El adiós a la mili

En marzo de hace diez años se promulgaba el Real Decreto que establecía la “suspensión de la prestación del servicio militar” para el último día del año 2001, acortándolo en un año respecto a la legislación aprobada en 1999. La mili vivía en España sus últimos días. Era descendiente lejana de la Revolución Francesa y se sostenía en el principio de que cada ciudadano tenía derecho a ejercer el voto, para elegir a los que habían de gobernarle, pero en contrapartida había de cumplir con la obligación de defender a la nación con las armas en la mano.

Fue, en sus tiempos, un avance democrático que pretendía igualar a todos en las trincheras, formando parte de aquellos ejércitos que habían dejado de ser propiedad de los reyes para ponerse al servicio de la nación, y cuyos generales y jefes ya no lo eran por derecho de cuna al pertenecer a la nobleza. Ahora, cualquier soldado llevaba en su mochila los entorchados de general (o el napoleónico bastón de mariscal) y las academias militares no requerían pruebas de limpieza de sangre para admitir a los cadetes. Los ejércitos parecían avanzar en su democratización.

La realidad era algo distinta. Para empezar, la mitad de los ciudadanos -las mujeres- no estaba incluida en esta altisonante retórica. Además, el derecho de voto tardó en alcanzar a todos y durante mucho tiempo estuvo ligado a los medios de fortuna. Por su parte, también la riqueza permitía que los hijos de los más adinerados no se expusieran a los riesgos de la guerra, comprando a los pobres para que combatieran en su lugar gracias a la llamada “redención a metálico” y a otros subterfugios.

Aún así, y habiendo comenzado mi carrera militar en los años cincuenta del pasado siglo, pude comprobar sobre el terreno que en la España de entonces seguía siendo parte de la más arraigada cultura popular la suposición de que “la mili los hace hombres”. Se había convertido en un rito de paso, en el más puro sentido etnológico. El que salía “quinto” de su pueblo, regresaba a él hecho “hombre”. En vano traté de convencer en una ocasión al padre de uno de mis soldados, que me mostraba su agradecimiento por haber hecho un hombre de su hijo, de que lo que en verdad hacía hombres a los jóvenes eran la familia y la educación, la escuela, el taller, el oficio. Le explicaba que en el ejército teníamos obligación de hacerles soldados, combatientes. Claro está, soldados a la fuerza, quisieran o no. Esta fue la paradoja que tanto impulsó la objeción de conciencia y forzó la supresión del servicio militar obligatorio.

En esa España a la que me estoy refiriendo, la mili cumplía también otras funciones. Tiempos hubo, ahora difíciles de imaginar, en que muchos de los soldados que llegaban a los cuarteles en ellos aprendían a leer y escribir, a ducharse o a manejar los cubiertos en el comedor. Para bastantes, era una experiencia inédita conocer una capital de provincia tras realizar el primer viaje en tren de toda su vida. Durante el largo servicio militar obligatorio, algunos aprendían una profesión. En suma, aquellos ejércitos, muy poco capaces de defender a España de un enemigo exterior, desempeñaban una función de educación social que no podía dar la vida campesina, entonces predominante entre la población española. Los reclutas “de ciudad” eran minoría y, si podían, procuraban obtener un puesto de asistente o de escribiente, y evitar así los trances más penosos de la vida cuartelera.

Las circunstancias fueron cambiando aceleradamente. Y lo hicieron de un modo insospechado. Incluso antes de suprimir la mili, en muchos cuarteles empezó a ser un problema la habilitación de aparcamientos para los vehículos de los soldados. También fue evolucionando la mentalidad general. Los que defendían el servicio militar obligatorio, aduciendo que un ejército profesional se puede convertir en un grupo de mercenarios que vive de espaldas a la población, mientras que un ejército de conscriptos es una garantía contra el golpismo, pudieron experimentar en las calles de Valencia, hace treinta años, el estruendo de los carros de combate con sus dotaciones completas de soldados forzosos, que poco o nada podían hacer para evitar que triunfara el golpe de Estado que habían tramado sus jefes.

Bien es verdad que el paso de los años suele suavizar las duras aristas de la realidad y de ahí que todavía se escuchen algunas evocaciones nostálgicas de la vida en la antigua mili por los que en su momento la hicieron. Cuando los recuerdos del pasado van unidos a una juventud que ya se fue, es natural cubrirlo todo con un velo rosado. Aparte de esto, poco o nada hay que echar de menos de un modo de prestar servicio al Estado que tenía bastante de injusto, descargaba sobre algunos ciudadanos un peso desproporcionado y suponía un obstáculo en sus proyectos individuales de vida, y no contribuía a su realización como personas libres y en pleno uso de sus derechos.