Fanatismos de hoy y de ayer

Doce personas fueron asesinadas por las turbas el viernes de la semana pasada en la ciudad de Mazar-i-Sharif, incluyendo siete miembros del personal de Naciones Unidas destinado en Afganistán, ante el asombro de las agencias internacionales presentes en el país, pues era considerada una ciudad segura, seleccionada por la OTAN para pasar bajo control nacional afgano el próximo mes de julio.

Delante de la famosa Mezquita azul, un imán arengó a la población en términos exaltados, denunciando la quema de un centenar de volúmenes del Corán que, según él, había acaecido en Estados Unidos poco tiempo antes. Coincidiendo con los rezos del viernes, el ya caldeado ambiente provocó una explosión de ira popular que indujo a los reprobables asesinatos de quienes nada tenían que ver con el asunto. Aun en un país como Afganistán, donde el fanatismo tiene hondas raíces y cualquier acto considerado un insulto a los símbolos islámicos provoca desproporcionadas respuestas, la enorme violencia latente que reveló este sangriento incidente no ha pasado desapercibida. Otra revuelta por el mismo motivo se produjo el día siguiente en Kandahar, con una decena de muertos y numerosos heridos tras la intervención policial para reprimir el motín.

La razón aducida para estos tumultos había sido exagerada adrede, pero se basaba en el hecho real de que otro eclesiástico, esta vez un exaltado ministro del cristianismo en EE.UU., quemó públicamente el pasado 20 de marzo un ejemplar del Corán, ante su minúscula parroquia de Florida, para mostrar su rechazo al terrorismo islámico, tras una parodia de juicio público. Las imágenes grabadas de esta intervención fueron difundidas por todo el mundo y han producido efectos que el absurdo personaje religioso quizá no llegó a imaginar, aunque declaró que había actuado por provocación, “para remover las aguas”.

Estas conductas tan incomprensibles para cualquier mente medianamente racional, basadas en una superstición religiosa, no son nuevas en la Historia; recordar lo ocurrido en el pasado ayuda a observar y enjuiciar el presente con más serenidad y menos fanatismo. En nuestra España sucedían hechos de análogo cariz hace poco más de cinco siglos.

Cuenta Julio Caro Baroja, en su obra Los judíos en la España moderna y contemporánea, que el 17 de abril de 1474, durante los cultos cuaresmales que se celebraban en Córdoba, una niña arrojó por la ventana el contenido de un jarro de agua (algo no extraño en aquella época) con tan mala fortuna que ésta cayó sobre una estatua de la Virgen llevada en procesión. Enseguida se atribuyó el hecho a la mala voluntad de una familia de exjudíos conversos que allí residía. Se propagó la noticia de que el líquido arrojado no era agua sino orina, y un popular agitador local -predecesor sin saberlo de algunos columnistas y presentadores hoy también populares en algunos medios- azuzó a las masas para que se lanzaran a matar herejes y quemar sus viviendas: “¡Vamos todos a vengar esta gran injuria y mueran todos estos traidores y herejes!”. Como consecuencia, escribe Caro, “durante dos días Córdoba fue teatro de robos, asesinatos y violaciones terribles”.

Contribuyó a agravar la revuelta el que un destacado noble cordobés, hermano de quien después sería conocido como el Gran Capitán, que intentó restablecer el orden, hirió de muerte al cabecilla de la asonada cuando éste le hizo frente. Una nueva patraña elaborada para excitar al pueblo circuló pronto: “Estando de cuerpo presente, al intentar ponerle una cruz sujeta al brazo, éste se movió de una manera que se reputó milagrosa; los alborotadores volvieron a armarse y reanudaron su interrumpido propósito, lanzándose al saqueo”. Así que una supuesta ofensa durante una procesión y un pretendido milagro provocaron una revuelta popular de tal magnitud que los encendidos ánimos de los cordobeses causaron numerosas víctimas y grandes destrozos.

Hay que saber que, cuatro años después, el papa Sixto IV promulgó la bula que creaba la nefasta y a la vez famosa Inquisición española, para sistematizar y regular la violencia de raíz religiosa, haciéndola “legal”. A pesar de eso, el inculto y fanatizable pueblo español de la época estaba siempre dispuesto a echarse a la calle para defender por su cuenta la “santa religión”. Es lo que también hicieron algunos en 1936, con las armas en la mano y una estampa religiosa en el uniforme, listos para matar a otros españoles.

Sin olvidar el reconocimiento y el respeto debidos a quienes por motivos religiosos se entregan a los demás en altruistas tareas realmente humanitarias, los nocivos efectos que la contaminación religiosa produce en casi todos los conflictos a los que por su propia naturaleza han de enfrentarse los pueblos, son el origen de los más enconados rencores que han dividido y ensangrentado a la humanidad desde los tiempos más remotos. Con las debidas excepciones y desde una perspectiva histórica correcta, no se puede afirmar que las religiones hayan venido a traer la paz al mundo, como proclaman altisonantemente algunos de sus más eximios representantes, porque la realidad muestra justamente todo lo contrario.