Las mujeres pacificadoras

No solo han sido ignoradas y sistemáticamente vulneradas numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU relacionadas con Israel y su ocupación de los territorios palestinos, ante la incapacidad de las grandes potencias para ponerse de acuerdo en exigir su cumplimiento. Existe una resolución de muy peculiar índole, como enseguida se verá, que tampoco ha sido llevada a la práctica. Se trata de la Resolución 1325, aprobada en octubre del año 2000, cuando el comienzo de un nuevo milenio alentaba entre los ocupantes de la sede neoyorquina de Naciones Unidas un marcado optimismo para mejorar las condiciones de la humanidad. La nefasta y absurda guerra de EEUU -y de sus satélites, incluida España- contra el terrorismo todavía no había hecho caer el telón sobre las esperanzas de un futuro mejor para todos.

Tras la introducción habitual en estos documentos, con los inevitables gerundios (reafirmando, reconociendo, recordando, etc.), el texto de la parte dispositiva de la citada resolución incluye aspectos tan interesantes como estos:

– Se alienta al Secretario General a que ejecute un plan ya preparado “en el que se pide un aumento de la participación de la mujer en los niveles de adopción de decisiones en la solución de conflictos y los procesos de paz”.

– “Insta al Secretario General a que nombre a más mujeres representantes especiales y enviadas especiales para realizar misiones de buenos oficios en su nombre y, a ese respecto, pide a los Estados Miembros que presenten al Secretario General candidatas para que se las incluya en una lista centralizada que se actualice periódicamente”.

-”Insta también al Secretario General a que trate de ampliar el papel y la aportación de las mujeres en las operaciones de las Naciones Unidas sobre el terreno, y especialmente entre los observadores militares, la policía civil y el personal dedicado a los derechos humanos y a tareas humanitarias”.

Hasta el momento desconozco la existencia de ninguna lista de candidatas que cada país debería presentar -y “actualizar periódicamente”- a pesar de que sí sé de bastantes mujeres españolas, capaces de desempeñar con acierto y eficacia esas tareas que conducirían a la pacificación y a la resolución de muchos conflictos, y que hasta ahora corren preferentemente a cargo de hombres.

La analista Ann Jones, especializada en los problemas de la mujer en los países en guerra, ha publicado “La guerra no acaba cuando acaba” (War Is Not Over When It’s Over), donde muestra cómo cuando los hombres que ejercen el poder dejan de dispararse entre sí, intensifican la guerra contra los civiles, especialmente contra las mujeres y las niñas. Desde Liberia hasta Myanmar [Birmania] -afirma la autora- las violaciones, torturas, mutilaciones y asesinatos continúan al mismo ritmo o incluso aumentan. Desde el punto de vista de la población civil, en muchos casos la guerra no acaba cuando acaba y la paz poco tiene de paz. En la República Democrática del Congo, “la capital mundial de las violaciones“, miles y miles de mujeres son todavía forzadas por grupos de hombres, aunque el país está oficialmente en paz desde el año 2003.

No es absurdo sospechar que si las mujeres participasen en los acuerdos de paz en esos países desgarrados por la guerra civil durante años, los resultados serían distintos. Los jefes combatientes, para firmar la paz, suelen buscar, sobre todo, un cierto equilibrio de poder que no les perjudique o un reparto de recursos naturales que les sea provechoso. Casi siempre dejan en segundo plano los intereses puramente vitales de los pueblos implicados.

Por el contrario, las mujeres viven más de cerca las necesidades de sus familias, y su preocupación por la vivienda, la alimentación, el agua potable, la sanidad o la educación suele coincidir plenamente con las aspiraciones de los pueblos que emergen desangrados tras un largo conflicto bélico.

Está claro que en esos países donde la mujer se halla negativamente discriminada –como sucede hoy mismo en Afganistán– la ONU tendría dificultad para poner en práctica lo que su resolución establece: ningún talibán se sentaría a dialogar con una enviada de la ONU. Esta es la principal razón, según la opinión de funcionarios de la Organización, del fracaso de la resolución.

Ahora bien: este fracaso no debe atribuirse a un exceso de idealismo o a una falta de pragmatismo de la Resolución 1325 sino al atraso social de ciertos países que, en justicia, no deberían formar parte de la comunidad internacional, ya que flagrantemente violan el texto de la Carta de Naciones Unidas que atribuye a los Estados miembros la decisión de “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”.

¿Es mejor una ONU que funcione mal (desoyendo sus propias resoluciones) a una ONU inexistente, como tantos afirman? Casos como el aquí comentado dan sobradas razones para ponerlo en duda, porque con su silencio e ineficacia la ONU se desacredita a sí misma.