Coaliciones para dos guerras

Parece innecesario recordar ahora que, cuando las tropas de la “coalición democratizadora de Oriente Medio” (en la que con entusiasmo participó el Gobierno de Aznar) llegaron a Bagdad en 2003, no existía el menor rastro de Al Qaeda en el Irak de Sadam Hussein. Tampoco había rastros de armas de destrucción masiva, como ya quedó demostrado tras la intensa búsqueda organizada por las fuerzas de la “coalición eliminadora de armas de destrucción masiva”, también respaldada por el Gobierno de España. Esto no es un juego de palabras. Como ha ocurrido ya en muchas ocasiones, una misma operación militar puede enmascararse tras distintos disfraces. En este caso, también se podría hablar de la “coalición aseguradora de recursos energéticos para Occidente” y de algunas otras variantes, como “coalición proveedora de ingentes beneficios para unas cuantas empresas que se enriquecieron con la invasión y posterior ocupación” (pido perdón por la longitud de la expresión, pero conviene precisar bien esta cuestión). 

Ejemplo evidente en el pasado histórico de lo que aquí se comenta fue la “operación descubrimiento y ocupación de América”, inicialmente patrocinada al alimón por los reinos de España y Portugal y a la que luego se sumaron otros países europeos, ansiosos por participar en la explotación de las nuevas tierras. Para unos fue una altruista misión evangelizadora de los salvajes pueblos indígenas, a los que había que conducir hacia su salvación eterna, y para otros se trató de un fructífero expolio de los recursos naturales y humanos de los territorios invadidos, sin olvidar que, para los poderes que dirigieron y organizaron la operación, fue ambas cosas a la vez. Esto es aplicable a la mayoría de las actividades colonizadoras que ha conocido la Historia. 

Pues el caso es que ahora, tras haber destrozado Iraq en una cruenta campaña bélica y haber llevado la ruina a un país donde antes de la invasión la población disfrutaba de un nivel de vida ahora inimaginable, el resultado es que Al Qaeda ha arraigado allí y se ha convertido en otra pesadilla para el pueblo iraquí. Esto parece ser la contrapartida a pagar por dos aparentes éxitos, bastante fugaces: la eliminación del dictador Sadam (no mucho peor que otros dictadores sostenidos y utilizados en el pasado por EEUU y algunos de sus aliados) y la celebración de unas dudosas elecciones que apenas han resuelto el problema de un Iraq fragmentado en grupos étnicos no muy bien avenidos entre sí, a los que la invasión desarticuló y radicalizó. 

Ahora volvamos la vista hacia Afganistán, donde se repiten algunos de los errores cometidos en Iraq. Ensayando estrategias nuevas -lo que podría revelar una mejor disposición de ánimo en las fuerzas ocupantes-, el caso es que los afganos no corren mejor suerte que los iraquíes y su futuro no se presenta más esperanzador. Si Iraq se trasformó en un nuevo teatro de operaciones para Al Qaeda, como resultado de su invasión y ocupación, Afganistán se confirma ahora como el primer Estado narcotraficante del mundo. 

Es evidente que, para pacificar un Estado de esa naturaleza, lo primero que se necesitaría sería poner fin a tan dañina actividad, lo que no se va conseguir con una prolongada ocupación militar, que añadirá más violencia y guerra, sino con unos amplios y bien adaptados programas de reconstrucción que hicieran innecesario el cultivo del opio, del que este país produce el 90% del total mundial. 

De cualquier modo, el problema consiste ahora en saber cómo y cuándo retirar de Iraq y Afganistán unas fuerzas de ocupación, en gran parte responsables del deterioro general de la situación en tan importante espacio geopolítico, debido a los sucesivos errores estratégicos de la “coalición”: ¿era necesario empezar atacando a Afganistán, cuando los atentados del 11-S se fraguaron en Hamburgo y en unas escuelas aeronáuticas de EEUU? ¿por qué se dejó bruscamente de lado a Afganistán para volverse contra Iraq? 

Habrá que prestar menos crédito a los augures que predicen el caos si se deja solos a iraquíes y afganos para que tomen las riendas de su propio destino. Cuando EEUU abandonó precipitadamente Vietnam, se profetizó que los Estados contiguos caerían como fichas de dominó en manos del comunismo universal. Nada de eso sucedió. Hubo sangre, muerte y violencia, pero no más de lo que había traído la prolongada guerra anterior. 

Tarde o temprano habrá que retirar las fuerzas desplegadas en ambos países, así como el vasto contingente auxiliar de contratistas privados que las refuerza, casi duplicando su número. Pero antes sería conveniente definir, de una vez por todas, qué se trata de conseguir con la ocupación militar en ambos países y si ese objetivo es alcanzable con los medios puestos en juego. Por el momento, todo parece indicar que muchas de las decisiones adoptadas responden a una frustración creciente por el balance tan negativo de ambas guerras y al cansancio de unas opiniones públicas que no acaban de entender qué intereses defienden allí sus fuerzas armadas.