Ganar las guerras

Cuando el general Franco firmó el 1 de abril de 1939 el famoso parte “de la victoria” (la de media España sobre la otra media), pudo escribir de su puño y letra, sin ningún género de dudas, la conocida frase que lo remataba: “la guerra ha terminado”. Desde entonces, pocas veces se ha podido establecer de modo tan claro el final de una guerra y el momento en que unos se proclaman vencedores y los otros pasan a engrosar la trágica lista de los derrotados.

No hubo documento análogo para poner fin a la catástrofe que para Europa supuso la Segunda Guerra Mundial. Ésta fue concluyendo tras las actas de rendición que tuvieron que aceptar sucesivamente los derrotados generales alemanes en los diversos frentes del teatro de operaciones europeo. Lo que realmente marcó la derrota definitiva de Alemania (aunque no el fin de la guerra, pues ésta proseguía en el Pacífico) y pudo ser el equivalente a la sonora frase del entonces generalísimo español, fue la ceremonia de rendición protagonizada por el mariscal Wilhelm Keitel. Éste, en el más puro estilo prusiano, saludó con el bastón de mando y un sonoro taconazo a sus vencedores, encabezados por el mariscal Zúkov, se sentó en la mesa que ocupaban y, tras pulcramente quitarse el guante de la mano derecha, estampó la firma que ponía fin definitivo al Tercer Reich alemán. Poco después sería ahorcado.

Así pues, para los aliados occidentales el día de la victoria fue el 8 de mayo de 1945 y desde entonces se le llama “día V-E” (victoria en Europa). Pero el 8 de mayo en Washington era ya el día 9 en Moscú, y Rusia sigue celebrando en esta fecha lo que fue el fin de la Gran Guerra Patriótica. Su comienzo tampoco coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, pues aquélla empezó con el ataque alemán a la URSS en junio de 1941, mientras que para los aliados europeos la guerra había empezado con el ataque alemán a Polonia, en septiembre de 1939. Cada uno ve la guerra desde su propio observatorio y ya se advierte que no es fácil generalizar fechas, plazos o tiempos.

Tan distorsionada debía ser la imagen que, desde su observatorio de la Casa Blanca, tenía Bush II de la guerra que cuarenta días antes había desencadenado contra Iraq, que el 1 de mayo de 2003 se permitió parodiar al general Franco (él no lo sabía, claro) anunciando espectacularmente desde un portaaviones que la guerra había terminado, aunque lo hiciera en su idioma nativo: “Mission accomplished”. Es mucho suponer que, en el retiro de su rancho tejano, se avergüence de tan sonora metedura de pata, pues sabido es que los dirigentes carismáticos nunca reconocen sus errores, por flagrantes que sean.

Volviendo al presente, la situación no es mucho más clara que en los casos antes citados. Hace más de nueve años, las primeras bombas estadounidenses cayeron sobre Afganistán -eso sí, con las bendiciones de la ONU y el beneplácito de las potencias aliadas-, como brutal represalia por los no menos brutales atentados terroristas del 11-S.

Entramos, pues, en el décimo año de una guerra que se inició con el sobrenombre de “guerra contra el terror”. En el argot de esos códigos que con palabras crípticas sirven para disfrazar la barbarie bélica, también se la conoce como “Libertad duradera”. No se sabe si el pueblo afgano, en cuyo honor y para cuyo beneficio se libra esta guerra, se sentirá ahora más libre. Pero lo que no cabe duda es que se trata de una operación “duradera”, hasta el punto de que, tras tan larga duración, la principal preocupación de las potencias allí implicadas ha pasado a ser la de salir del avispero pronto y del mejor modo posible.

Si para concluir esta guerra el gobierno de Kabul ha de aceptar en su seno a algunos destacados jefes talibanes, con la aquiescencia de EEUU, tras haber sido tenidos como los fanáticos enemigos a exterminar, es inevitable recordar un episodio de la Guerra Civil española, no muy conocido. Aquel digno caballero socialista que fue Julián Besteiro esperó en Madrid la entrada del ejército de Franco, para oficializar la entrega del poder del Estado, que hasta entonces él ostentaba, y con la esperanza de poder contribuir, por su prestigio y destacada posición política, a suavizar la paz que habría de seguir a los tres años de fratricida contienda. Vano empeño: murió en prisión un año después.

Pero ni EEUU ni Kabul rechazan la colaboración de los talibanes si, con ella, Washington tranquiliza a su opinión pública y confirma una pronta retirada, y en Kabul se refuerza la sensación de soberanía, aunque conviva con la corrupción y el anárquico poder de los caudillos locales.

De ese modo, todos podrán decir que han ganado la guerra: EEUU y la OTAN, porque retiran a sus tropas allí desplegadas, sin sensación de derrota; Kabul, porque nominalmente vuelve a recuperar el poder del Estado; y los talibanes, porque se integran oficialmente en él. Si todos creen ganar una guerra, esto es la más evidente demostración de que nadie la ha ganado y de que todos han perdido mucho con ella. Solo lo sabremos cuando hayan pasado los años y otras guerras peores nos hagan olvidar el horror de las anteriores.