El islam en el conflicto hispano-marroquí

El viejo conflicto hispano-marroquí, nunca resuelto y siempre latente, se ha reavivado estos días como consecuencia de los problemas creados en la frontera melillense por organizaciones políticas del vecino país, cuyo último objetivo parece ser el de poner contra las cuerdas al Gobierno español y forzarle a ceder en lo relativo al futuro estatus del Sáhara Occidental.

Parece claro que ese es el principal objetivo marroquí en la actual fase del conflicto. España, que como potencia descolonizadora sigue teniendo voz en la resolución del problema saharaui, viene aceptando escrupulosamente las decisiones de Naciones Unidas y no apoya la autonomía restringida que propugna Marruecos, sino el referéndum ordenado por la ONU y sistemáticamente obstruido desde Rabat. Por ese motivo nuestro país es visto como un obstáculo para las ambiciones territoriales del Gobierno de Rabat.

Bien es verdad que hablar de “Gobierno de Rabat” es una ficción. No hay tal Gobierno, sino la omnímoda voluntad del monarca marroquí, que ejerce como soberano absoluto sobre el Reino de Marruecos -además de ser el supremo dirigente religioso de sus súbditos-, y ni siquiera puede asegurarse tampoco que sea Rabat la sede de esa monarquía absoluta que, como en la España de la época del emperador Carlos V, tiene como capital la ciudad donde se asienta la corte que atiende a la real y sagrada persona.

Atizar el odio a un enemigo exterior es una fórmula de gobierno tan vieja como la política, cuando los problemas internos no tienen fácil solución. Mohamed VI lo sabe y lo viene utilizando siempre que lo estima necesario, del mismo modo que lo hizo su padre. De puertas adentro, pues, la actual conflictividad que está haciendo mella en la vida cotidiana de Melilla, y que puede extenderse a Ceuta, no es nada nuevo visto desde Marruecos.

Como no es nada nuevo que EEUU y Francia -como antigua potencia colonial- tiendan a apoyar a Marruecos en sus pugnas con España. No debería extrañar, por tanto, que todo esto suceda ahora, cuando los graves problemas que aquejan al mundo y a nuestro país ponen a nuestro Gobierno ante serias dificultades. Dificultades que se ven agravadas, de modo muy irresponsable, por una oposición política, obcecada y oportunista, de la que son muestra las inconcebibles declaraciones públicas del vicesecretario de comunicación del PP y su insólita presencia en Melilla, que fue calificada por el PSOE como “casi de agitador profesional”, y a la que luego se sumó la visita de Aznar, otro audaz pescador en aguas revueltas.

Tampoco es de extrañar que en una España que día a día vive un áspero y bronco proceso preelectoral, con un Gobierno asediado por todos los flancos y una oposición que, carente de programas innovadores para ninguno de ellos, solo aspira a ocupar el sillón de sus adversarios, el análisis del actual conflicto hispano-marroquí adolezca de cierta superficialidad.

Porque a las razones ya citadas, aludidas por casi todos los comentaristas, hay que añadir una que subyace a todo este problema y que en este momento es la que inflama numerosas regiones del planeta: el radicalismo islamista. Desde Filipinas hasta Argelia, y desde el Cáucaso hasta Somalia, los enfrentamientos basados en el fanatismo religioso islámico son hoy día uno de los riesgos más letales que afectan a la humanidad.

La principal baza con la que juega el autócrata marroquí estriba precisamente en esto. ¿Qué escalofríos recorrerían Europa si se supiera que en Casablanca era lapidada en público una mujer tenida por adúltera? ¿O que Marruecos prohibía a las mujeres conducir automóviles? Dicho de otro modo: ¿qué urgencias y apresuramientos harían estremecerse a las cancillerías europeas si un día se apoderara del Gobierno de Marruecos un régimen islamista? Por el momento, no parece fácil llegar a este extremo, pero, si como muestra basta un botón, el indignante tratamiento que las mujeres policía españolas han sufrido en el actual conflicto es un indicativo de que la religión está ya envenenándolo, aunque todavía sea en tono menor.

Con razón o sin ella, no faltarían en tal caso los agoreros de siempre que verían en Turquía y Marruecos las dos pinzas abiertas del escorpión islamista que habría de emponzoñar a la vieja y decadente Europa. Es este temor el que juega a favor de cualquier política emprendida por el rey de Marruecos, mientras desde el mundo occidental se siga viendo en la frontera marroquí una barrera infranqueable a los delirios del islamismo radical. Jugar con los grados de “infranqueabilidad” de la citada barrera es el instrumento que utiliza Mohamed VI para recabar el apoyo de Occidente. Frente a eso, España tiene que encontrar el obligado equilibrio entre firmeza y diplomacia que evite una peligrosa agravación del conflicto.