África bajo la lupa: el Congo

Se acaba de celebrar el cincuentenario de la independencia de la República Democrática del Congo, que el 30 de junio de 1960 rompió oficialmente las ataduras coloniales que durante varios decenios la habían sujetado al reino de Bélgica.

Ahora que por motivos futbolísticos África vuelve a ocupar amplios espacios en los medios informativos, no está de más recordar algunas épocas pasadas que han contribuido a que este continente sea lo que conocemos hoy. También los diarios europeos y estadounidenses de finales del siglo XIX se refirieron extensamente a nuestro vecino continente, desde que empezaron a observar y comentar el desvergonzado reparto de los pueblos y territorios africanos entre las potencias coloniales europeas, tras la firma del Tratado de Berlín en febrero de 1885.

Para valorar la amplitud del expolio que el tratado autorizó, basta saber que a esta rebatiña internacional solo sobrevivieron dos Estados independientes: Liberia y Etiopía. El primero, por ser una creación artificial de EEUU, para instalar allí a los esclavos negros liberados; el segundo, a causa de su antiquísima historia y su estrecha vinculación con el cristianismo naciente, aunque esto no le evitó tener que soportar años después la ocupación militar de la Italia musoliniana.

Bajo el pretexto de llevar el progreso y la civilización a unos pueblos que vivían en el atraso cultural y el paganismo religioso, apenas se escondía el verdadero motivo, que no era otro que el de explotar los enormes recursos africanos, establecer puertos y bases navales para los ejércitos y escuadras coloniales y alcanzar o mantener situaciones de privilegio en el concierto de las naciones. Del mismo modo que, tras la 2ª Guerra Mundial, los Estados poseedores de armas nucleares configuraron una élite que se esforzó en modelar a su arbitrio las relaciones internacionales, en las postrimerías del siglo XIX solo se consideraban grandes potencias las que poseían y explotaban colonias y territorios esparcidos por todo el planeta.

Pero el caso de África es especial y el del Congo sobresale por sus llamativas características de crueldad, codicia e hipocresía. A causa de estas nefastas cualidades, el actual rey Alberto II de Bélgica ha tenido que guardar un discreto silencio durante la celebración del cincuentenario, quizá para olvidar las palabras de su hermano, el rey Balduino, hace 50 años, que lejos de cualquier ironía, y entre otras lindezas, declamó así: “La independencia del Congo es la cúspide del trabajo concebido por el genio del rey Leopoldo II con firme valor, y continuado por Bélgica con perseverancia”.

A lo que respondió el recién elegido presidente del Gobierno, Patrice Lumumba: “…hemos conocido ironías, insultos y golpes que hemos debido sufrir, mañana, tarde y noche, porque éramos negros. Hemos visto nuestras tierras explotadas al amparo de leyes que solo reconocían los derechos de los más fuertes. Leyes distintas para los negros y para los blancos. Hemos conocido los atroces sufrimientos de los encarcelados por sus opiniones políticas o religiosas y de los exiliados en el propio país. Su destino era peor que la muerte. ¿Quién olvidará los disparos que mataron a tantos de nuestros hermanos o las mazmorras a las que fueron arrojados los que no quisieron someterse al régimen utilizado por los colonizadores para dominarnos?”.

Lumumba fue poco después asesinado con la complicidad de algunas potencias occidentales, pero el efecto de aquel discurso llega hasta hoy. En 1960 Balduino tuvo que abandonar apresuradamente la capital congoleña, abreviando la tensa ceremonia de la independencia, y el país inició una terrible trayectoria de guerras, violencia y muerte de la que apenas hoy empieza a recuperarse.

Pero la Historia ha condenado ya a Leopoldo II, durante cuyo reinado en el llamado Estado Libre del Congo -entonces posesión personal del rey- fue exterminada casi la mitad de la población. El incansable escritor y periodista Mark Twain publicaba en 1905 un artículo titulado: “¿Debería el rey Leopoldo ser colgado?”. Y en otro comentario de la misma época no dudó en calificarle de “asesino de quince millones”. Estudios posteriores han mostrado que entre 8 y 10 millones de congoleños murieron bajo la brutal dominación del monarca belga. A su lado, Hitler y Stalin apenas serían unos principiantes.

Los nativos del Protectorado español en Marruecos tenían su peculiar visión de las consecuencias del reparto europeo de África: “Inglaterra pega y paga. Francia pega, pero no paga. España ni pega, ni paga”. Era una irónica comparación de las actividades militares y económicas de tres países colonizadores del continente africano y sirvió para indignar y excitar a quienes en España eran partidarios de la mano dura en Marruecos.

A la luz de lo que la Historia ha desvelado sobre la colonización belga del pueblo congoleño, habría que añadir otra línea: “Bélgica no paga, pero mata”. Aunque el asesino más notorio no era propiamente Bélgica, sino un individuo llamado Leopoldo II, “rey de los belgas”, por otro nombre Louis Philippe Marie Victor de Sajonia-Coburgo.