Una estrategia con trampa en Afganistán

Dentro de la confusa guerra que se desarrolla en Afganistán -y que una vez más ha recabado la atención de la ministra española de Defensa y de sus altos mandos militares, con una visita relámpago a Kabul y a la nueva base de nuestras tropas-, un incidente sufrido por el contingente británico el mismo día de la citada visita sirve para poner de manifiesto otros peligros que acechan a las fuerzas allí desplegadas.

Entre los dirigentes políticos de los países que intervienen en las operaciones militares en territorio afgano, es común intentar acallar las protestas de la opinión pública insistiendo en que, más que combatir, sus ejércitos despliegan allí para instruir a los afganos a fin de que puedan hacerse cargo de la situación lo antes posible. Coincide esto con uno de los aspectos principales de la estrategia que propugna el general Petraeus, ampliamente difundida por los medios de comunicación, para cumplir los planes de retirada establecidos por el presidente Obama. Su principal valor es psicológico, porque permite divisar una luz al final del túnel, al establecer unos plazos, por discutibles que puedan parecer, para poner fin al despliegue militar y traer las tropas a casa.

Formar soldados y policías afganos aparecería así como una misión menos arriesgada y con mayores expectativas de éxito que prolongar una guerra a la que no se ve fin y que obliga a unos esfuerzos continuados y a unos sacrificios cuya justificación es cada vez más difícil. Que sean los propios afganos los que persigan y aniquilen a los talibanes es el objetivo final que se anuncia. No es difícil ver en esto una adaptación a los tiempos actuales de aquella estrategia de “vietnamización” con la que Nixon y Kissinger intentaron poner fin a lo que ya entonces aparecía como un conflicto envenenado y de negativas repercusiones para la política interna de EEUU; sus resultados son de sobra conocidos.

Pues acaba de suceder que uno de esos soldados afganos, que en su periodo de formación compartía vida y misiones con una unidad británica (un regimiento de Infantería de los famosos gurkas nepaleses) asesinó a un capitán británico, a un oficial de la misma nacionalidad y a un soldado gurka, además de herir a otros cuatro soldados antes de darse a la fuga e incorporarse a la insurgencia, según informó un portavoz talibán. No es la primera vez que las tropas británicas sufren incidentes de estas características.

Tanto el presidente afgano como el general Petraeus expresaron su pésame por lo ocurrido. El general añadió: “Esta es una misión conjunta, soldados afganos y de la Alianza combatiendo codo a codo contra los talibanes y otros extremistas”. Tras otros sucesos análogos se había dado la orden de que los soldados británicos estuvieran siempre armados en el interior de sus bases y que en las patrullas mixtas uno de ellos se mantuviera siempre vigilante empuñando su arma automática. Es evidente que estos asesinatos harán que aumente la desconfianza entre los soldados británicos y sus homólogos afganos, lo que no contribuirá al éxito de la misión formativa que, para ser eficaz, ha de basarse en una cierta confianza recíproca entre instructores e instruidos.

Para evitar esos efectos negativos, un portavoz del ejército británico aseguró: “Es fundamental que comprendamos esto bien: se trata de nuestra estrategia de salida… hemos de instruir al ejército nacional afgano hasta un nivel y una calidad que les permitan asumir el combate en cuanto estén listos”. Un analista militar de la misma nacionalidad declaró: “Este soldado [el afgano causante del atentado] podía ser un excelente soldado que se radicalizó o que se pasó a los talibanes tras su periodo de formación. De un caso aislado no pueden extraerse conclusiones generales. Esto no cambia las cosas en términos prácticos, pero sí en el aspecto político, porque hace más difícil explicar a la opinión pública la estrategia adoptada”.

El pasado mes de junio batió todos los registros de bajas en los nueve años de guerra, con 103 muertes; y en lo que va transcurrido de julio han muerto ya 40 combatientes. Los explosivos improvisados, instalados en calles, caminos y carreteras, son las armas más letales y producen numerosas bajas también en la población civil. Es comprensible, por tanto, que en todos los países participantes en esta guerra se extienda la preocupación sobre si las estrategias adoptadas podrán alcanzar algún objetivo, y de qué objetivo se trata. Ahora, además, la estrategia de “afganización” del conflicto sufre un duro revés con el incidente aquí comentado. Cualquier soldado aliado, en su misión formativa de los soldados afganos, temerá ver en sus alumnos al asesino que en un momento imprevisto acabe con su vida. Así no puede llevarse a efecto la instrucción militar básica.

En EEUU, hay analistas que ni siquiera ven claro qué se puede entender por el final de la guerra, y temen que traiga al pueblo estadounidense nuevos y peores problemas y costes económicos en un futuro Afganistán de una posguerra que muy pocos se atreven a imaginar. Sospechan que los intereses creados por EEUU en ese país generarán nuevas y complejas situaciones de las que será difícil desentenderse a corto plazo. Nada nuevo hay en esto. Recordemos el viejo principio fundamental de que en las guerras se sabe cuándo se entra, pero no cómo ni cuándo se sale. En esta tesitura están ahora los que participan -o participamos- en el enrevesado conflicto afgano.