Las preguntas sin respuesta del año 2010

Como continuación a mi comentario de la pasada semana (“Los ‘puntos negros’ de la humanidad”), con el que pretendí bosquejar algunos de los problemas más acuciantes que habrán de ser afrontados en el decenio que va a comenzar, añado ahora un esquemático -y forzosamente incompleto- repaso de algunas preguntas sin respuesta que nos ha dejado pendientes el año que concluye, en el ámbito de las relaciones internacionales.

Siguiendo una cierta ordenación por círculos concéntricos, desde los asuntos que nos son más próximos hacia los más lejanos, empezaré por recordar que las relaciones de España con los países del más inmediato Magreb, especialmente con Marruecos, han sido en 2010 imprecisas, fluctuantes y rayanas en el desconcierto. Contribuye a esto el hecho de que el radicalismo islamista es hoy uno de los espantajos que desde el poder se esgrimen a menudo, en las democracias occidentales, para mantener a los ciudadanos en un estado de miedo e inseguridad que permita gobernar con menos preocupación por los derechos y las libertades personales.

Miedo del que también se aprovecha el monarca marroquí para gobernar autocráticamente su país a cambio de aparecer, ante Occidente, como un bastión contra el integrismo islámico. Desde España, para aclarar este asunto que tan de cerca nos atañe, nos bastaría con tener una respuesta oficial y clara a esta pregunta: ¿son Ceuta y Melilla territorios plenamente cubiertos por la seguridad que proporciona la Alianza Atlántica a sus miembros? Por extraño que parezca, no he podido encontrar una respuesta clara en los documentos oficiales de la OTAN.

El año 2010 nos ha dejado otra pregunta: ¿Es la Unión Europea algo más que la combinación y el entendimiento entre Francia y Alemania? El eje político, económico, diplomático -y ahora, también, militar- formado entre París y Berlín ¿da la misma prioridad a los intereses nacionales que a los verdaderos intereses europeos? ¿Quién o quiénes definen éstos? El año 2010 concluye sin que apenas se perciban avances significativos en la construcción europea.

Sin embargo, en este mismo año, sí se han advertido indicios de una mejor cooperación entre tres importantes factores de la seguridad europea: EEUU, OTAN y Rusia. Si por simples razones de geoestrategia es obligado incorporar de algún modo a Rusia a los dispositivos de defensa de la OTAN, sigue siendo discutible el hecho de que la seguridad de la Unión Europea siga dependiendo, en último término, de EEUU. ¿Aspirará alguna vez la UE a una plena soberanía integral o se contentará con seguir siendo una compleja amalgama de Estados, poco cohesionada y muy heterogénea?

Aun no perdidas del todo, el año 2010 ha supuesto un serio golpe a las esperanzas que el presidente Obama había suscitado en gran parte de la humanidad. Como para otros dirigentes que no renuncian a un concepto idealista de la política, el contacto con el poder ha sido para él una dura experiencia. Han perjudicado su crédito la vergüenza de Guantánamo, que sigue activo (su cierre inmediato fue uno de los puntos más aireados del programa electoral), y el rotundo fracaso para contener a un Israel empeñado en un tenaz proceso destructivo del pueblo y la sociedad palestinos. ¿Volverá Obama a inspirar el entusiasmo que le llevó a la Casa Blanca?

El mapa geopolítico del mundo muestra, al concluir el año 2010, la creciente importancia de los nuevos núcleos de poder. En ellos, el peso de la demografía se une a un rápido crecimiento económico, una creciente voluntad de ocupar un lugar importante en lo que antiguamente se llamaba “el concierto de las naciones” y un deseo expreso de crecer en las mismas condiciones en que lo hicieron los viejos países desarrollados, por muy graves consecuencias que esto traiga al ya precario equilibrio ecológico mundial. ¿Se seguirá deteriorando la habitabilidad del planeta ignorando los efectos a largo plazo de un desarrollo ciego que ya se muestra inviable en muchas partes del mundo?

Y si la contaminación creciente que sufre nuestro planeta tiene efectos nocivos que se propagan a través de todas las fronteras estatales, análogos o peores efectos ha generado la actual crisis económica, que no es el producto de numerosas conductas nocivas -como sucede con el medio ambiente-, sino el resultado de concretas y limitadas actuaciones muy reprobables de unos pocos y conocidos especuladores financieros, cuya ilimitada codicia llega a poner a muchos Estados al borde del precipicio. ¿Verá el nuevo año la adopción de las imprescindibles medidas correctoras que salven a la mayoría de los seres humanos de la voracidad de esos insaciables mercados que hoy son una grave amenaza para el bienestar humano?

Como colofón a esta serie de cuestiones abiertas, es obligado añadir otra: ¿Seguiremos haciéndonos las mismas preguntas cuando concluya el año 2011?