Relevo militar en Afganistán

Aunque el general Stanley McChrystal no lo expresó literalmente, la entradilla del artículo publicado por la revista Rolling Stone en su último número, titulado The Runaway General (que puede traducirse como el general escapado o desbocado), no deja lugar a dudas sobre el contenido del polémico trabajo periodístico: “[McChrystal] ha tomado el control de la guerra prestando siempre plena atención al verdadero enemigo: los pusilánimes de la Casa Blanca”.

A lo largo de las seis páginas que abarca la crónica firmada por el periodista independiente Michael Hastings en la web de la citada publicación, se describe con meridiana claridad -y a menudo con expresiones harto despectivas- el rechazo y el desdén con el que McChrystal y sus inmediatos colaboradores se refieren a los más altos responsables del Gobierno de EEUU, incluido el presidente. Solo se salva la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, y esto porque, según un miembro del equipo del general, Clinton había ordenado: “Si Stan [McChrystal] desea algo, dadle todo lo que necesite”.

La respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar y, en cuanto se produjeron las primeras filtraciones del artículo, Obama declaró públicamente que el general no había sabido “cumplir con lo que se espera de un general con mando en campaña”, y precisó que su conducta “ponía en peligro el control civil de los militares, que es el corazón de nuestro sistema democrático, además de romper la confianza entre las ramas civil y militar del Gobierno”. Acto seguido fue destituido de su cargo, para el que se nombró el general Petraeus, hasta entonces el superior inmediato del destituido McChrystal.

Éste, por su parte, reaccionó como era de esperar en un profesional responsable que comprende que ha cometido un error de graves consecuencias: “Apoyo firmemente la estrategia del Presidente en Afganistán y estoy profundamente comprometido con las fuerzas y los países aliados, así como con el pueblo afgano. Por respeto a este compromiso, y porque deseo que la misión tenga éxito, he presentado mi renuncia al cargo”. ¿Renuncia antes de ser destituido? Digamos que es la fórmula para intentar salvar su prestigio personal.

Varias pueden ser las consecuencias de este conflicto, aparentemente resuelto con rapidez y energía y dentro de la más estricta y legal práctica política. La primera de ellas es que Obama ha mostrado decisión para ejercer sin vacilaciones su responsabilidad como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de EEUU, cerrando así el paso a cualquier actitud de insubordinación y al enfrentamiento soterrado entre los más altos cargos del Estado.

Aun así, dará que pensar a Obama el hecho de que la creciente oposición social que viene sufriendo desde su nombramiento, y que le acosa por todos los flancos, intentará alistar en sus filas al destituido general. Para ello le hará aparecer como una víctima más de ese nuevo Gobierno que está traicionando los más hondos valores nacionales y derivando hacia peligrosas perspectivas socialistas (o incluso comunistas, para algunos fanáticos), como desaforadamente proclaman ciertos sectores de la más reaccionaria derecha anti-Obama.

Es también indudable que Obama habrá tenido que sopesar cuidadosamente el paso dado, porque no es una buena medida cambiar el mando supremo en Afganistán cuando se está preparando una operación, que se desea definitiva, contra el corazón talibán radicado en la zona de Kandahar. Sin embargo, la designación del general Petraeus reduce el riesgo de este cambio, ya que desde su anterior puesto como jefe del Comando Central, del que dependen a la vez Irak y Afganistán, nada de lo que en este país suceda le será ajeno.

En último término, no debería sorprender que las palabras de despedida de McChrystal apoyen la estrategia de Obama en Afganistán, porque fue el general quien la concibió, con pleno apoyo de la Casa Blanca. Sin embargo, bastantes cosas habrán de cambiar en esa estrategia, a todas luces errónea y mal orientada, como venimos exponiendo en anteriores comentarios.

Desde otro punto de vista hay que reseñar que son bastantes los que hubieran deseado que la rapidez de reflejos de Obama y su firmeza para tomar decisiones, como ha mostrado en el relevo de McChrystal, hubieran dado más vigor y eficacia a aquella tímida protesta que la Casa Blanca expresó frente al último acto de bandolerismo internacional perpetrado por Israel, ese Estado más desbocado (runaway) que el destituido general y tan habituado a vulnerar los principios más elementales del derecho internacional, como quedó probado en el criminal asalto a la llamada “flotilla de la libertad”, que pretendía aliviar la suerte del pueblo palestino, encerrado en esa cárcel a cielo abierto en que Israel ha convertido al territorio de Gaza.