Sigue la incertidumbre nuclear

Cuando se trata de discutir en serio sobre las armas nucleares, esa amenaza permanente de destrucción casi total que alboreó sobre la humanidad cuando concluía la Segunda Guerra Mundial, sólo dos países son los protagonistas incuestionables: EEUU y Rusia. No hace falta asistir a una proyección de “La carretera”, la apocalíptica película que presenta un mundo arrasado por el delirio humano, para saber que ambos países son los únicos, hoy por hoy, cuyo desproporcionado arsenal nuclear -apenas reducido por el tratado recién firmado entre ellos- les permitiría arrasar gran parte del planeta.

Es cierto que otros países poseen también armas de ese tipo, aunque en menor cantidad y para atender a sus propios objetivos políticos. Francia y el Reino Unido las tienen como residuo de sus viejas aspiraciones imperiales, del mismo modo que conservan el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y han firmado el tratado de no proliferación nuclear (TNP), al igual que China.

Tres países no han firmado el TNP: Israel, India y Pakistán. Para Israel, la posesión de armas nucleares es la garantía de supervivencia en un entorno geopolítico que tiene por hostil, y su rechazo del TNP responde a su habitual política de ignorar cualquier vinculación internacional que pueda limitar sus capacidades agresivas. India y Pakistán se han enfrentado en varias ocasiones en el campo de batalla, pero todo parece indicar que sus armas nucleares sirven más como símbolos de estatus regional que como instrumentos de guerra. Lo mismo podría decirse del estrambótico régimen que gobierna Corea del Norte, país que firmó el TNP y luego lo abandonó; es preciso añadir que sus dirigentes observaron con recelo la invasión de Irak por EEUU y atribuyeron la derrota de Sadam Hussein al hecho de carecer de tales instrumentos disuasorios. Aprendieron la lección y la aplicaron con presteza.

Irán no posee armas nucleares y también ha firmado el TNP, aunque se resiste a las presiones del Consejo de Seguridad para que cese el enriquecimiento de uranio, porque asegura que sólo tiene fines pacíficos. ¿Por qué desconfiar de Irán -se preguntan allí-, sospechando que aspira a poseer armas nucleares, cuando éstas ya están presentes en Israel y nadie le sanciona por ello? Es la eterna cuestión causada por el uso de diferentes criterios según se trate de aplicarlos a “los nuestros” o a “los otros” El presidente brasileño lo denunció sin rodeos: “Hay que hablar con Irán”, declaró, reprochando a Obama no haber invitado a ese país a la conferencia de Washington.

El acuerdo de limitación de armas nucleares, firmado en Praga la pasada semana por Obama y Medvédev, es sin duda un significativo progreso. No tanto por la reducción del riesgo de una hecatombe nuclear -que sigue presente- sino porque muestra la nueva capacidad de entendimiento entre las dos superpotencias nucleares, que parecen haber superado el trauma de la Guerra Fría. Conviene recordar, sin embargo, que no es un acuerdo de desarme propiamente dicho, sino de simple control de armamentos.

Hay dos problemas que el citado acuerdo ha sacado a la luz. Uno concierne a los sistemas defensivos antimisiles y el otro a la posibilidad de que algunas armas nucleares puedan caer en manos de grupos terroristas. El primero parece en vías de resolución bilateral entre EEUU y Rusia, y el segundo ha sido objeto preferente de la conferencia de Washington sobre seguridad nuclear, celebrada esta misma semana.

La firma del acuerdo de Praga no fue fácil porque la disuasión nuclear está estrechamente ligada a la eficacia de los sistemas defensivos antimisiles. Si las armas nucleares son principalmente disuasorias, en lo que parecen estar de acuerdo casi todos los países, la instalación de “escudos” defensivos que las hagan inútiles crea nuevas desconfianzas. Este ha sido el peor escollo que ha tenido que superar Moscú para aceptar una reducción de su arsenal nuclear.

En realidad, no existe un sistema defensivo perfecto: todos pueden ser superados por saturación, es decir, atacando simultáneamente con más armas que las que puede anular el escudo antimisiles. Rusia podría saturar las defensas antimisiles de EEUU manteniendo en activo numerosas armas. Pero esto es costoso y, a la larga, contraproducente. De ahí la sugerencia rusa de evolucionar hacia un escudo común, aunque para ello mucho habrán de cambiar las relaciones entre ambas potencias. También habría que replantearse la vigencia de la OTAN, que hoy día aparece como un obstáculo para crear una nueva estructura de seguridad que abarque todo el continente europeo.

No sólo hay que protegerse contra la proliferación de armas nucleares, y el consiguiente peligro de su descontrol. La llamada “bomba sucia” no es un arma nuclear pero es uno de los riesgos examinados en la conferencia de Washington. Se trata de una bomba de explosivo químico ordinario, que dispersa sustancias muy radiactivas sobre una gran superficie y cuya fabricación sólo requiere poseer dichas sustancias. Es capaz de sembrar el caos en una gran capital obligando a la evacuación de barrios enteros y sus efectos contaminadores a medio plazo serían devastadores. Puede estar al alcance de los grupos terroristas. Por cierto, un bombardeo por aviones israelíes de las instalaciones nucleares iraníes tendría consecuencias análogas.

El enrevesado problema que hoy constituyen las armas nucleares no se limita a lo hasta aquí comentado. Además de la inminente revisión del TNP, prevista para mayo próximo, otro importante paso para avanzar hacia un hipotético futuro libre del peligro nuclear es el Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares, sobre el que ni siquiera Obama puede recabar el apoyo de la clase política de su país, pero que es la piedra angular de todo el sistema de control nuclear.

Por fin algo se mueve, a iniciativa de Obama, en asunto tan crítico para la humanidad, y aunque los pasos sean todavía cortos, parece que se ha cerrado definitivamente la puerta a aquel delirio de la “guerra preventiva sin limitación alguna en los medios utilizados” que tanto encandiló a su predecesor en la Casa Blanca. Felicitémonos por ello.