejaron que se dedicara a otra cosa. Si al escribir estas líneas ella sigue vendiendo sus bufandas y alfombras, habrá acreditado un valor heroico. Como muchas otras mujeres que tratan de ser ellas mismas en unas sociedades que las reducen a un estado de semiesclavitud.

Tampoco las recientes revoluciones árabes, que han creado cierta esperanza de democratización de esas sociedades, parecen reservar para las mujeres mejores perspectivas. Aunque en Túnez se perciben algunas señales de progreso femenino, en Egipto solo un comité “de sabios” asesora a los gobernantes y ninguna mujer participará en la nueva Constitución.

Con ácida ironía, una periodista británica comentaba en The Observer que la política occidental, puesta a elegir entre dos tiranías, se inclina por el fundamentalismo religioso antes que por la crueldad laica de un Gadafi: “Prefiere la opresión institucionalizada y la tortura y muerte esporádicas de un solo sexo, a lo mismo pero aplicado a todos los ciudadanos”. Aunque aritméticamente esto reduzca a la mitad la ignominia, la cuenta no es exacta, pues si se toma a Irán como ejemplo, habría que añadir a las mujeres todos los homosexuales, ateos, adúlteros, apóstatas y cristianos.

Cuando a una conocida feminista egipcia, que mostraba su indignación porque, tras haber participado en todas las fases de la revolución, las mujeres fueron después dejadas de lado, se le preguntó cómo podrían ayudarles las mujeres occidentales, respondió así: “Luchando contra sus propios gobiernos, porque son ellos los que interfieren con nuestras vidas, invadiéndonos y colonizando nuestros países”. Sorprendente respuesta que contradice muchas de nuestras percepciones y nos obliga a reflexionar sobre algunos esquemas preconcebidos que nos son tan familiares.