Convivir con el terrorismo

Se atribuye al presidente ruso, Dimitri Medvédev, la expresión “seguridad insuficiente”, aplicada a las condiciones del aeropuerto moscovita que el pasado lunes sufrió los efectos de un atentado terrorista. “Vamos a examinar esto” – añadió, refiriéndose a los fallos atribuidos al sistema de seguridad aeroportuario. Cabe sospechar que se producirá una cadena de destituciones y dimisiones, más para salvar la cara de los gobernantes que para lograr que el aeropuerto sea invulnerable.

Quizá por la gravedad del momento, nadie ha preguntado qué entiende Medvédev por seguridad “suficiente”. ¿Es la que evitaría absolutamente la perpetración de un atentado? Si es así, nunca podrá alcanzarse en un aeropuerto por el que han de circulan más de veinte millones de viajeros al año. ¿Será seguridad suficiente la que hace más difícil cometer un atentado? En este caso ¿cómo se valora la mayor o menor dificultad de atentar en un lugar público? Bastaría con que la probabilidad de que el terrorista alcanzase su propósito fuese de un 1% para que la tragedia siguiera siendo posible. Ni en el Ben Gurión israelí, considerado el aeropuerto más protegido del mundo, se puede garantizar que esto no ocurra, pues sus normas de seguridad están más orientadas a salvaguardar los aviones que las instalaciones terrestres.

Apremiado al parecer por las urgencias propias del momento, algún comentarista ha sugerido la conveniencia de registrar y controlar también a quienes van a un aeropuerto a acompañar o recibir a los viajeros, puesto que se supone que así fue como entraron en Domodédovo los terroristas. Aparte de que esto crearía una nueva traba al movimiento de las personas y aumentaría las ya fastidiosas molestias previas al embarque, si un terrorista suicida se lo propone puede activar sus explosivos mientras espera en la cola formada ante el nuevo control. Siempre existirá un punto anterior al primer control donde sea posible la actividad terrorista, por mucho que aumente la cadena controladora.

Aparte de esto, no deja de extrañar esa obsesión por la seguridad centrada en la aviación comercial, olvidando que análogos efectos de muerte, terror y sangre pueden obtenerse en otros lugares donde, por diversos motivos, se producen aglomeraciones. Los atentados sufridos en los metros de Moscú y Londres y en los trenes de cercanías de Madrid fueron tan escalofriantes como el que hoy se comenta y podrían repetirse en cualquier momento y en cualquier ciudad en la que a diario miles de personas coinciden en los mismos medios de transporte sobre trayectos fijos a horas bien conocidas por todos.

Fruto también del apresuramiento son algunos comentarios recientes sobre la novedad del terrorismo suicida, ante el cual, afirman, no ha habido todavía tiempo para imaginar remedios más eficaces y desarrollar estrategias de aplicación generalizada. Para rebatir este argumento no es necesario traer a colación el mito de Sansón, quizá el primer terrorista suicida del que hay registro histórico, si por tal se tiene el conocido relato bíblico. Humor aparte, y ya en época histórica, conviene recordar cómo primero los españoles y luego los estadounidenses, ocupantes sucesivos del archipiélago filipino, sufrieron desde el último tercio del siglo XIX la actividad suicida de los llamados “juramentados”. Eran filipinos musulmanes (“moros”) que, tras realizar su juramento sobre el Corán, con el cuerpo recubierto de apretadas vendas que retrasaban el desangramiento y blandiendo un machete, se abalanzaban a degollar a la víctima elegida, por lo general una figura destacada del régimen colonial.

No eran asesinos de masas, como los actuales terroristas suicidas, pero sus audaces incursiones llegaron a desmoralizar a los ocupantes y aceleraron su retirada. Hay una película, ahora convertida en cine de culto por la presencia de Gary Cooper y David Niven, que refleja la actividad de estos asesinos; se trata de “La jungla en armas” (The Real Glory), una de cuyas secuencias muestra a un juramentado que, incluso acribillado a balazos, logra llegar hasta su víctima para abatirla a machetazos antes de morir.

El terrorismo se ha convertido en un riesgo más de los que nos toca vivir a diario. No conozco a nadie que se niegue a viajar en automóvil porque, al hacerlo, esté agravando su riesgo personal. Aunque el número de víctimas del tráfico rodado sea en muchos países superior al de las víctimas de actos terroristas, la vida sigue para todos y es también sentimiento común que vivir muy aterrorizado es lo mismo que no vivir. Precisamente es la vida, toda vida, la que con un implacable índice del 100% lleva consigo la ineludible muerte.

Ya que parece cada vez más inevitable, será preciso acostumbrarse a convivir con el terrorismo para que esta deleznable actividad no pueda contar entre sus víctimas, además de los que brutalmente mueren por su efecto directo, a todos los demás seres humanos a los que un desmedido temor y una exagerada obsesión por una imposible seguridad absoluta les lleve a olvidar que, a pesar de todo, la vida, esta vida, merece la pena vivirse.