Contrainsurgencia y contraterrorismo

La expresión “contrainsurgencia” (en sigla, COIN) es cada vez más frecuente en los medios de comunicación de EEUU, cuando en éstos se discute sobre el mejor modo de derrotar al terrorismo que se manifiesta -como ocurre en Iraq, Afganistán y más recientemente en Pakistán- bajo la forma de acciones cuyos responsables se embeben en la población y no combaten en campo abierto. No siempre esta palabra ha significado lo mismo. Durante los más penosos “años de plomo” de muchos países de Iberoamérica, ha servido para encubrir el más brutal terrorismo estatal con el pretexto de que los opositores al régimen estaban librando contra éste una guerra en toda regla y no se trataba solo de una cuestión de orden público. En estas circunstancias, contrainsurgencia y contraterrorismo venían a ser sinónimos.

La nefasta Escuela de las Américas, que funcionó en Panamá desde 1946, nació para instruir a los ejércitos y a los políticos de los países latinoamericanos en las técnicas del combate guerrillero, de la obtención de inteligencia entre la población propia y en los más eficaces métodos de tortura. Fueron alumnos de este centro de enseñanza algunos de los más notorios dictadores y asesinos que han cubierto de sangre el continente americano. La escuela abandonó Panamá en 1984 (un presidente de este país la había calificado como “la base más grande para desestabilizar América Latina”) y se reconstruyó después en EEUU con un nombre altisonante: “Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de Seguridad”.

El núcleo del problema que se plantea al abordar la espinosa cuestión que aquí se comenta se entiende mejor escuchando las recientes palabras del ex general Jorge Videla, el ex dictador argentino (ya condenado y en prisión por otros delitos) procesado ahora por su responsabilidad en el fusilamiento de una treintena de presos en 1976. En el juicio a que ha sido sometido declaró que el tribunal que le juzga no tiene competencias para hacerlo, porque Argentina estaba en guerra en aquellos tiempos y, por tanto, debería ser juzgado por un tribunal militar. Y llevando de este modo la cuestión al puro terreno de la milicia, tuvo que reafirmar que él era el único responsable de todo lo ocurrido porque sus subordinados se limitaron a cumplir sus órdenes en pleno estado de guerra.

Así pues, ¿cuándo puede decirse que un país está en guerra? ¿Estaba Argentina en guerra durante los años en los que Videla pasó de ser el jefe del Ejército a convertirse en Presidente de la Junta Militar que violentamente se hizo con el poder? Por otra parte, parece más fácil responder a otras cuestiones como ¿está hoy Afganistán en guerra? ¿las técnicas de contraterrorismo del dictador argentino son parecidas a las de contrainsurgencia que EEUU aplica en Afganistán? Una vez más, la delgada línea que separa la guerra y la paz (o la no-guerra) es motivo de confusión y, a menudo, permite justificar lo injustificable.

Para los generales y políticos estadounidenses el dilema actual consiste, en términos simples, en matar muchos talibanes enemigos y pocos afganos inocentes. Dado que, con las técnicas de combate utilizadas, es imposible matar solo talibanes, habrá que admitir la muerte de afganos. Encontrar el equilibrio entre ambos extremos es problema arduo en el que hasta el presente han fracasado los más brillantes generales de West Point, tanto en Iraq como en Afganistán. No se puede satisfacer a todos a la vez. Las medidas establecidas para contener y controlar el fuego propio -a fin de evitar bajas en la población civil- han sentado mal entre los soldados: “Me gustaría que los generales recordaran lo que pasaba cuando eran tenientes y mandaban una sección. O nunca han entrado en combate o lo han olvidado pronto”, comentaba un suboficial del ejército de EEUU. Y refiriéndose a la pretendida tibieza del Gobierno (“los pusilánimes de la Casa Blanca“), no era otra la crítica que se desprendía de los cáusticos comentarios del cesado general McChrystal.

Ann Jones, autora de libros y ensayos sobre Afganistán y sobre la relación entra la mujer y las guerras, ilustra con cierto sarcasmo este problema: “La fórmula básica de la COIN es algo parecido a esto: si se mata a algunos inocentes cuando se persigue a los malos, habrá que compensarlo construyendo una carretera. Este negocio ayuda a entender por qué en algunas partes de ese país interminable (y a menudo desierto) aparecen negras cintas de asfalto entre la arena y las rocas, pero no explica por qué los afganos, aun así recompensados, están más irritados que nunca”.

Su último documento sobre la guerra de Afganistán termina de este modo, casi desgarrador: “Y la cosa sigue imparable, la máquina inexorable, la elaborada construcción del capitalismo corporativo en guerra, generando inmensas sumas de dinero para un número relativamente pequeño de personas, una deuda inmensa para nuestra nación [EEUU], un enorme sacrificio para nuestros combatientes y para los afganos comunes y para todos aquellos que los estiman y son apreciados por ellos, momentos de esperanza y promesas, momentos de rabia y claridad, y momentos de negra carcajada que a veces no puede contener la creciente desesperación”. Es lo que tiene levantar la alfombra para mirar debajo de las palabras mágicas, como contrainsurgencia: allí espera, inocultable, la desesperanza.