Verano en Afganistán

En los días finales de este acalorado agosto que se ha abatido sobre muchos españoles, no es aconsejable atosigar las mentes de los lectores con nuevos comentarios sobre los muy variados asuntos que ocupan amplios espacios en los medios de comunicación.

¿Tragarán los palestinos la nueva ficción de conversaciones de paz que les propone EEUU? ¿Se alcanzará alguna vez una conclusión definitiva sobre si hay pagar rescates a los secuestradores? ¿Habría que pagar también con dinero público la audacia o la irresponsabilidad de algunos deportistas de riesgo cuando requieren la urgente ayuda de los medios de salvamento del Estado? ¿Es conveniente construir una mezquita al lado de donde estuvieron las destruidas Torres Gemelas neoyorquinas? ¿Ha habido dejadez gubernamental en el espectacular accidente de la mina chilena? ¿Y en la chapuza, presuntamente antiterrorista, de la policía filipina ante el secuestro de un autobús turístico? ¿Qué es lo que está pasando realmente en Afganistán? Así podríamos seguir largo rato.

Todo eso viene siendo motivo de discusión en nuestro mundo, pero hay muchos problemas en otros lugares que ninguna discusión resolverá. Entre sollozos, mordiendo nerviosamente el extremo de su turbante y acuclillado en la plaza del pueblo, así se expresaba Rahmatullah Khan, un vecino de Rigi, en la provincia afgana de Helmand: “Mi mujer y mis cinco hijos están ya enterrados. No tengo nada que perder, así que me uniré a los talibanes”. Su familia había sido aniquilada en un ataque aéreo de la OTAN. Ingenuamente se preguntaba: “Si ellos miran con prismáticos antes de disparar, me tenían que haber matado a mí, que voy vestido como los talibanes, pero ¿por qué a mi mujer, si ella no se vestía así? ¿Por qué la mataron?”. No lejos de allí, Haji Rahmim, cuya casa quedó arrasada y sólo se salvó él, se lamentaba: “Mi esposa, que estaba embarazada, y mis tres hijos yacen bajo las ruinas y los escombros. Ojalá hubiera muerto yo también”.

Tras la habitual polémica y los sucesivos desmentidos y rectificaciones sobre el incidente, a cargo de los portavoces de la OTAN y del Gobierno de Kabul, ya no puede dudarse de que ese tipo de operaciones son un eficaz instrumento para reclutar nuevos talibanes. Forman parte de una mal orientada estrategia de contrainsurgencia, que más que ayudar al pueblo que sufre el terrorismo contribuye a diezmarlo y exasperarlo.

“Yo esperaré a ver si el presidente Karzai lleva ante la Justicia a los culpables de esos asesinatos -comentaba al periodista un afgano-. Pero si no hace nada sobre este asunto, yo mismo me vengaré de esos infieles. Conozco bien sus intenciones y sabemos de sobra que cuando los talibanes les acosan, ellos bombardean a la población civil”.

Ignorantes de los cambios introducidos en la estrategia por los sucesivos mandos militares de EEUU, conocen bien, por el contrario, sus efectos, porque los sufren en carne propia. Un periodista afgano, especializado en asuntos militares comentaba: “La gente llega a tener confianza en los soldados americanos, comparados con otros de la misma zona [la provincia de Helmand], porque gastan dinero y nos traen algo de seguridad. Pero este tipo de incidentes en los que mueren personas inocentes tiene un efecto muy negativo y pone a los americanos al mismo nivel que los británicos”. Un antiguo militar afgano, residente en la zona, añadió: “En la situación actual, cada muerte de un paisano prepara el camino para que mueran cinco soldados de EEUU”. O dos guardias civiles españoles, como acaba de ocurrir.

No hay vacaciones de verano en Afganistán aunque esté concluyendo el mes de agosto. La muerte sigue abatiéndose sobre este afligido pueblo. Ellos no mueren, como nosotros, en las atestadas carreteras de los fines de semana que conducen a las playas. Ni gozando de los placeres de un deporte de riesgo en el mar o en la montaña. La muerte, para ellos, a veces viene súbitamente al explotar una mina artesanal. En otros casos se anuncia con el lejano sonido de un avión que se aproxima, la espantada mirada dirigida al cielo, intentando adivinar por dónde llegará el rayo letal, las apuradas voces de alarma, las carreras alocadas buscando un imposible refugio y, de repente, la explosión, los ruidos de cascotes cayendo desde el aire, los gritos, el polvo y la sangre. Después, tras ese instante de silencio que siempre anuncia la tragedia, los lacerantes aullidos de dolor de los heridos y los moribundos, y los lamentos de desesperación de los supervivientes.

Recordémosles a todos ellos, por favor, mientras discutimos acaloradamente sobre Melilla y sus “graves” problemas (según afirmaron algunos dirigentes de la oposición), o sobre los cooperantes catalanes liberados y el dinero que haya podido costar su rescate, o sobre algunas otras cuestiones de nuestro agrio enfrentamiento político cotidiano, que palidecen ante la cruda realidad de los que cada día juegan a cara y cruz con la vida y la muerte.