Libia y nuestra vergüenza

Ni la ONU, suprema organización mundial que se propone, tal como se expresa en el preámbulo de su Carta fundacional, “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra” y con ese fin coordina las fuerzas de los países miembros “para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales”; ni el llamado G-8, el club al que pertenecen los ocho países más poderosos del mundo, reunido el martes pasado en París para examinar la situación internacional; ni EEUU, la superpotencia mundial en cuya retórica fundacional figura en lugar destacado el culto a la democracia y los esfuerzos para difundirla; ni la Unión Europea, de la que lamentablemente a duras penas sabemos qué se propone, qué ideales sostiene o de qué medios se vale para hacerlo; ni los países más relacionados geopolíticamente con la extraordinaria agitación que remueve el espacio meridional mediterráneo que tan directamente les afecta (como España, Francia, Italia, Grecia o Turquía), han sido capaces de articular una respuesta coherente y eficaz a la agresión armada que está sufriendo el pueblo libio.

El presidente francés decidió establecer relaciones diplomáticas con el Consejo de los sublevados libios, establecido en Bengasi, la capital de los que, al escribir estas líneas, todavía luchan contra la tiranía de Gadafi; pero ante el temor de que llegaran antes los cazabombarderos del dictador que los emisarios de la République, ordenó enseguida la evacuación de los diplomáticos franceses. El Reino Unido, que también infiltró a unos supuestos agentes secretos para contactar con los rebeldes, tuvo que recoger velas y aceptar la vergonzosa retirada de sus “rambos”, humillantemente descubiertos y apresados por error por aquellos a quienes pretendían ayudar. Obama, que con el fiasco de Guantánamo ya ha mostrado al mundo que las buenas palabras nada tienen que ver con los hechos resolutivos, que suelen requerir más energía y determinación y menos retórica, ha anunciado, a través de su Secretaria de Estado, que seguirá estudiando la cuestión libia, pero sin prometer nada y tras haber desaprovechado unas irrecuperables ocasiones.

Quienes habíamos llegado a imaginar que los países democráticos y presuntamente civilizados unirían rápidamente sus esfuerzos para detener la matanza de ciudadanos libios, exterminados bajo el fuego de sus propios militares, hemos tenido que aceptar la idea de que esta posibilidad era un simple espejismo. Nunca como ahora se habían dado unas condiciones tan favorables para sacudir el yugo de las dictaduras a las que están sometidos muchos pueblos árabes. Unas rebeliones esencialmente populares, no suscitadas ni dirigidas por fanáticos ayatolás ni por criminales terroristas, alimentadas por años de sufrimiento de unos pueblos explotados y humillados por unos impresentables dirigentes, merecían una respuesta más decidida y rápida de los Estados que tanto suelen pregonar los ideales democráticos.

Claro está que los mismos tiranos ya depuestos o en vías de serlo, fueron -y algunos lo siguen siendo- fieles aliados de las grandes potencias con cuyos gobernantes establecieron lazos de amistad y dependencia mutua. Éstos agradecieron, aunque con la boca pequeña, a tunecinos y egipcios que se deshicieran de sus dictadores, porque les hicieron el trabajo sucio que nunca se atrevieron a abordar. Más todavía: al principio de las rebeliones, éstas fueron observadas con desconfianza desde las capitales europeas. Incluso Francia ofreció oficialmente ayuda al corrupto presidente tunecino para que pudiera reprimir mejor a sus alborotados súbditos.

Así que cuando los libios no pudieron repetir lo que habían logrado sus vecinos, el desconcierto invadió a las grandes potencias democráticas, tan defensoras de los derechos humanos, que han sido incapaces, hasta hoy mismo, de alcanzar un acuerdo que ponga fin a la matanza libia. Además, alentada la autocracia saudí por la brutal recuperación de Gadafi y sus huestes, basada en la inacción de quienes debieron impedirla, se ha permitido ayudar a otros gobernantes vecinos, como el sultán de Bahréin, para que con el armamento vendido por las potencias occidentales pueda aplastar mejor las revueltas populares que también allí piden reformas.

Conviene hablar claro: ¿se atrevería algún dirigente occidental a aconsejar el apoyo a una rebelión popular que se alzara contra los gobernantes de Arabia Saudí, tan poco democráticos y tan déspotas como los ya depuestos en Túnez o Egipto? En la hipocresía que Occidente está mostrando estos días con sus rasgos más despreciables, Arabia Saudí sigue siendo un “régimen moderado” con el que se puede tratar, la misma calificación que hasta hace poco tuvo Egipto.

Libia es ahora la prueba decisiva, quizá la última, que nos permita valorar el crédito y la confianza que merecen la ONU, la Unión Europea, EEUU, los países del G-8 y los que formamos parte de esa entelequia llamada “Foro mediterráneo”. Habrá quien nos advierta, y no le faltará razón, de que “tenemos el mundo que nos merecemos”, pero es obligado esforzarse para articular respuestas más positivas, aunque hay ocasiones en las que el pesimismo es la única salida.