Los papeles de la guerra

A los militares españoles que desde mediados de los años 50 del pasado siglo empezamos a efectuar con frecuencia estancias en EEUU, para seguir cursos de formación táctica y técnica, nos sorprendían muchas cosas de nuestros homólogos estadounidenses; en general, en sentido favorable. Uno de los aspectos que más me llamaba la atención era la proliferación de impresos, formularios y estadillos que había que rellenar cuidadosamente con motivo de cualquier actividad. No había tarea que no quedara debidamente registrada y filling the form (rellenar el impreso) era algo obligado en toda operación. Para los oficiales de aquel ejército español, desmedrado tras las penurias de la Guerra Civil y donde las carencias “se suplían con el celo” -según frase común-, ver cómo funcionaba un ejército moderno era una novedad extraordinaria.

Para los militares estadounidenses era entonces la guerra de Vietnam la principal pesadilla, pues su fin no se veía próximo. Cuando aún quedaban más de diez años para que concluyera, oí comentar, en el club de oficiales de la base en la que me alojaba, que el mejor procedimiento para acabar con el Vietcong sería lanzar desde el aire, mediante los famosos B-52, todas las toneladas de papel que la guerra había generado: el territorio enemigo y su población quedarían aplastados bajo una gruesa capa de documentos, con lo que se daría fin a la guerra, aunque solo fuese por asfixia.

Este recuerdo se ha reavivado al conocer lo que los medios han dado en llamar “filtración” de documentos militares de la guerra de Irak, que ha causado un escándalo de grandes proporciones. Esta segunda andanada es mucho más de lo que podría deducirse del nombre de la organización que la ha disparado. WikiLeaks se traduce como “las filtraciones de Wiki”, pero los casi 400.000 documentos que acaban de ver la luz, más que una simple filtración, constituyen una enorme marea o una gigantesca inundación.

Si pertenece al ámbito del humor la idea de un Vietnam sumergido bajo un océano de papel, no se puede dudar de que el actual equivalente digital de los documentos generados por la ocupación de Irak, difundidos sin fronteras por Internet, supone para el Pentágono, la Casa Blanca y el Gobierno de Bagdad un huracán político de consecuencias muy devastadoras. También a Londres han llegado fuertes ramalazos.

Muchas conclusiones se irán extrayendo del análisis de esta documentación. Pero una de las más demoledoras, tras un examen superficial, es la crueldad y el sadismo (ejecuciones sumarias, palizas, electrocuciones, uso de ácidos y de taladros eléctricos contra los detenidos) mostrado por los soldados del ejército iraquí contra su propio pueblo. ¿No era así como actuaban las tropas de Sadam? Asumido el culpable fiasco de las armas de destrucción masiva ¿no se aseguró insistentemente que la invasión tenía por objeto poner fin a las prácticas tiránicas del ahorcado dictador? Pues no parece que las cosas cambiaran para bien del sufrido pueblo iraquí, cuando se comprueban las sevicias que ha padecido a manos de sus soldados y, lo que es peor, la tolerancia mostrada por las fuerzas ocupantes, que tenían orden de no investigar los casos que solo afectasen a torturas o violencia entre iraquíes. Eso, cuando no eran los mismos soldados de EEUU los que entregaban expresamente sus prisioneros a los especialistas iraquíes en tortura.

Ante tan aplastante colección de pruebas incriminatorias, es muy hipócrita pasarlas por alto y argüir que su difusión pone en peligro la seguridad de las tropas, como se ha dicho en Washington. Aunque hoy sea Afganistán, y no Irak, el principal motivo de preocupación, es difícil separar y compartimentar en el tiempo y en el espacio unas actuaciones que vulneran los más elementales códigos de la ética humana y del comportamiento de los ejércitos en las guerras. Lo que ocurrió en Irak ¿se repetiría en Afganistán si hubiera permanecido oculto?

Forzoso es constatar, como consecuencia de lo anterior, que se necesitan unos árbitros independientes, como WikiLeaks y otras organizaciones análogas. Árbitros no implicados directamente en el terrible juego que allí se desarrolla (¿quién dará crédito, ahora, a los informes oficiales del Pentágono?) y capaces de actuar con valentía contra los Estados que, en virtud de una pretendida conciencia democrática y de difusión de los derechos humanos, recurren a la guerra para imponer por las armas los principios que luego no practican sobre el terreno cuando llega el momento de la verdad.

Los papeles de la guerra de Irak están cumpliendo una función para la que no fueron concebidos: en vez de atender a las exigencias de la burocracia militar, sirven para denunciar los horrores de una guerra que jamás debió iniciarse. Y en vez de atacar al mensajero, como suele ocurrir en estos casos, lo que exige la más elemental moral militar, política y cívica es comprobar los delitos revelados y proceder contra sus perpetradores en la forma que cabe esperar en cualquier Estado que se tenga por democrático.