La problemática salida de Iraq

El lunes pasado, ante una convención de veteranos de guerra, Obama confirmó que a finales de este mes de agosto solo quedará en Iraq un contingente de unos 50.000 soldados, tal como había prometido hace dos años durante la campaña electoral. Estas tropas, recordó el Presidente, permanecerán allí hasta finalizar el próximo año, dedicadas a apoyar e instruir a las fuerzas de seguridad iraquíes, proteger al personal e instalaciones de EEUU en ese país (su embajada en Bagdad es un enorme complejo fortificado, capaz de albergar un millar de funcionarios) y organizar operaciones antiterroristas.

También cambiará el actual nombre en código de la intervención militar de EEUU en Iraq, “Libertad iraquí”, que pasará a ser conocida como operación “Nuevo amanecer”. Esto traerá, sin duda, algunos recuerdos a los lectores españoles de cierta edad. Por el bien de los iraquíes -que ya han sufrido bastante-, hay que desear que su amanecer sea más democrático y menos sangriento que el que trajo a nuestro país el que se cita en el himno oficial de la Falange Española.

Gracias a reafirmar públicamente ese punto de su programa electoral, Obama puede pasar por alto, una vez más, el flagrante incumplimiento de otra promesa que despertó grandes expectativas: el cierre de la prisión militar de Guantánamo. En todo caso, y como era de esperar, la declaración presidencial ha suscitado numerosos comentarios en uno y otro sentido.

El aspecto que ha sido más discutido es el que se refiere a la retirada definitiva que se completará al concluir 2011. Como esto es parte de un acuerdo formalmente suscrito entre el Gobierno iraquí y el de EEUU (durante la presidencia de Bush), solo podría modificarse renegociándolo con Bagdad, donde todavía el resultado de las elecciones celebradas en marzo pasado no se ha materializado en la formación de un nuevo Gobierno que refleje sus resultados.

Una primera objeción de urgencia es obligada: no existe Fuerza Aérea en Iraq y, por tanto, la retirada total de EEUU dejaría a este país sin posibilidad de controlar su propio espacio aéreo, con todo lo que esto significa en una región de tan crítica inestabilidad. ¿Habrá que hacer una excepción con la Aviación de EEUU? Obama, una vez más, parece haberse dejado atrapar por sus buenos deseos: “Nuestro compromiso con Iraq está cambiando, desde un esfuerzo militar conducido por nuestras tropas hacia un esfuerzo civil gestionado por nuestros diplomáticos”. ¿Tienen éstos capacidad suficiente para cubrir tan amplia responsabilidad?

Es fácil, por el contrario, interpretar muy negativamente la designación de una fecha fija de retirada: puede considerarse como un modo de sugerir a la insurgencia que tenga paciencia y espere, que se rearme en la clandestinidad y que esté dispuesta a volver a poner toda la carne en el asador a partir de esa fecha, en la casi seguridad de que las circunstancias volverán a serle favorables.

Al final, ¿de qué ha servido todo esto? Ni Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva, ni Iraq había participado en los ataques terroristas contra EEUU en septiembre de 2001, ni la invasión iba a crear una democracia donde solo existía una brutal dictadura de carácter laico (no muy distinta a otras coetáneas), sustituida ahora por un hervidero de odios y rivalidades religiosas. Hubo una embajadora de EEUU en Bagdad que con imprudencia, y probablemente recordando el viejo entendimiento entre los dos países durante la guerra entre Iraq e Irán, contribuyó en 1990 a dar luz verde a Sadam en su conflicto petrolífero con Kuwait. Propició con ello una desastrosa y acelerada sucesión de prolongadas violencias que todavía prosigue hoy. Un distinguido miembro de la élite washingtoniana opinó poco después que “había que bombardear Iraq hasta hacerlo volver a la Edad de Piedra”. Cuando la Historia juzgue lo ocurrido es muy probable que reparta las responsabilidades casi por igual entre el execrado y ahorcado dictador iraquí y los falaces, prepotentes y presuntuosos gobernantes occidentales que creyeron que las armas lo arreglarían todo.

Los actuales ocupantes de Iraq y Afganistán harían bien en recordar una frase de aquel pacifista que liberó la India del dominio británico sin disparar un solo tiro: “No hay ningún pueblo en la Tierra que no prefiera un mal Gobierno suyo a un buen Gobierno de una potencia extranjera”. Lo que es doblemente cierto si, además, los modos de gobierno que aplican los ocupantes, aunque sea desde la sombra y mediante presiones más o menos solapadas, no se distinguen precisamente por su eficacia ni por su adaptación a las peculiares circunstancias de los dos países que han venido sufriendo los efectos de las guerras promovidas por EEUU y sus aliados.