La incesante lucha por la paz

El título de este comentario parece encerrar una paradoja: luchar por la paz ¿no es una evidente contradicción? La lucha siempre implica algún tipo de violencia, aunque nuestro diccionario también la defina como un esfuerzo para conseguir algo. No conviene dejarse llevar por las apariencias: la paz no viene por sí sola, no es un regalo de los dioses y es preciso esforzarse para alcanzarla. Luchar por ella.

Esto es precisamente lo que se estudia en el Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ), que trabaja desde las instalaciones de la Universidad Autónoma madrileña y está englobado en la Fundación “Cultura de Paz”, que preside Federico Mayor Zaragoza. El CEIPAZ se presenta en su página web como un centro “que estudia y divulga desde una perspectiva multidisciplinar la relación entre conflictos, desarrollo y educación. Analiza las principales tendencias en el sistema internacional y promueve la educación para el desarrollo y la paz”.

CEIPAZ forma también parte de la red Global Action to Prevent War and Armed Conflict, que es una red transnacional que trabaja sobre medidas prácticas para “reducir los niveles globales de conflicto y suprimir los obstáculos institucionales e ideológicos que impiden acabar con la violencia armada y con las violaciones de los derechos humanos”.

Parecen muchas organizaciones, pensará el lector, dedicadas a iluminar desde diversos ángulos lo que significa la paz en un mundo en el que es casi una anomalía. Donde, además, los actos de violencia y transgresión de los derechos humanos más elementales son actualidad cotidiana, como puede verse sin más que repasar las noticias publicadas en este diario digital hoy, ayer o mañana.

CEIPAZ acaba de publicar su “Anuario 2009-2010“, con el título “Balance de una década de paz y conflictos: tensiones y retos en el sistema internacional”, que incluye unos completos y bien elaborados análisis sobre muchos asuntos que preocupan hoy a la humanidad. Entre ellos se puede leer sobre el cambio climático, la ayuda al desarrollo, los medios de comunicación o los problemas que surgen en Cuba, el Cáucaso o China, por citar solo una parte de su extenso y variado repertorio.

Mi colaboración en el citado anuario trata sobre el papel de la OTAN en la seguridad internacional. La resumiré en unas líneas. La OTAN siempre ha sido objeto de polémica, no solo en España sino en muchos otros países. Unas veces más intensamente, otras en segundo plano, su existencia y sus actividades suelen incidir a menudo en las preocupaciones de los pueblos. Desde la participación en las operaciones bélicas desarrolladas en Afganistán hasta la permanente indecisión de los gobernantes europeos sobre cómo organizar las estructuras de seguridad y de defensa de la Unión Europea (UE), la OTAN sigue siendo un problema sin resolver.

Si son muchos los pueblos cuyos Gobiernos tienen tropas desplegadas en el lejano país asiático y no entienden el motivo de esa participación, no son menos los Gobiernos que tampoco entienden para qué se han unificado los órganos de política exterior de la UE y para qué se ha creado una nueva figura que concentra toda la responsabilidad de las relaciones internacionales de la UE, si la diplomacia y la política exterior europeas carecen de ese importante respaldo que son unas fuerzas armadas propias, capaces de actuar con plena autonomía. Tampoco vea el lector en esto una contradicción: se puede luchar por la paz pero siendo consciente de que, en el mundo de hoy, la diplomacia requiere todavía el apoyo los ejércitos.

Una estructura militar no sobrevive sin un enemigo. La extinta Unión Soviética fue el enemigo que mantuvo a la OTAN con vida y crecientemente expansiva. Más que la fidelidad a los pretendidos “valores democráticos” de Occidente, la OTAN estaba sostenida por la fórmula de los mosqueteros -”Todos para uno y uno para todos”-, aunque respetando la debida jerarquía en función de los intereses nacionales de cada país aliado. No tuvo inconveniente en admitir en su seno a la dictadura portuguesa o a la Turquía de los militares golpistas, porque le proporcionaban ventajas estratégicas en su enfrentamiento con el eterno enemigo soviético. Entre sus aliados exteriores, durante la Guerra Fría, tampoco vaciló en contar con dictaduras represivas y regímenes muy poco recomendables.

Mantengo la opinión de que Europa necesita una nueva estructura defensiva que necesariamente habrá de incluir a Rusia. Es cierto que Rusia no puede vetar ni presionar sobre las decisiones de la Alianza Atlántica, pero ésta deberá olvidar definitivamente la Guerra Fría y no podrá atender a sus propios intereses si ignora las necesidades rusas de seguridad.

Solo una nueva estructura paneuropea de defensa y seguridad podrá hacer frente a los problemas que irán surgiendo a medida que avance el siglo XXI. Este será el asunto más importante que deberán resolver, de forma coordinada, los dirigentes políticos europeos, estadounidenses y rusos en los próximos años. En el fondo del problema siempre se encontrará el obstáculo que supone la preexistencia de la OTAN, cuya disolución o, más probablemente, transformación en algo muy distinto de lo que es en la actualidad, será inevitable al paso del tiempo.