Una “eficaz” actividad diplomática

En mis breves años trabajando en el servicio diplomático español, como Agregado de Defensa a una embajada en Europa, tuve ocasión de observar algunos aspectos del funcionamiento interno de la diplomacia y aprender bastantes cosas sobre esta especial actividad, que algunos consideran una de las artes políticas más antiguas del mundo y para otros no es sino un instrumento más al servicio del Estado.

La polémica ahora suscitada por la difusión de numerosos documentos diplomáticos elaborados por el servicio exterior de Estados Unidos, me ha llevado a recordar una anécdota que puede ilustrar esta cuestión. Recién llegado a la capital europea sede de mi nuevo trabajo, hube de realizar una visita privada al embajador, antes de que tuviera lugar el acto formal de presentación e incorporación a mi nuevo destino de jefe de la Agregaduría. Me recibió el embajador en su residencia, en una de las raras noches en que no era requerido por actividades sociales de representación, y no es fácil que olvide las circunstancias en que se produjo la entrevista.

Al entrar en su salón privado, y antes de que se levantara para darme una afectuosa bienvenida, advertí asombrado que quien iba a ser mi jefe de misión, sentado en una butaca, tenía ante sí una montaña de periódicos que consultaba con detenimiento. Pero, a la vez, frente a él, un televisor transmitía un noticiero internacional y en una mesita contigua una radio portátil tenía sintonizada una emisora que difundía un boletín informativo. Junto a los periódicos, observé una pila de documentos oficiales -que discretamente él ocultó a mi mirada cuando me acerqué- que probablemente esperaban ser examinados personalmente por el embajador.

Alguien pudiera pensar que se trataba -como así era en realidad- de una persona con gran capacidad de trabajo, poca predisposición a delegar tareas en los demás y gran sentido de la responsabilidad. De cualquier modo, la imagen gráfica que dejó grabada en mi memoria la escena vivida sirve para describir exactamente una de las misiones principales de cualquier diplomático: enterarse de lo que sucede en el país o en el área internacional de su incumbencia.

Bien es verdad que, dentro de los muros de la misma embajada o fuera de ellos bajo diversos disfraces, suelen convivir con el personal puramente diplomático otros expertos en información clandestina que también se enteran de asuntos fuera del alcance de la diplomacia oficial. La amalgama, a veces delicada pero siempre inevitable, entre los diplomáticos y los espías, tiene como función esencial la obtención de información.

Información que debe ser puesta a disposición del Gobierno para que, una vez analizada, contrastada con otras de distinto origen y fiabilidad, y en función de los intereses del Estado, se adopten las decisiones convenientes por los órganos responsables en cada caso.

Pues esto, y nada más que esto, es lo que revelan los documentos difundidos por WikiLeaks. Un mero examen de lo publicado hasta ahora hace ver, sobre todo, que el servicio exterior de EEUU funciona con gran intensidad y eficacia y sin muchas barreras que lo obstaculicen. Sus funcionarios están haciendo aquello para lo que todos los diplomáticos del mundo han sido preparados y por lo que se les suele pagar con generosidad. Nadie puede ser tan ingenuo como para creer que el éxito de una embajada consiste en sus cenas, bailes y recepciones o en sus actividades benéficas en la “fiesta de la banderita“.

Se entiende que la jefa de la diplomacia estadounidense haya puesto el grito en el cielo y se lamente de las molestias que la indiscreción de WikiLeaks va a causar a algunos de sus subordinados, por más que éstos se hayan limitado a actuar como tenían ordenado. Más comprensible es la sensación de bochorno de quienes aparecen citados en los “cables” (tradicional expresión diplomática) cediendo de modo poco honroso a presiones foráneas o colaborando a ellas con entusiasmo, por mucho que tuvieran razones para hacerlo. O de quienes ven al descubierto sus engaños o sus dobles discursos, con una versión para el público local y otra, muy distinta, para la realidad internacional.

Tampoco se salva de la ignominia la prensa escrita mundial, ni los grandes diarios de relumbre que han tenido el dudoso honor de ser seleccionados por WikiLeaks para recibir la primicia. Aunque esta fuga de documentos sensibles sirva también para poner en evidencia la falta de seguridad de algunas redes diplomáticas, deja al descubierto la deprimente constatación de que los principales medios de información, incapaces de obtenerla por su cuenta, acaban dependiendo de una página web, al parecer australiana, contra cuyo fundador y director van a dispararse ahora dardos y venablos, porque nada hay que incite más a la venganza de los poderosos que la vergüenza de quedar al descubierto en sus puntos más débiles. En esos casos prefieren matar al mensajero que averiguar los motivos del mensaje.