Reflexión en torno a un desfile

Contemplando la exhibición de fuerza militar que tuvo lugar el pasado martes en el espectacular escenario del madrileño paseo de La Castellana, era inevitable entornar los ojos y dejarse arrastrar por una reflexión sobre el poder. No se trataba, claro está, de rememorar aquel poder militar de las legiones victoriosas que regresaban de luchar en tierras bárbaras y que, desfilando a través de Roma, no vacilaban en imponer por la fuerza un nuevo emperador, cuando esto placía a sus centuriones.

Mucho han evolucionado los ejércitos desde entonces, pero la Historia está repleta de intervenciones de la fuerza militar, que ha sido un factor hegemónico y preponderante incluso después de que la mayoría de los Estados modernos aceptara el reparto de poderes que sistematizó Montesquieu, reflejando en sus constituciones democráticas la sumisión de la fuerza militar a los legítimos poderes del Estado.

Era inevitable relacionar lo que nuestros ojos observaban aquella mañana con otros momentos de la Historia más reciente. Como el aplastante poder de aquellos cazabombarderos de la Fuerza Aérea chilena que con su fuego contribuyeron a deponer al presidente democráticamente elegido por el pueblo, cuando desde el aire que señoreaban sin enemigo a la vista atacaron el Palacio presidencial santiaguino en septiembre de 1973. Naturalmente, son muchas más imágenes las que suscita la imponente presencia de los carros de combate, esos monstruos acorazados, ruidosos y letales, que en numerosas ocasiones han exhibido sus poderosas armas frente a los ciudadanos inermes, como ocurrió en Praga (1968), en Valencia (1981), en Tiannamen (1989) y en otras lugares.

No son imprescindibles los tanques, como intentó mostrar el golpista Tejero, para cambiar el rumbo político de un país. A veces, basta con la Infantería a pie. En octubre de 1981, durante un desfile militar y mientras los aviones trazaban en el aire los colores de la bandera egipcia, desde un vehículo militar que estaba desfilando en su honor descendieron los soldados que asesinaron a tiros al presidente de Egipto, Anuar el Sadat.

Esas penosas imágenes se disipan con una sensación de alivio y esperanza en esta España de 2010, cuyas Fuerzas Armadas han encontrado su lugar apropiado en el entramado de un Estado democrático y de derecho, y han abandonado la vieja y enraizada tendencia, que muchos conocimos y vivimos desde dentro, de erigirse en columna vertebral de la Nación, en vez de ser, como corresponde a la legitimidad política, el “brazo armado del Estado”. Tras un largo y difícil proceso, no exento de conflictos, los ejércitos españoles han dejado de ser temidos, no generan desconfianza en el pueblo que los sostiene y han asumido, con plena naturalidad, una amplia gama de misiones inimaginables años atrás.

Sin embargo, allí mismo, junto a las tropas de la parada, se observaban elementos de otros dos poderes que, no incluidos en la trilogía tradicional, están llegando a ser más temibles que lo que fueron los ejércitos de nuestro país en el pasado. Dos poderes que de hecho configuran el mundo de hoy y que con frecuencia obligan a plegarse a sus deseos a quienes ostentan el poder ejecutivo, el legislativo o el judicial, como observamos que ocurre en España y en muchos otros países.

Unos grandes edificios que jalonaban la carrera del desfile, coronados por las siglas de establecimientos bancarios y financieros, nos recordaban dónde reside parte de otro poder que influye decisivamente sobre los tres poderes habituales. No era el poder financiero de las entidades allí representadas, al fin y al cabo, acólitos de otro poder superior, cuyas decisiones se toman en Nueva York, Tokio, Londres o Frankfurt, y cada vez más en Singapur y otros centros financieros del Este asiático. Es el mismo poder que ha desencadenado la actual crisis económica (la que ha obligado a reducir el número de tropas participantes en el acto motivo de estas reflexiones), un poder que apenas admite intromisiones sobre sus métodos y designios, y del que depende la suerte de millones de ciudadanos en todo el mundo, que poco o nada podemos influir en él. Los que comprobamos que las libertades democráticas no nos dan para mucho más que para votar a nuestros dirigentes políticos, situados a un nivel que, visto desde Wall Street o desde la City londinense, es meramente insignificante, cuando no subordinado.

El otro poder al que me refiero era más visible: los medios de comunicación y la profusión de periodistas, cámaras e informadores. Montesquieu no lo previó, y en El espíritu de las leyes no pudo imaginar que la televisión llegaría a decidir quién haya de gobernar un país; que una presentadora de un vulgar programa popular pudiera aspirar a una candidatura política o que las encuestas se erigieran en textos sagrados sobre los que basar trascendentales decisiones políticas. Ni que el perfecto maquillaje de un candidato o el sudor de otro contribuyeran a decidir el sentido del voto de un ciudadano teóricamente libre, pero degenerado en simple consumidor de información. O que un alto cargo político temiera más al director de un periódico que a un golpista militar.

Así pues, querido lector, opine usted mismo: ¿dónde están los ocultos poderes que desde lejos rigen nuestras vidas? Evidentemente, no entre los cañones y los sables que el cielo de Madrid iluminó ese día.