¿Cómo intervenir en Libia?

Ante la prolongada resistencia de Gadafi en la capital libia, son bastantes los que, sin detenerse a considerar la complejidad del asunto, se impacientan y reclaman una urgente intervención militar que ponga fin al conflicto que está ensangrentando el vecino país mediterráneo. Para algunos, la solución no requiere muchas disquisiciones: consiste en EEUU y sus ejércitos. Ya que los libios rebeldes no saben salir por sí solos de lo que algunos ven como un estancamiento de la situación, dejémosles a un lado y que sean las victoriosas armas de Occidente las que digan la última palabra.

Este modo de pensar, aparte de revelar cierto residuo colonialista, parece olvidar que las dos revoluciones previas a la libia, que expulsaron del poder a sendos dictadores en países vecinos, alcanzaron plena legitimidad fuera y dentro del país precisamente porque su éxito se debió en exclusiva al esfuerzo de los pueblos rebelados. No hubo necesidad de apoyos ni intervenciones foráneas. Nacieron en el seno del pueblo y éste es el principal protagonista de cada revolución. Ni tunecinos ni egipcios deben nada a nadie. Están sentando por sí mismos las bases de sus nuevas estructuras políticas. Aunque esto les presente ahora serios problemas, que cada país habrá de resolver a su modo, y aunque no se vea fácil el paso desde la revolución hacia la estabilidad, los nuevos gobernantes solo habrán de responder ante sus pueblos, libres de endeudamientos ajenos, materiales o ideológicos.

Tras el bombardeo de Bengasi por aviones gubernamentales el lunes pasado, también los dirigentes de la rebelión libia discuten sobre la conveniencia de una intervención militar extranjera. Discusión que se ha extendido a esa parte de la sociedad libia que se ha sacudido el yugo de Gadafi y comienza a organizarse en libertad en varias zonas del país. Bastantes son los libios que piensan que una intervención militar, incluso bajo los auspicios de Naciones Unidas, serviría para reforzar a Gadafi, quien la utilizaría para excitar el patriotismo libio ante lo que haría aparecer como una conspiración de las potencias hostiles.

La disyuntiva está entre seguir soportando la represión desencadenada por el acorralado dictador, que sigue asesinando a sus compatriotas, o pasar la bandera de la rebelión, hasta ahora en manos libias, a fuerzas armadas extranjeras. No es ajeno a esta tesitura el Gobierno de EEUU; la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, admitió en el Congreso el martes pasado que la oposición libia tenía gran interés en ser reconocida como el agente del pueblo libio, sin intervención alguna de fuerzas extrañas.

Tanto en Washington como en Londres se habla de imponer por la fuerza una zona de exclusión aérea, vigilada por los cazabombarderos de ambos países, para evitar que la aviación gubernamental siga atacando a su propio pueblo. En los estados mayores de ambas capitales todavía se recuerda una operación análoga, al concluir la primera guerra contra Sadam, a fin de proteger a los chiíes iraquíes de la represión desencadenada por el dictador vencido, aunque todavía no depuesto. Apenas tuvo éxito y Sadam pudo continuar su venganza.

Aparte de todo lo anterior, organizar una zona de exclusión aérea presenta problemas intrínsecos que deben tenerse muy en cuenta. No sería el menor conseguir la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Rusia ha manifestado ya su oposición a la medida, China probablemente la secundaría y algunos países europeos (Francia e Italia entre ellos) tienen serias dudas. Iniciarla sin el visto bueno de la ONU causaría discrepancias entre los países ahora alineados contra Gadafi; el recuerdo del fiasco iraquí está demasiado próximo como para iniciar nuevas aventuras. También el apoyo de la Liga Árabe sería estimable, pero no imprescindible.

Los elevados costes de la operación habrían de compartirse ¿entre quiénes? ¿Desde dónde se controlaría? ¿Quién tomaría las decisiones necesarias para llevarla a cabo? Entre otras cosas, habría que decidir si afecta a aviones militares o civiles, aviones o helicópteros. ¿Sería el Pentágono el que establecería las llamadas “reglas de enfrentamiento”?

Hay otro escollo difícil de soslayar: la exigencia previa de poner fuera de combate a las defensas antiaéreas libias. Sea cual sea el modo como esto se consiga es muy difícil evitar que se produzcan víctimas inocentes entre la población civil.

En realidad, todos los implicados en el conflicto (desde la ONU hasta las juntas de Gobierno que ya ejercen en Bengasi) desearían que fuese la presión ejercida sobre Gadafi, que ahora parece multiplicarse desde varios ángulos, la que produjese su retirada del poder. Los planes militares que se están aireando parecen tener también como objetivo el aumento de esa presión. No obstante, si esto no se consigue, será necesario adoptar medidas de fuerza que pongan fin a la exterminación del pueblo libio a manos del iluminado dictador, y es en ese caso cuando habremos de desear que no sea peor el remedio que la enfermedad.