La cosa empezó en Chile

Varios países de Latinoamérica y en número creciente viven momentos de gran agitación social también creciente. Agitación social que empezó en Chile y que, en una especie de “efecto demostración”, se ha contagiado a otros países de la región. Recordemos brevemente lo ocurrido en Chile en los últimos años porque ahí está la semilla de, al menos gran parte del gran malestar social actual.

En septiembre de 1973, el 11 de ese mes, tiene lugar el golpe de Estado triunfante del General Pinochet, comandante en jefe del Ejército, gracias al decisivo apoyo de Estados Unidos, concretamente de Nixinger, o sea del presidente Nixon más el secretario de Estado Kissinger. Sin su intervención, ese golpe no hubiera triunfado, golpe que culminó poco después con la muerte del Presidente derrocado. Se instauró una brutal dictadura basada en la represión y en el campo económico en la implantación de un liberalismo salvaje, siguiendo las recetas del padre de esa criatura, el economista de Chicago, el profesor Milton Friedman: Seguramente, nada mejor resume su doctrina que la siguiente frase atribuida a él: “La frase que más miedo me da es: Soy del gobierno y estoy aquí para ayudarle”. Consecuencia: fuera la acción pública y adentro mercado y sólo mercado a toda máquina. Sus liberales discípulos chilenos con el pleno apoyo del mando (militar, por supuesto) y el visto bueno de la oligarquía local, aplicaron a rajatabla esa teoría, al no haber además oposición política, sindical ni intelectual. Todo opositor, bajo tierra o encerrado. Desaparecido Pinochet de la escena política y de la real, el malestar creciente del país sale, años después, finalmente a flote con una reclamación central (aunque por supuesto, no la única) que es la enorme desigualdad en un país que tradicionalmente era considerado, hasta entonces, en el subcontinente como el ejemplo de menor desigualdad en riqueza, rentas y oportunidades. Las protestas, disturbios y la represión por parte del gobierno han indo aumentando como lo han hecho, lógicamente, las demandas populares, las que se concretan en la aprobación de una nueva Constitución ( “No basta con un cambio de caras, es el sistema”, previa la elección de una Asamblea Constituyente. Es decir un cambio a fondo de sistema que incluirá una política socioeconómica muy diferente. Como ha dicho un líder de los estudiantes, en vanguardia de la lucha “el neoliberalismo nació en Chile y aquí morirá”.

En otros países latinoamericanos, la agitación creciente que no es sino la rebelión de los más pobres y desasistidos, las demandas no son exactamente las mismas pero la lacra de la creciente desigualdad social está ahí siempre. En Bolivia, donde indudablemente ha habido un golpe de Estado (cuya condena pública por el gobierno español y la UE seguimos esperando), esa lacra está aderezada por un elemento tradicional como es el racismo y el desprecio de las élites a los indígenas, llámese eso como se llame y disfrácese como se quiera. El malestar llega también ya a Colombia, país atormentado por las secuelas de las luchas armadas y el narco y siempre por el abismo entre “los que tienen” y “los que no tienen”. Venezuela bastante tiene con la dictadura chavista y sus problemas económicos, una verdadera máquina de producir emigrantes que huyen a países vecinos o más lejanos. El gigante brasileño también parece experimentar síntomas de agitación que previsiblemente crecerán con Bolsonaro, amigo al parecer de Trump, al frente del Gobierno. Para completar el cuadro quedan Argentina (paradigma permanente de un fracaso de unas élites a pesar de sus grandes recursos), Paraguay y, sobre todo, Uruguay, ejemplo de sensatez en política y en el fútbol (algo, como es bien sabido, de gran importancia por aquellas tierras). Recordando además que según fuentes diversas es el país con las menores desigualdades en América Latina.

En fin como decíamos más arriba, el subcontinente en ebullición, algo no excepcional en sus historias. Es de esperar y desear, una mayor y más eficaz colaboración de cara a sus problemas, por parte española y, también y sobre todo por parte de la UE, porque ya nuestra política exterior es escasamente autónoma aunque algo queda. Y con ese “algo” hay que tratar de hacerlo bien, especialmente con los más necesitados. Seguiremos esperando aunque siendo conscientes de que con los problemas que tenemos en casa actualmente (que seguramente irán a peor), bastante tenemos.