El miedo no fomenta la democracia

Los auténticos estadistas, esas contadas personas capaces de configurar los destinos de su nación y de influir decisivamente en el curso político de la comunidad internacional, además de las cualidades necesarias para el ejercicio inteligente y eficaz de la política, necesitan poseer una de especial naturaleza: el valor. El diccionario de la RAE la define como “cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros”.

Esta fue la cualidad de la que hicieron gala aquellos “padres fundadores” de la Unión Europea que, decididos a que no se repitiese jamás la catástrofe que para Europa supuso la Segunda Guerra Mundial, supieron “acometer resueltamente” la tarea, que parecía del todo imposible, de dar la vuelta a lo que hasta entonces había sido práctica habitual para resolver los conflictos entre las naciones de nuestro continente: el recurso a la guerra.

Para ello, nada más eficaz y, a la vez, nada más revolucionario que empezar impidiendo las carreras armamentistas que condujeron al estallido bélico de 1939, poniendo en común las industrias pesadas del carbón y del acero de los dos grandes enemigos del pasado: Francia y Alemania. Ese paso audaz fue el germen del “mercado común” que, años después, llevaría al nacimiento de la Unión Europea (UE).

Pero también hay que reconocer que, lamentablemente, el valor no ha seguido siendo moneda de uso común entre los dirigentes de la UE en posteriores coyunturas históricas, sea por los temores fruto de la Guerra Fría, sea por la incapacidad de crear una verdadera unión política, sea por la sumisión a lo que se decidía en Washington o incluso producto de la mezquindad de campanario de los dirigentes políticos que, incapaces de mirar fuera de sus fronteras, a menudo han antepuesto los intereses meramente nacionales (a veces, simplemente electoralistas) a lo que debería ser el interés común europeo.

Cuando, hoy, una parte importante del mundo islámico se agita en una rebelión popular sin precedentes, que puede derivar por rutas muy distintas, ha llegado de nuevo el momento de reclamar a los estadistas que sean capaces de asumir con valor los acontecimientos que parecen apuntar hacia una remodelación profunda de las relaciones de poder en numerosos países. Pero, no nos confundamos: no se pide valor a los déspotas para que resistan desesperadamente aferrados al poder y sigan oprimiendo a sus pueblos.

El valor ahora debe ser mostrado por los dirigentes de las principales potencias occidentales, que con sus decisiones influyen en el desarrollo de esos movimientos populares, para que con sus temores no impidan el nacimiento de unas nuevas relaciones de poder en los Estados que están experimentando lo que, con toda seguridad, son unas sintomáticas crisis de crecimiento y progreso político.

En Túnez o en Egipto, hasta ahora, las protestas populares no han exhibido programas religiosos como bandera política ni han sido dirigidas por líderes islámicos. La sociedad de esos países está demandando democracia. Ha sido precisamente la falta de democracia la que ha permitido a los fundamentalistas islámicos ocupar un espacio político del que habían sido expulsadas las fuerzas de la izquierda, los movimientos feministas y las organizaciones de trabajadores, que hubieran hecho oír su voz ante unos pueblos dominados por la injusticia, la corrupción y el deterioro económico y social.

El golpe militar argelino de 1992, que bloqueó con violencia el normal desarrollo democrático del país por temor a un resurgir islamista, trajo consigo una devastadora guerra civil de la que todavía Argelia sufre las consecuencias. Por el contrario, lo que se necesita probar con urgencia es que en los países islámicos hay otras vías que no sean la actual disyuntiva entre teocracia y dictadura, y que la democracia puede abrirse camino en ellos si se favorecen las circunstancias que lo hagan posible.

En la España del siglo XIX la religión popular y la aplastante hegemonía de la Iglesia aparecían como incompatibles con cualquier atisbo de democracia. Hoy, eso pertenece al pasado. La valentía de algunos líderes políticos que supieron ir construyendo un espacio de libertades públicas y de respeto a los derechos humanos, en un ambiente hostil de opresión religiosa y dictaduras políticas, ha hecho posible la democracia en un país, como España, que apenas la conoció a lo largo de su historia.

Hay que tener, pues, el valor de conceder a los pueblos islámicos que, hartos y airados, expulsan a sus tiranos, la posibilidad de avanzar por los caminos de la libertad y la democracia, y desoír esas voces de alarma (como las que proceden de un Israel enfermizamente obsesionado por su seguridad o de unos EEUU donde todavía la “guerra contra el terror” sigue agitando fantasmas) que anuncian todo género de fatalidades si deja que los pueblos se expresen en libertad y decidan, por fin, hacerse dueños de sus destinos.